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            <title>Reportaje: Ser prostituta en Rusia, una vida clandestina y llena de abusos</title>
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                                                <pubDate>Sun, 05 Mar 2017 22:16:44 +0000</pubDate>
                        <dc:creator><![CDATA[ <div class="editorial-container__name" style="font-weight: 500;font-family: &quot;Acto-Small-Medium&quot;, Roboto !important;font-size: 14px !important;line-height: 18px !important;color: #00b9f2 !important;" >
       						Internacional</div>

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							<h3 class="special-pill-note-container-title">ESCRITO POR:</h3>
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										<h2 class="columnista-individual-container__author font-size-author-note special-border-none">Redacción AFP</h2>
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						<div class="editorial-container__date" style="margin: 8px 0;font-family: &quot;Acto-Small-Light&quot;, Roboto !important;font-weight: 300 !important;font-size: 20px !important;line-height: 18px !important;color: #474747 !important;"><span class="posted-on"><time class="sart-time entry-date published updated" datetime="2017-03-05T16:16:44-06:00">5 de marzo de 2017</time></span></div>]]></dc:creator>
                                                <category><![CDATA[Internacional]]></category>
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<p>La prostitución es ilegal en Rusia, donde puede sancionarse con una multa simbólica de 1 mil 500 rublos (alrededor de 23 euros). Según los defensores de los derechos de las prostitutas, la policía se apoya a veces en esta prohibición para no investigar los abusos contra ellas.</p>
<p>&#8220;Los policías se niegan a registrar las denuncias de las chicas sobre las agresiones a las que las someten los clientes. Y <strong>con frecuencia les abren un expediente por prostitución </strong>en lugar de defenderlas&#8221;, explica Maslova.</p>
<p>Las agresiones, las extorsiones y las amenazas de revelar su actividad a sus familias son moneda corriente, lamenta.</p>
<h2>Soñar con un sindicato</h2>
<p>Irina habla con conocimiento de causa. Esta esbelta rubia cuadragenaria fue prostituta durante seis años en San Petersburgo hasta que en 2003 comenzó a militar por los derechos de las trabajadoras sexuales.</p>
<p>Intenta, por ahora en vano, crear <strong>&#8220;un sindicato de trabajadores sexuales&#8221; </strong>en Rusia porque está convencida de que es la única forma de acabar con los abusos. Pero &#8220;nos contestan oficialmente que este oficio no existe&#8221;.</p>
<p>En San Petersburgo, la segunda ciudad más importante de Rusia, entre 4 mil y 6 mil mujeres viven de la prostitución, según diversas estimaciones. Sólo el 10% de ellas ejercen en la calle; la mayoría lo hace en salas clandestinas: apartamentos compartidos, con una secretaria que contesta al teléfono y un guardia a la entrada.</p>
<p>En la época de la Unión Soviética, la prostitución no existía oficialmente. Empezó a verse en las calles de Moscú en los años 1990. <strong>Y desde el comienzo de los años 2000 se lleva a cabo en locales ilegales, </strong>a menudo bajo &#8220;la protección&#8221; de policías corruptos.</p>
<p>Promocionan su actividad pegando pequeños anuncios en los muros de los edificios, en las paradas de autobuses y en otros lugares. <strong>Prometen &#8220;pasar un buen rato&#8221;. </strong>En teoría los proxenetas se exponen a hasta tres años de cárcel pero pocas veces se concreta ante la dificultad de trazar el dinero de los servicios de las prostitutas.</p>
<h2>Perfil</h2>
<p>&#8220;El perfil es muy variado&#8221;, explica Reguina Ajmetzianova, una militante de la asociación &#8220;La rosa plateada&#8221;. <strong>&#8220;Hay estudiantes, mujeres divorciadas, incluso amas de casa. </strong>Su marido no está al corriente o dice no estarlo&#8221;.</p>
<p>Por la noche, Reguina acude a estos locales clandestinos para distribuir preservativos y proponer pruebas de detección del virus VIH a las prostitutas. Y es que la enfermedad causa estragos en el país, con más de 103 mil nuevos casos registrados en 2016, un alza de 5% en un año.</p>
<p>Llama a una puerta en la sexta planta de un gran edificio de estilo estalinista del sur de San Petersburgo. <strong>Una rubia treintañera le abre y le da la bienvenida con una sonrisa. </strong>Regina la llamó por teléfono para avisarle de su visita.</p>
<p><strong>&#8220;Vaya a la cocina. Nadia trabaja, Nastia y Madina están allí&#8221;, </strong>dice la rubia. Se llama Inna y es la administradora del local. Nastia, de 31 años, y Madina, de 20, beben té. Encima de un minicamisón sexi, visten una camiseta.</p>
<p>Las tres chicas reciben entre 10 y 15 clientes por noche pero cobran la mitad de los 2 mil rublos por hora (33 euros) que les pagan.</p>
<h2>&#8216;Ocultar el miedo&#8217;</h2>
<p>&#8220;Por supuesto que he vivido situaciones difíciles con clientes en varias ocasiones. He aprendido a no mostrar el miedo&#8221;, cuenta Nastia, una pelirroja de ojos verdes originaria de los Urales.</p>
<p>En voz baja, Madina, una uzbeka que apenas habla ruso, enumera los abusos: <strong>&#8220;Sí, me han pegado, amenazado con un cuchillo, forzado a hacerlo sin preservativo&#8230;&#8221;.</strong> Reguina prepara los test. De repente alguien llama al interfono.</p>
<p>&#8220;¡Venga, chicas, rápido!&#8221;, exclama Inna mientras mira las imágenes de las cámaras, en las que se ve a un hombre subir al apartamento. Nastia y Madina se quitan las camisetas, se calzan zapatos de tacón y desaparecen.</p>
<p>Unos diez minutos más tarde, Madina vuelve sola: el cliente ha elegido a Nastia. <strong>&#8220;Hacemos lo que hacemos por iniciativa propia, es verdad. pero somos seres humanos y nos gustaría que nos tratasen como tales&#8221;</strong>, suspira Nadia, justo cuando se va un cliente.</p>
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