Opinión

Aleph

El problema es económico y ético

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

En el fondo, la oposición más consistente y profunda a la Comisión Internacional Contra la Corrupción y la Impunidad en Guatemala (Cicig) u otra instancia cualquiera cuyo mandato sea la lucha contra la corrupción y la impunidad  viene de quienes saben que, por esa lucha, podrían perder dinero y privilegios. La reputación ya no es una variable de análisis, porque la decencia ha perdido adeptos, y porque, cuando la vergüenza pasa (como muchos de ellos aseguran), la plata queda en casa.

El tema de fondo contra la Cicig es económico y ético. Que sus oponentes no se escuden en la soberanía, porque bien saben cuán colonizados hemos estado siempre de distintas formas y por distintos imperios. Que no se escuden en la paz, porque ellos mismos tienen la tradición de la guerra incrustada en la memoria celular de sus cuerpos. Que no acudan al imperio de la ley, cuando la usan desde el lugar del monopolio de la fuerza y no desde el anhelo de justicia. El tema anticorrupción no es un tema de fondo político, sino económico y ético, y precisa de operadores y mercenarios en la política, las iglesias y las comunicaciones, para montarlo a su gusto en las agendas nacional e internacional.

Tiempo después vemos que las políticas y lo político fallan muchas veces. Que la política termina dominando a la razón y arrodillando a la ética. En el camino hemos perdido muchas vidas, hemos desperdiciado mucho dinero y hemos perdido la confianza en las élites gobernantes y en quienes las financian para sostener sus intereses. Es la corrupción la que nos hace miserables y nos polariza, no la lucha contra ella; son los corruptos quienes nos separan y nos quieren divididos. Y para ello, hasta rompen el orden constitucional y crean discursos como el reciente de James Morales en la Asamblea de ONU. Discursos políticamente correctos, éticamente insostenibles, llenos de falacias.

El desplazamiento que el mismo Morales ha tenido en su discurso, pasando de apoyar incondicionalmente a la Cicig en el 2016 a decir en la ONU que la Cicig le había hecho más daño a Guatemala que la guerra (que dejó 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos), es un claro ejemplo de ello. ¿Se puede ser más incoherente y absurdo? El hecho de que familiares, amigos y financistas suyos estén siendo investigados por corrupción (él lo será hasta que pierda la inmunidad) motivó un cambio de discurso. Y en nombre del dinero y los privilegios que hay que proteger y de una antiética que se ha vuelto la norma aceptada, el mal títere afirmó una mentira tras otra. Como por ejemplo haber dicho a mitad del discurso en la sala apenas llena de la ONU que “hubo un allanamiento ilegal a casa presidencial”, contradiciendo así a su ex vocero presidencial, quien había aclarado en su momento que no había habido allanamiento en Casa Presidencial. Constancia de esto hay en las redes.

La Cicig no es un edificio con personas, es un lugar desde donde se movió medio siglo de corrupción, con todo y sus imaginarios y prácticas. Guatemala no está dividida; siete de cada 10 hombres y mujeres de Guatemala estamos a favor de la permanencia de la Cicig, pero no tenemos ni el poder político ni los ejércitos de nuestro lado. Lo que tenemos es nuestra persistencia y nuestro deseo de heredarles a nuestros hijos, hijas y nietos una Guatemala que no esté secuestrada por la corrupción, por la falta de solidaridad y cuyo imaginario no sea siempre ver cómo aprovecharse del otro lo más que se pueda. ¿Es muy raro desear que nuestros impuestos se traduzcan en buena educación, buena salud, buena vivienda, más justicia y una vida digna para todos y todas, desde el nacimiento? Para quienes no vestimos purismos ni nos rasgamos las vestiduras, no es un tema maniqueo de buenos y malos, sino de responsabilidad y decencia humana.

cescobarsarti@gmail.com