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Impuesto de circulación: el colmo del cinismo

Jorge Jacobs

Jorge Jacobs

El impuesto sobre circulación es el mejor ejemplo de la irracionalidad de la mentalidad estatista que lleva a las personas a considerarse obedientes y sumisos súbditos de un “estado” que se burla a diestra y siniestra de esa insensata sumisión. ¿Cómo es posible que la gente se crea ese cuento y hasta haga cola pacientemente en la ventanilla del matadero sin cuestionar siquiera el propósito de tal absurdo?

Los estatistas le venden a la gente la idea de que su “deber cívico” es aportar fondos para que el gobierno funcione y supuestamente atender las necesidades de los más pobres. Hasta tergiversan el lenguaje para resaltar esa “virtud” y a los expoliados tributarios les dicen eufemísticamente “contribuyentes”. ¡Mentira! Si alguien tiene que pagar, por ejemplo, mil quetzales de impuestos y llega a la SAT y les dice que mejor les va a dejar dos mil quetzales para que puedan “apoyar mejor a los pobres”, a esa persona tal vez se le podría llamar “medio contribuyente”. Todos los demás somos tributarios, punto: pagamos porque si no, nos podemos ir a la cárcel. Si no estuviera esa amenaza, serían muy pocos los que pagarían, y en ese caso sí se les pudiera llamar contribuyentes.

Lo peor de todo esto es que uno ve por todos lados que los impuestos no se utilizan para lo que le dicen a uno que es su “deber cívico” pagarlos. Los malgastan, los despilfarran, se los roban, sirve para pagarle el sueldo a burócratas irresponsables e irrespetuosos —no todos, pero sí bastantes— que tratan a quienes les pagan su sueldo como basura y estiércol. Como si fuera la obligación de la gente no solo mantenerlos, sino además aguantarles todos sus desplantes, amarguras y resentimientos. Y en muchos casos ¡hasta lo extorsionan a uno!

Pero el impuesto sobre circulación de vehículos, y su primo el impuesto a la “distribución del petróleo”, son particularmente ilustrativos porque se supone que por lo menos una parte de ellos el gobierno debe utilizarla para mantener en buen estado las vías por donde los vehículos van a “circular”. Es decir, es un impuesto que supuestamente se paga para obtener un servicio del gobierno a cambio —los demás también en teoría son así, pero en la práctica son pocos y muy malos los “servicios” que uno recibe a cambio—.

Pues bien, si uno ve que la mayor parte de personas pagó el impuesto de circulación a tiempo, pero por el otro lado, un buen porcentaje de las calles y carreteras del país están en total abandono, fácilmente se ve que no hay una relación entre lo que nos expolian a los tributarios y lo que recibimos a cambio de los funcionarios.

Esto se amplifica más con el hecho de que si un tributario se retrasa un día en pagar los impuestos, tiene que pagar una multa del cien por ciento —la gente se queja de los recargos de las tarjetas de crédito pero de esta real usura no dice nada— y en estos días hasta despliegan operativos policiales por todas partes para encontrar a los tributarios morosos —operativos que no hacen para atrapar criminales, mucho menos a los corruptos que se roban nuestros impuestos—.

Pero lo peor del cinismo lo vemos cuando por estos mismos días, la SAT planea comprar más de 150 vehículos y el argumento que utiliza para justificarlo es que su flota actual sufrió con los años un “deterioro notable” por el uso continuo y el “mal estado de las carreteras”. ¡Qué de al pelo! Si usted no ve la injusticia que se comete contra la ciudadanía, me temo que ya le caló el virus de la mentalidad estatista según la cual usted debe aceptar sumisamente cualquier abuso de esos señores a los que usted les paga su sueldo y su buena vida.

Fb/jjliber