REGISTRO AKÁSICO

El paroxismo reemplaza a la cordura

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Toda discusión respetuosa sobre asuntos públicos debe evitar la referencia a las creencias religiosas. Se aceptó como norma de gobierno, en la paz de Westfalia 1648, cuando finalizaron las guerras de religión. Mientras en Europa, cualquier político que apela a dichos sentimientos es tomado como demagogo; en EE. UU., ahora Turquía, toda África y los países islámicos, persiste el discurso. En cambio, en América Latina existe el consenso del Estado laico, como en el viejo mundo.

La laicidad como política deseable se consolidó a inicios del siglo pasado. Los regímenes conservadores fallaron en reinstaurar a la religión de Estado. Un hecho aleccionador se perpetúa en el nombre de la cabecera del Petén: Flores.

En 1826 fue destituido y apresado el presidente estatal electo José Francisco Barrundia, con el argumento de pertenecer a un pacto anticlerical, por el también nuevo presidente federal, Manuel José Arce. Para evitar esos choques se decidió instalar a la capital estatal en Quetzaltenango, bajo responsabilidad del doctor Cirilo Flores Estrada *1779 +1826, hijo del famoso protomédico José Felipe del mismo apellido.

Al esbozar Flores su plan de gobierno, propuso introducir el agua potable y afirmó que las cajas de obras pías ofrecerían el financiamiento bajo la modalidad de préstamos reembolsables. El clero, en especial franciscano, utilizó púlpitos y pastorales subversivas para denostar a las autoridades civiles. Se imputó a Flores de francmasón que después de guillotinar a los curas se apropiaría de custodias y cálices rituales.

Una marcha organizada por los religiosos se concentró ante la catedral de Xelajú, donde coreaban: muera el tirano, muera el hereje, muera el ladrón. Flores que asistía a misa, se encontró rehén. La turba ingresó al templo donde lo mató a palos y pedradas, a pesar de la intervención del clero secular que solicitaba piedad.

Existen una serie de conceptos debatibles para referirse a las concentraciones de personas lideradas por motivos religiosos. Se denomina populacho, vulgo o la canalla, a esas muchedumbres que responden a llamados atávicos por parte de líderes religiosos.

Los políticos buscan cortejar a los creyentes con declaraciones, bendiciones del diente al labio para encuadrarlos en su favor. La discusión del aborto explota la ingenuidad de fieles religiosos. El problema de una mujer embarazada desesperada por carecer de medios para una vida digna, la jovencita violada encinta etc. se ha convertido en un problema de salud pública; pues los pobres realizarán el aborto en condiciones insalubres con riesgo de su vida. Los ricos no tienen problema pues viajan a países donde es permitido.

Los partidarios de la regulación del aborto en el país, desean preservar criterios éticos antropológicos. Pueden coincidir tanto religiosos como ateos, al determinar el inicio de la concepción humana. En otras palabras, establecer el abandono del estado de células madre para ser un potencial humano. El debate, en el caso de reproducción en el vientre humano, consiste en fijar al tiempo como criterio. Para la reproducción en laboratorio, se asume que el producto admite destrucción sujeta a las condiciones de uso y conservación: temperatura, cumplimiento normal de períodos de crecimiento, reanimación etc.

En el país es permitido el aborto por razones terapéuticas y la fertilización in vitro. Se desea regular para las violadas sexualmente, cuya recurrencia es alarmante. Manipular las creencias religiosas, no dignifica a quienes viven de la fe e inexorablemente llevará a excesos, por fomentar el fanatismo.

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ESCRITO POR:

Antonio Mosquera Aguilar

Doctor en Dinámica Humana por la Universidad Mariano Gálvez. Asesor jurídico de los refugiados guatemaltecos en México durante el enfrentamiento armado. Profesor de Universidad Regional y Universidad Galileo.