EDITORIAL

Nueva dimensión de la delincuencia

Lo que hasta hace pocos años era todavía parte del mundo de la ficción, el fin de semana se convirtió en una alucinante pesadilla. Un puñado de maleantes tecnológicos lanzó el más atroz ciberataque de la historia, inutilizando miles de computadoras y dejando en las tinieblas también a miles de usuarios en poco más de una centena de países y se cree que la amenaza todavía no ha terminado.

Como también suele ocurrir, tampoco está claro de dónde provino el ataque, aunque los sospechosos podrían ubicarse en tres países, Rusia, Estados Unidos y China, las naciones con el mayor potencial en tecnología para emprender un acto de terror de esa naturaleza, por el cual además se ha exigido el pago de un rescate que ya habría ascendido a unos US$70 mil.

No ha sido necesario un derroche de fuerzas, ni el uso de gran armamento para que un puñado de maleantes digitales hayan paralizado empresas, viviendas y a miles de usuarios a quienes han dejado incomunicados. Ha bastado una computadora para que desde un lugar remoto se deje en tinieblas a una buena parte del mundo desarrollado.

Las inculpaciones entre las grandes potencias son mutuas y el primero en atacar ha sido el presidente ruso Vladimir Putin, quien responsabiliza a los servicios secretos estadounidenses de ser la fuente de origen en la propagación del virus. Tiene algo de razón, pues se cree que la Agencia de Seguridad Nacional había descubierto una falla en el sistema operativo Windows, el cual habría sido robado por ciberpiratas, que le dieron un perverso uso.

También es probable que transcurra mucho tiempo para que algo así se esclarezca, pues otro grupo de llamados hackers éticos, radicados en Florida, afirman que la propagación del virus informático tiene un fuerte aroma ruso y consideran que son piratas informáticos vinculados con el Kremlin los responsables de haber publicado el código pirateado a la agencia estadounidense.

Un ataque de esta naturaleza ya no es algo sin trascendencia, por el enorme salto tecnológico que ha dado la humanidad y sobre todo los países desarrollados, donde ahora se constata también la enorme vulnerabilidad de los avances y de los peligros a los que está expuesta una sociedad cada vez más dependiente de la comunicación por internet, pero sobre todo del modelo de conservación de información, la cual puede estar al alcance de genios del mal.

Un ataque criminal como el iniciado el pasado viernes representa un apagón tecnológico para miles de usuarios y probablemente pérdidas millonarias para grandes empresas que operan a escala mundial, vulnerables a una nueva ola de criminalidad en la que algunos gobiernos no están exentos, como ha ocurrido con la modalidad de interferir en procesos políticos de otras naciones.

En este ciberataque no se descarta la participación de poderosas oficinas de inteligencia, lo cual otorga otra perspectiva a una confrontación que daría nuevas y preocupantes muestras de llevar las hostilidades a un campo donde las víctimas y las pérdidas se contarían en millones, sobre todo porque con el avance de la tecnología se ha convertido virtualmente en una aldea.

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