Imagen es percepción

Y el tiempo se le fue…

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

Álvaro Arzú fue un político amado por muchos y odiado por otros, como cualquier líder con la capacidad de ejercer el poder, cometió aciertos y errores, que como él mismo lo decía: “un día la historia me juzgará”, y ese día llegó. Las generaciones venideras podrán hacer un mejor juicio de valor más acertado de lo que posiblemente podríamos hacerlo hoy, influenciados por factores coyunturales que no permiten evaluar en este momento el panorama completo de esta historia.

Su repentina partida tocó el corazón de quienes le admiraban y aún para los que no estaban de acuerdo con sus políticas, fue una impresión fuerte enterarse de la noticia de su muerte, que en menos de media hora corría como pólvora por las redes sociales, saber que había partido el alcalde; era triste porque en cada rincón de la ciudad, hay un poquito del toque y las ideas de Álvaro Arzú.

Como humanos siempre nos impresiona cuando alguien que estaba lleno de vida se va trabajando y peleando por lo que él creía que era lo correcto. No cabe duda de que murió a su manera, haciendo lo que le gustaba y sin tanto sufrimiento, una muerte de rey —dicen— piadosa para él, dolorosa para su familia.

Los honores que le rindieron fueron emotivos y a pesar de que hay personas que no superan el hecho de encasillarlo como el “clásico criollo” generando más odio y polarización, la realidad es que él era un hombre sencillo, siempre vistiendo su camisa con el logo de la Muni, sonriente, amable, puntual, sin ostentosos autos para llegar a su destino, ni un séquito de guardaespaldas, él mantenía una línea de acción que deberían imitar muchos políticos chapines.

Arzú fue el último líder político que le quedaba a Guatemala, aun sus propios detractores lo reconocen, y bueno o malo, nadie puede quitarle su carisma, la capacidad de ejercer el poder, su facilidad para pronunciar emotivos discursos y su valentía. Él estaba consciente de que era un hombre privilegiado y que Dios le había dado una gran oportunidad en la vida, ser presidente y alcalde para poder servir a su país, teniendo en sus manos el destino de muchas personas. Pero también nadie es perfecto, y es complicado cuando se ejerce el poder quedar bien con todo el mundo. El estilo Arzú era funcional en un país como Guatemala, su famosa democracia dirigida al final de cuentas le daba resultado aquí.

Arzú entendió cómo debería manejar su imagen pública ante la gente de los mercados, los empleados de la Muni —logrando formar un equipo eficiente, que hoy está aceitado y preparado para trabajar sin él— y ante cualquier ciudadano con el que quería lograr empatía; pero paradójicamente decidió cortar tajantemente toda relación con cualquier medio de comunicación que no fuera la televisión abierta, porque no soportaba que lo criticaran.

A Álvaro Arzú le gustaba mucho promover el deporte, el ciclismo, la cultura, la música, el cuidado de los perros. ¡Era un niño grande! Y esto hacía que muchas personas de diferentes áreas de la ciudad participaran en actividades que lograban unir a las comunidades, abriendo espacios y oportunidades para esa ciudad humana que él buscaba. Aunque quedaron muchos pendientes en aspectos profundos y estructurales de la ciudad que nunca solucionó, al menos hizo cosas buenas y no como otros políticos, que no hacen nada más que robar o aprovecharse del puesto.

Me gustaba mucho saber que para Navidad él y su esposa comían un tamal con la gente necesitada. Esa era una linda acción, digna de imitar por cualquier persona.

Finalmente, solo podemos decir que su paso por este mundo terminó, pero su legado queda, si hizo cosas buenas en su gestión pública será recordado por ello y si no fue así, será Dios y la historia quien lo juzgue.