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Un sueño que llega hasta el firmamento

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Una lección de perseverancia, innovación y trabajo en equipo llegó ayer hasta el cielo con la puesta en órbita del primer satélite guatemalteco, el Quetzal 1, dispositivo cúbico desarrollado y construido por un equipo de más de un centenar de colaboradores y voluntarios, entre científicos, catedráticos y alumnos de la Universidad del Valle de Guatemala, el cual fue transportado al espacio en una misión de la Agencia Espacial Japonesa y liberado desde la Estación Espacial Internacional en un emotivo momento que marca un verdadero hito nacional.

Los minutos previos y sobre todo la cuenta final de 10 segundos se convirtieron en un momento memorable para todos los que aportaron conocimientos, experiencias y también gestiones administrativas a lo largo de los casi seis años que duró este proyecto. Todo comenzó como una ilusión que paulatinamente fue cobrando vida, no sin pasar por dificultades de financiamiento, duros aprendizajes y hasta momentos de desánimo en que todo parecía detenerse.

Para cada valladar siempre hubo una alternativa, una nueva inyección de entusiasmo, una inesperada fuente de apoyo, incluyendo patrocinadores. Poco a poco fue sumando voluntades el equipo de colaboradores, que se formó a lo largo de las etapas del proyecto. Una vez terminado de construir el satélite, la espera para el lanzamiento fue larga y también hubo aplazamientos que en ningún momento apagaron la expectativa de poder ponerlo a funcionar en el espacio.

El 10 de octubre del 2016 fue la primera publicación en Prensa Libre del proyecto inicialmente denominado CubeSat, y así comenzó una secuencia de reportajes sobre los desarrolladores, los fundamentos técnicos, los materiales y detalles del ensamblaje y funcionamiento de ese dispositivo. Para este medio es un verdadero honor haber podido contribuir a divulgar los avances de este sueño guatemalteco que fue encabezado por los científicos Luis Zea y Víctor Ayerdi.

Desde un punto de vista científico, el objetivo específico del Quetzal-1 consiste en captar imágenes en diferentes longitudes de onda para calcular la concentración de cianobacterias en cuerpos de agua, especialmente en el Lago de Atitlán. Sin embargo, desde una óptica nacional, el gran propósito de este pequeño satélite fue acrecentar la confianza en la capacidad tecnológica de los jóvenes guatemaltecos, demostrar que no hay ninguna meta imposible e inspirar nuevos sueños basados en una apuesta decisiva por la calidad educativa desde los primeros años de infancia.

Es posible que existan voces que cuestionen la utilidad de un satélite para una nación con tantos desafíos económicos, sociales, nutricionales e institucionales, acrecentados ahora por la pandemia de covid-19, la cual hizo temer por un nuevo retraso en el lanzamiento. Y es precisamente en tal cuestión que radica la respuesta: en Guatemala existen muchísimas limitaciones para el desarrollo de la ciencia, muchísimos rezagos en materia de desarrollo humano, demasiadas administraciones de gobierno y legislaturas que en lugar de impulsar la educación y la innovación se dedicaron a plantar clientelismo a todo nivel. Aun así, en este mismo suelo germinó el gran sueño de una nueva generación de guatemaltecos que hoy demuestra la capacidad de romper barreras, de vencer obstáculos y de llevar muy alto, literalmente, el nombre de Guatemala, la tierra del quetzal.