De mis notas

Se fue libre…

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Con el último ladrillo sellando su tumba, Efraín Ríos Montt derrotó el domingo pasado, por última vez, a sus enemigos. Los enemigos de la paz, la guerrilla guatemalteca, que amparándose detrás del marxismo leninismo y tratando de emular a especímenes tan totalitarios y fracasados como Fidel Castro y otros ejemplares de la zoopolítica internacional revolucionaria quisieron imponer una dictadura del proletariado. De aquellas que dejaron “un legado de miseria y degradación física y moral de dimensiones nunca vistas en la historia de la humanidad”.

Esta realidad de contexto, de conflicto este-oeste, siempre ha tratado de encubrirse por parte de los perseguidores. Como lo hicieron también al obviar la beligerancia de los combatientes indígenas para responsabilizar al Ejército de Guatemala por muchas muertes de civiles que eran en realidad combatientes. Sabían que las investigaciones forenses no pueden determinar con exactitud esta diferencia entre “civiles y combatientes”. Es de esta desinformación de la cual surge la tesis del genocidio.

Este encono, felino, perverso, consistente, organizado y financiado contra los 504 días de gobierno de Efraín Ríos Montt no tendría lógica si no fuese porque tiene una alta rentabilidad financiera de intermediación y proceso, más la admiración reverente de la mayoría de los tambores de resonancia a nivel internacional, muchos de ellos oenegeros mercenarios a quienes se les hacía agua la boca por lograr una condena contra el “último genocida de Latinoamérica y quedar como vedettes heroicas en las tablas oenegeras internacionales, gozando de las prebendas, medallas, viajes y altos puestos como aconteció con la jueza Jassmin Barrios, recibiendo medalla de la señora Obama; la exfiscal Claudia Paz y Paz, condecoración de Hillary Clinton —hoy nada menos que jefe de seguridad de la OEA; y Frank Larrue, jefe de CALDH, la ONG convertida en querellante adhesiva del juicio contra Ríos Montt y principal receptora de fondos, con su alto puesto en la Unesco, hoy destituido recientemente por acoso sexual.

El costo del juicio, la preparación, albergue, transporte de los testigos ixiles, en adición a la traída de Perú y Argentina de generales de izquierda para testificar en contra de Ríos Montt. La presión de algunos embajadores sentados en primera fila. La masiva movilización internacional de los donantes para asistir al juicio, son apenas una punta del iceberg ideológico que subyace detrás de este montaje al que bauticé en una de mis columnas como “Genocirco”.

La jueza Jassmin Barrios hizo todo lo humanamente posible para evitar que testigos claves pudiesen brindar sus testimonios. Y los pocos que pudimos hacerlo, fueron descartados. La ilegal condena y el show mediático hizo creíble para la plebe la palabra “genocidio en Guatemala”, un vocablo ni una sola vez mencionado durante los miles de horas en las discusiones de los acuerdo de paz.

No asombra que ese tropel amorfo y manipulado regado en medio mundo se haya tragado con todo y el anzuelo de pez gordo. Un pez de oro, la última gran Moby Dick de las ballenas, para catapultar la hazaña de los perseguidores a los estrados honorarios de la historia y su alta rentabilidad política y financiera resultante.

Y, por supuesto, la sentencia fue anulada por la evidente, sesgada y desobediente manera de conducir el juicio. La segunda intentona fue un fracaso apabullante cuando irrespetaron la interdicción. Hasta un estudiante de Derecho sabe que una vez el acusado está interdicto no hay responsabilidad penal.

Pero la más grande victoria es para el nombre de Guatemala. No habrá mancha de genocidio. Ni jugosos resarcimientos. Solo la serenidad que requiere la paz.

Efraín Ríos Montt se fue LIBRE, como como el viento que mueve la bandera que siempre defendió.

alfredkalt@gmail.com