Opinión

Aleph

¿Volver a la “normalidad”?

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Guatemala está en la encrucijada. En medio de esta tensión, algunos quieren volver a la “normalidad”. Recuperar la tacita de plata, el país de la eterna primavera, la Guatelinda de las postales. Pero, ¿qué ha significado esa normalidad en Guatemala? ¿Qué hay debajo de esa nostálgica epidermis de paisajes, silencio y folclore que algunos añoran? Al rascar la superficie de esa “normalidad”, no solo aparecen nuestras bondades, hay sobre todo dictaduras, relaciones incestuosas entre sectores de poder, históricas complicidades y pactos de corruptos, relaciones delincuenciales entre elites políticas, militares, económicas y académicas.

¿Es esa la normalidad que ha llevado por tanto tiempo en la frente el rótulo “Nos reservamos el derecho de admisión” para millones de personas? Normalidad que, aún sin justicia, significa falsa seguridad para muchos. Por conocida. Normalidad asociada a la discriminación, a la exclusión, al estado finquero sobre el cual se ha levantado este orden perverso. Normalidad que nos ha llevado a ser uno de los países más violentos, inseguros, pobres, desiguales, corruptos y sin justicia del mundo.

El proceso de transformación que estamos viviendo desde hace algunos años comenzó a quebrar esa normalidad. Esto nos tiene muy incómodos. A unos, por el miedo a perder su linaje corrupto y los privilegios asociados a este; a otros por su afiliación incondicional a la pistocracia; a algunos más por su fervor a una patria impune, y a muchos más, por las acciones que los pactantes de la corrupción y sus cómplices están haciendo para volver a la normalidad. Lo que nos une a todos en este momento es la incomodidad por un orden que ni se quiebra ni se redefine, por la tensión que se siente en el aire, porque nacimos en un país sin país, donde lo normal es la corrupción, y el más listo es más valorado que el más decente.

Estamos en medio de una de nuestras crisis más profundas, porque es a nivel social, político, diplomático, económico, cultural y humano. Por hechos asociados a la corrupción hay aproximadamente 450 personas de los sectores político, militar, social y empresarial en la cárcel. Esto ha cuestionado lo que es “normal” para muchas familias y para toda la sociedad guatemalteca. Robarle un chocolate al compañero ya no tendrá el mismo sabor para nadie. Se debate —con poca profundidad— sobre la urgencia de un Estado laico, mientras se ejerce, de facto, un poder político desde los más dogmáticos púlpitos. Un gobernante que termina cada intervención lanzando un “que Dios les bendiga”, pero jamás se pronunció por las 56 niñas que murieron incendiadas en un hogar del Estado que dirige, mal puede hablar de Dios. Sabiendo que no hay ideología más peligrosa que la religión mal entendida, esto constituye una amenaza para un Estado que quiere ser democrático.

Al mismo tiempo, los tres poderes del Estado guatemalteco han cerrado filas para volver a prácticas represivas, tanto a partir de leyes que amenazan los magros alcances democráticos, como a través de la recomposición de los espacios institucionales que se habían comenzado a limpiar, colocando personas que le apuestan a esa “normalidad”. En el ámbito diplomático, Guatemala se está quedando sola, mientras se ensucia las manos y hace alianzas que suman al conflicto mundial, como la realizada con Israel en su avanzada colonizadora (contraria a los tratados internacionales), mientras se distancia de países democráticos como Suecia, que han caminado siglos en materia de derechos humanos.

Por cierto, tres asesinatos de defensores de derechos humanos en las dos últimas semanas hablan mucho de una Guatemala donde, además, “existen elementos abundantes”, según declaraciones de la entonces fiscal Thelma Aldana, para presentar una solicitud de antejuicio contra el presidente Jimmy Morales. ¿Es esta la normalidad que queremos? El Gobierno está en la picota.