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El bullying del censo

Jorge Jacobs

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Esta semana me sorprendió el “bullying” que recibieron Marta Yolanda Díaz-Durán por su artículo El censo impositivo y Libertópolis, por compartirlo. Nunca me imaginé que un tema como ese pudiera levantar tantas pasiones, contradicciones e inconsistencias. Fue una avalancha de críticas, insultos, maldiciones, sapos, culebras y mentadas. ¿Por qué levanta tantas pasiones un censo?

De entrada, fue un buen ejemplo de la intolerancia que subyace a flor de piel en muchas personas, amplificada por el cuasi anonimato de las redes sociales. Por otro lado, quizá no somos tan intolerantes como las redes pudieran implicar —o depende de quién sea el “otro”— porque resulta que muchos de los que detestan a Jimmy y todo lo que su administración hace, en este tema se unieron al gobierno a defender la causa del censo, hombro con hombro con Jimmy, Jafeth, sus ministros y demás funcionarios, atacando a quienes lo cuestionan. Y muchos de los que odian a la Cicig, en este caso, hicieron causa común con quienes la defienden, agarrados de la mano, defendiendo el censo contra quienes osen cuestionarlo. Bien dice el dicho que “la política hace extraños compañeros de cama”.

Pues resulta que si uno no está de acuerdo con el censo, o con lo que cuesta, o con las preguntas que tiene, o con el uso que se vaya a dar a la información recopilada o con cualquier otra cosa relacionada con el censo, uno es un cavernícola, un retrógrada, un malvado que desprecia a los pobres, un engendro del demonio y quién sabe cuánta abominación más.

Y uno es eso y más, porque en su estrecho cerebro no entiende que la información que va a salir del censo va a servir para proponer mejores “políticas públicas” que servirán para llevarnos a todos, pero especialmente a los más pobres, al paraíso terrenal.

Yo, como no creo que la solución para la pobreza y las necesidades de la gente sean “mejores políticas públicas”, dudo consciente y legítimamente que teniendo “mejor información” —presumiendo que ese sea el resultado del censo— las cosas vayan a mejorar significativamente para las personas. Las decisiones que habría que tomar para que en Guatemala se cree más riqueza y más personas puedan salir de la pobreza no requieren de “mejor información”, requieren de sentido común, de respeto a los derechos de todos y carácter para tomar las decisiones correctas —todo lo cual no se arregla con el censo—.

Si a eso le añadimos que la institución a cargo del censo es la misma que durante años nos estuvo engañando con información errada de la canasta básica —desvirtuando muchos de los indicadores, esos que dicen que se utilizan para “mejores políticas públicas”— y que cuando se les demostró su error ni siquiera tuvieron la gallardía de reconocerlo y enmendarlo, sino que salieron con una guizachada para medio taparle el ojo al macho.

Si además tomamos en cuenta que es la misma institución que hasta la fecha sostiene que la economía guatemalteca está mucho mejor que la estadounidense porque aquí hay más empleo que en esa boyante economía, que ni ahora con las cifras récord que tiene ha llegado al nivel tan bajo de desempleo que tenemos en Guatemala, de apenas el 2.1 por ciento.

Si sumo todos esos datos, considero que hay suficiente evidencia para sostener como mínimo una desconfianza hacia este proceso. Si a ello le añadimos la irracional pasión de sus defensores, no puedo más que sospechar todavía más que algún gato encerrado hay por aquí. Claro, es esa creencia que tienen unos y otros de que el gobierno —ese que tantos tachan de corrupto— es el que va a resolver los problemas de las personas, si tan solo tuviera buena información.

Fb/jjliber