Opinión

Ventana

Los barriletes gigantes unen mundos distantes

Rita María Roesch

Rita María Roesch

Cuenta una antigua leyenda que para el 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos, los  espíritus malignos asediaban a las ánimas buenas que reposaban  en el cementerio de Sumpango.  La gente consultó a los   ancianos principales  ¿cómo  podrían   sacarlos? Los abuelos  recomendaron que los ahuyentaran sacudiendo pedazos de papel contra el viento. Así fue  como fue surgiendo la tradición  cultural de los Barriletes Gigantes. En la actualidad, su  magia atrae    a  visitantes nacionales y extranjeros porque este evento cultural une mundos. Une el pasado con el futuro. Une a los vivos con los muertos. Une el mundo occidental con el mundo maya. Es por ello que,  el  pasado 1 de noviembre, salimos  muy temprano, mis hijos y mis pequeñas nietas,  rumbo a Sumpango. Queríamos vivir  la experiencia de este extraordinario festival.

La mañana estaba esplendorosa y fresca. El cielo, de un azul intenso, auguraba un día especial. En hora y media nos encontramos en la entrada del pueblo y empezamos a caminar por una calle angosta, entre las ventas de comida. Se escuchaba en cada esquina el melodioso canto de la marimba. Mmmm… “¡Esta es la Guatemala que llevo adentro!”, cantó el Clarinero. El ambiente de fiesta alegraba los corazones. Las penas y las pobrezas que nos angustian como país se olvidan en un día como este. Los aromas antojan a comer de todo. Desde un elote asado hasta una tortilla negra con carnita a las brasas. Llegamos a la cancha de futbol pegada al cementerio del pueblo. ¡El espacio se abrió! Frente a nuestros ojos aparecieron los imponentes barriletes que cortaron nuestra respiración. ¡Ahhh, qué increíbles! Algunos de ellos medían hasta 18 metros de diámetro.

Con mi nieta mayor, Camila, de apenas 5 años, iniciamos un lento recorrido. Fuimos observando cada barrilete, su colorido diseño y su mensaje. Cada uno era una voz que comunicaba el sentir de esta singular comunidad. El barrilete que más le gustó a Camila tenía en el centro la imagen de una gran ceiba. En la cosmovisión del maya antiguo era considerada el árbol de la vida. Notamos que, entre las raíces debajo de la tierra, habían pintado la imagen de un niño, acurrucado cual semilla, en alusión al futuro de Guatemala. El mensaje decía: “Un día la naturaleza ya no volverá a nacer. Depende de lo que hagamos. En nuestras manos está la vida del mañana”. Camila, admirada, comentó que teníamos que cuidar los bosques. Concluyó diciendo emocionada: “Lo primero que voy a hacer al regresar es contarle a mis amigos lo que vi aquí”. Estoy segura de que desde ese instante Guatemala empieza a vivir en su tierno corazón.

Sumpango, del náhuatl “tzompantl”, significa “lugar de las calaveras humanas que eran dedicadas como ofrendas a los dioses”. Este topónimo nos retorna a tiempos precolombinos. Nos conduce al horizonte milenario de una visión del mundo muy distinta al mundo occidental. Me refiero a la cosmovisión del maya prehispánico, donde los ancestros jugaban un papel esencial en la vida individual y en la conciencia de grupo de la comunidad. El devenir del tiempo era concebido de manera cíclica: vida, muerte y renovación. Se convirtió en un modelo de vida que valida las responsabilidades de cada generación. Este modelo lo explica bien Eric Thompson en su libro Florecimiento y Decadencia de la Civilización Maya, cuando cita a Robert Menzies en el capítulo Carácter y Entrenamiento en la vida Maya. Dice así: “Un ser humano con un profundo sentido de continuidad se ve a sí mismo no como una unidad accidental destinada a desaparecer en pocos años, sino como parte de una gran procesión, que fue influida y ayudada por quienes le antecedieron, por lo que siente la responsabilidad, en su momento, de ayudar y apoyar a quienes le seguirán.”

clarinerormr@hotmail.com