Opinión

Cable a tierra

Hasta los neandertales enterraban a sus muertos

Karin Slowing

Karin Slowing

¿Qué sentiría usted si ve que los restos de sus familiares fallecidos en circunstancias horrendas, como les pasó a las víctimas del volcán de Fuego, terminan en un montículo de desechos junto con los restos de las estructuras que está derribando el Ministerio de Comunicaciones (CIV) supuestamente para preparar el terreno para la reconstrucción de la Ruta Nacional 14?

Esta fue la denuncia que hiciera la Asociación Antigua al Rescate (AAR) en redes sociales, compartiendo unos videos para mostrar lo que está sucediendo en San Miguel Los Lotes. ¡No podía dar crédito a lo que ví! ¡Bolsas con restos humanos tiradas a la deriva junto con materiales descartados! Me invadió un dolor profundo; una desolación tan grande como sólo he sentido al ver y leer sobre las fosas clandestinas donde tiraban los cadáveres de masacrados durante la guerra. Como la que he sentido cuando desaparecen los guajeros soterrados bajo montañas de desechos en el basurero de la zona 3, frente al silencio impávido e impune de la autoridad municipal. Las tres dramáticas situaciones tienen un denominador común: un Estado y gobiernos insensibles al dolor y circunstancias de sus ciudadanos más vulnerables.

A la búsqueda de sobrevivientes la sucedió rápidamente la búsqueda de los familiares desaparecidos. No puedo imaginar la tortura de pensar que la gente querida de uno quedó soterrada bajo los escombros de lo que alguna vez fueron sus hogares. Creo que yo haría lo mismo si me pasara: seguiría allí, de rodillas, paleando la arena con mis manos si fuera necesario con tal de saber qué fue de mis seres queridos y que lo que quede de ellos retorne al seno de su familia y descanse con su clan.

Rápido dio el gobierno por finalizada la búsqueda de los cadáveres. Encima, hay que “pedirles autorización” para que los sobrevivientes, apoyados por voluntarios como esta Asociación, pudieran continuar buscando por su cuenta y a su costo. Así, a la fecha, han recuperado los restos de casi cien personas. Seres humanos que fueron padre, madre, hermana, hermano, hijos, hijas, sobrinos, abuelos y que el secretario de la Conred desconoció en su dignidad humana al llamarlos “pedazos de gente”. ¿Tanto cuesta que la autoridad pública tenga empatía por los ciudadanos a quienes se debe?

Se estima que hasta 2,900 personas pudieron perder la vida en ese desastre. Sin embargo, las cifras oficiales son mucho menores. Hay razones legales, me dicen. En Guatemala, un muerto no está muerto si no hay cadáver. Deben pasar cinco años para que un desaparecido, pueda ser declarado muerto. Ciertamente, en el Estado solo se puede hacer lo que la ley dice. Mayor razón para una búsqueda agresiva de las víctimas fatales y así establecer las cifras reales. Pero no hubo; la lógica funcionó al revés.

Por ello ofenden todavía más las imágenes de los videos. Al remover escombros, encontraron restos de cuerpos humanos y los fueron a tirar en una bolsa a la orilla del río, como que fueran cualquier tipo de desecho que no importa a nadie. ¿Por qué no notificaron y resguardaron las osamentas? Me resisto a creer que la prisa por reconstruir la carretera justifique tomar decisiones que redunden en acciones como éstas, carentes de la más mínima humanidad.

Enterrar a nuestros muertos distingue a la especie humana de otras especies animales. ¡Hasta los neandertales, precursores de los humanos modernos, enterraban a sus muertos hace 50 mil años!

El CIV debe detener los trabajos de inmediato e investigar lo ocurrido. Enmendar la situación, ofrecer disculpas públicas a las víctimas de la tragedia y dirimir responsabilidades por tan inaceptable acto de inhumanidad.

karin.slowing@gmail.com