LIBERAL SIN NEO

Cultura e instituciones

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

Rumiando en mi biblioteca leí el reverso de un libro: “El mundo al inicio del siglo 21 aún se encuentra dividido entre los pocos que son ricos y los muchos que son pobres, entre los libres y los oprimidos. Explicaciones tradicionales como el imperialismo, la dependencia y el racismo, ya no son adecuadas, y cada vez más, observadores concluyen que el principal motivo por el cual algunos países y grupos étnicos son más prósperos que otros, yace en los valores culturales, que pesan para dar forma al desempeño político, económico y social”. El libro es La cultura importa (2000), de Harrison y Huntington, hoy un clásico, tanto para aficionados como detractores de la tesis cultural.

En el prefacio, Huntington relata cómo, en 1990, se encontró con datos económicos de Corea del Sur y de Ghana para 1960, y se asombró de ver cuán similares eran sus economías en ese entonces. Estos dos países tenían aproximadamente los mismos niveles de ingreso per cápita, similar división de sus economías entre productos primarios, manufacturas y servicios, y exportaciones principalmente de productos primarios. Recibían niveles comparables de ayuda internacional. Tres décadas más tarde, Corea del Sur se había convertido en un gigante industrial, con la decimocuarta economía más grande del mundo, empresas multinacionales, importante exportador de automóviles, equipo electrónico y otras manufacturas sofisticadas y [actualmente] con un ingreso per cápita superior al de Nueva Zelanda, Italia y España. Tales cambios no ocurrieron en Ghana. Las economías de Guatemala y Corea del Sur también eran comparables en 1960. Tales cambios tampoco ocurrieron en Guatemala; es decir, se puede, pero no hemos podido.

Respecto de Corea del Sur y Ghana —y por extensión, Guatemala— Huntington se pregunta: ¿Cómo pueden explicarse estas extraordinarias diferencias en desarrollo? A él le parece que la cultura representa gran parte de la explicación. Paralelamente, ha venido cobrando cada vez más fuerza la tesis institucionalista: en el desarrollo económico pesa más la calidad y profundidad de las instituciones. Siguiendo a Douglass North, el trabajo de Acemoglu & Robinson (2012), por ejemplo, muestra cómo Corea del Norte y Corea del Sur comparten la misma herencia cultural y geográfica, y son sus instituciones radicalmente diferentes las que explican las marcadas diferencias en su desarrollo económico y nivel de vida. Véase el caso de China: en 1980 era uno de los países más pobres, especialmente comparado con Hong Kong o Taiwán —los mismos chinos y cultura— y en los pasados 30 años ha tenido los niveles de crecimiento y desarrollo económico más espectaculares en la historia de la humanidad. ¿Qué ha cambiado más en China en las últimas tres décadas, la cultura o las instituciones? Las instituciones han cambiado dramáticamente, evidentemente, enganchando la cultura china.

Sin duda, la cultura puede ser un potente freno al desarrollo económico e institucional. En este sentido, Chamlee-Wright y Storr (2015) se refieren a los “modelos mentales compartidos”; enunciados universalmente aceptados, sobre cómo funciona el mundo en general. Los modelos mentales son relevantes a la economía social porque “enmarcan la forma en la que las personas se entienden a sí mismas y sus circunstancias, y su habilidad o inhabilidad para afectar esas circunstancias a través de sus acciones individuales o de políticas públicas”.

En mi opinión, en Guatemala predominan algunos modelos mentales compartidos que representan fuertes inhibidores a su capacidad para progresar.

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