Opinión

EDITORIAL

Tardía reacción a un añejo problema

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Lo que no lograron las masivas manifestaciones de los últimos años contra una clase política envilecida lo están consiguiendo unos cuantos miles de centroamericanos que huyen del agobio en sus países, principalmente del triángulo norte de Centroamérica, a los cuales se ha unido Nicaragua, con el desborde de brutalidad policial en contra de la población que repudia la tiranía.

Los flujos migratorios, que saturaron la frontera sur estadounidense, hicieron que sonaran las alarmas en distintas dependencias del aparato estatal de aquel país. Volatilidad, corrupción, enormes rezagos sociales e inseguridad se han vuelto tema de conferencias, citaciones de funcionarios al Congreso estadounidense y de una profunda revisión de la política exterior de Washington.

Ayer, durante una audiencia en el Congreso, el responsable de los asuntos para el hemisferio occidental del Departamento de Estado, Kenneth Merten, compareció para ratificar que para Estados Unidos el combate de la corrupción, la criminalidad y la impunidad es una de las prioridades en sus relaciones con esta región, especialmente del Triángulo Norte, de donde se origina la mayoría de casos de migración irregular.

Ahora se hace también más evidente que la diplomacia estadounidense ha fallado en prever ese desborde de personas insatisfechas con sus gobernantes o con las condiciones imperantes de sus países, al punto que miles han desafiado mayores peligros, en su búsqueda de un cambio de vida en aquel país. Esto alcanzó niveles inconcebibles, que ahora han llevado la crisis a otro nivel.

La tolerancia de la burocracia washingtoniana y la de muchos de sus representantes en estos países se encargaron de administrar parcelas de poder bajo el supuesto de la estabilidad, pero eso implicó una actitud tolerante hacia el abuso de muchos funcionarios, quienes se dedicaron literalmente a saquear al Estado y volver incompetentes las instituciones, muchas de las cuales terminaron en manos de rufianes de cuello blanco.

Poco se preocuparon los emisarios de Washington de cuidar la gobernanza, hasta que el desborde de inmoralidad hizo crisis en todo el tejido social y creó un ambiente de generalizada inestabilidad que facilitó también el auge de grupos criminales y de una profundización de la cooptación del Estado a manos de estructuras mafiosas, donde una élite gobernante terminó por inutilizar incluso el funcionamiento de otros órganos de poder y de fiscalización.

Hoy, en varios círculos de Washington crece la convicción del enorme deterioro de estos países, donde el descaro persiste y se gastan millonarios recursos en desbaratar esfuerzos porque no cambie ese estado de cosas y aun tratando de interferir en la política exterior estadounidense, lo que sin duda traerá más discursos altisonantes.

Se debe comprender que ese deterioro político y socioeconómico de la región no surgió de la noche a la mañana y tampoco los apremiantes síntomas que ahora estremecen a varios países desaparecerán pronto, mucho menos si los políticos y el círculo cercano de colaboradores del presidente Donald Trump se muestran incapaces de comprender la dimensión de un problema que requerirá tiempo y recursos para ser solucionado.