LA BUENA NOTICIA

Señor de la creación

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

El evangelio cuenta que en una ocasión, mientras Jesús y sus discípulos atravesaban el lago de Genesaret, se desató una tormenta que amenazaba con el naufragio de la embarcación. Jesús se había dormido profundamente y no se percató de lo que pasaba, hasta que sus discípulos, angustiados, lo despertaron. Con una palabra calmó el viento y el mar. Se ponía así de manifiesto que él actuaba en poder creador de Dios. Se manifestaba también el señorío del hombre, creado a imagen de Dios, sobre la creación.

En la concepción cristiana del mundo, la creación conserva la huella de la belleza y de la verdad de Dios, quien la hizo de la nada. Pero la creación está al servicio y también bajo el cuidado del hombre. La creación no es Dios ni es el cuerpo de Dios o de otros seres espirituales. Por eso el ser humano no se postra ante ninguna creatura, ni vive atemorizado de que al servirse de la creación se esté apropiando de lo que no le pertenece. El hombre está integrado al mundo natural por los procesos biológicos de su cuerpo, pero supera por su inteligencia y libertad esos mismos procesos biológicos, y por eso es creador de cultura.

Pero el hombre es responsable del modo como administra la creación. Todo cuanto existe está al servicio de hombre, de todo hombre. Por eso se han desarrollado procesos que permiten a toda la humanidad generar la riqueza necesaria para vivir, compartir los bienes recibidos y producidos a la vez que se cuida la integridad de la creación. Hay una ética en el gobierno de la creación, que hace inmoral la explotación irresponsable de los recursos naturales. El hombre debe rendir cuentas al Creador, que ha puesto la creación bajo su administración, de cómo ha ejercido su señorío sobre ella. Debe haber una ética económica que respete la dignidad y la libertad de toda persona, que le permita la iniciativa para trabajar y crear y le permita disfrutar y utilizar los bienes adquiridos por su trabajo. También debe utilizar la creación con la moderación y la sobriedad necesaria para que conserve su capacidad de ser la casa de la humanidad también en el futuro.

Hoy se difunden algunas ideas de la naturaleza que degradan la condición humana. Los más radicales parecieran lamentarse de que haya humanidad sobre la Tierra. Quisieran que la humanidad desapareciera para permitir que la naturaleza prospere sin la intervención humana. Algunos recuperan concepciones antiguas y le dan a la naturaleza una condición divina, de modo que el hombre debe vivir sometido y atemorizado cuando interviene en la creación para servirse de ella, aunque sea en las cosas más elementales, como cultivar la tierra para obtener el alimento. El hombre respeta la creación, pero dobla la rodilla solo ante Dios para darle gracias por los bienes que ha recibido en la creación.

El papa Francisco acaba de publicar la encíclica Laudato si, sobre la ecología. El capítulo 2, el más teológico del documento, presenta de manera extensa y, a veces hasta poética, la doctrina católica de la creación según la cual el hombre se sitúa en ella con responsabilidad y gratitud.