PLUMA INVITADA

Luz para ver, fuerza para querer

Mons. Fernando Ocáriz *

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No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Con estas palabras, Cristo cambia la vida de Simón y, desde entonces, el pescador de Galilea sabe para qué vive. Como él, cada persona se enfrenta antes o después a esta pregunta: ¿Cuál es mi misión en la vida?

Durante los próximos días, el sínodo de obispos reflexionará en Roma sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Además de pedir al Espíritu Santo que ilumine a los padres sinodales, aprovechemos esta ocasión para meditar sobre el propio camino, porque todos tenemos una vocación divina, todos somos llamados por Dios a la unión con Él.

La fe es una luz poderosa, capaz de alumbrar el propio futuro e inspirar los deseos de plenitud. En un momento de la vida en que quizá las seguridades de la infancia se tambalean y también la luz de la fe puede debilitarse, es necesario recordar nuestra verdad más profunda: que somos hijos de Dios y hemos sido creados por amor. Él realiza la llamada más radical: nos llama a cada uno y a cada una a ser plenamente felices a su lado. El Creador no nos arroja a la vida y se olvida de nosotros: Quien crea, ama y llama. Por eso, el discernimiento del propio camino debe estar iluminado por la fe en el amor de Dios por nosotros, por cada uno.

No temas, dice Jesús a Pedro. “No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces”, escribía el Papa en su carta a los jóvenes para anunciar este sínodo. La búsqueda personal puede generar un cierto desasosiego, porque experimentamos el vértigo de la libertad. ¿Seré feliz? ¿Tendré fuerzas? ¿Valdrá la pena comprometerse? Tampoco aquí Dios nos deja solos. Él nos inspirará si sabemos escucharle. Se lo pedimos cada vez que rezamos la oración más hermosa: “Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo”: hágase tu voluntad en mí, en ti, en cada uno de nosotros.

Pensando en tantos jóvenes que desean secundar los planes de Dios, pidamos que reciban no sólo luz para ver su camino, sino también fuerza para querer unirse a la voluntad divina. Ayudará pensar que cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido.

Ojalá que jóvenes y adultos comprendamos que la santidad no solo no es un obstáculo a los propios sueños, sino que es su culminación. Todos los deseos, todos los proyectos, todos los amores pueden formar parte de los planes de Dios. Como recuerda san Josemaría, “la caridad bien vivida es ya la santidad”.

La vida cristiana no nos lleva a identificarnos con una idea, sino con una persona: con Jesucristo. Para que la fe ilumine nuestros pasos, además de preguntarnos: ¿Quién es Jesucristo para mí?, pensemos: ¿Quién soy yo para Jesucristo? Descubriremos así los dones que el Señor nos ha dado, que están directamente relacionados con la propia misión. Así madurará más y más en nosotros una actitud interior de apertura a las necesidades de los demás, sabremos ponernos al servicio de todos y veremos con más claridad cuál es el lugar que Dios nos ha confiado en este mundo.

En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo. Sin duda, la sociedad entera se beneficiará de una generación de jóvenes que se pregunte, desde la fe en el amor de Dios por nosotros: ¿Cuál es mi misión en esta vida? ¿Qué huella dejaré tras de mí?

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