Contaminación: los límites planetarios y nacionales requieren un cambio cultural

La solución a los problemas crónicos de contaminación consiste en reorganizar la fuente impulsora.

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Globalmente se ha impuesto la relación destructiva de los miembros de esta sociedad con la naturaleza. La concepción dominante acerca de esta, que surge de la dicotomía cultura-naturaleza, donde su estado depende de la determinación humana, ha hecho estragos. Las concepciones y prácticas contrarias a este antropocentrismo desproporcionado que surgen de las cosmologías indígenas han sido arrinconadas.

Por un lado, la extracción de bienes de la naturaleza ha excedido los límites que hacen posible la auto-regeneración natural de esta, y por otro, el vertido de contaminantes sólidos, líquidos y gaseosos ha rebasado la capacidad de depuración de la atmósfera, de los suelos y del agua de lagos, ríos y de extensas zonas oceánicas. La explicación del estado actual de los ecosistemas demanda miradas interdisciplinarias, pues, aunque sus componentes —vegetación, suelo, atmósfera y los ciclos que tienen lugar dentro de este complejo biofísico— tienen dinámicas propias, son interdefinibles.

Esta interdefinibilidad es de larga data y se sintetiza en algunos de los más conocidos principios ecológicos que rigen la naturaleza.

El primero es el de los factores limitantes, aquellos que restringen el crecimiento, la reproducción y, por lo tanto, la distribución de cualquier organismo por escasez o superabundancia de ese factor en particular.

El segundo es el principio holocenótico y, en breve, indica que el ecosistema reacciona como un todo ya que es casi imposible aislar un factor u organismo único en la naturaleza y controlarlo sin afectar el resto del ecosistema.

El tercero es el de los desencadenantes o “factor gatillo”, y ocurre cuando se modifica el equilibrio en el que existía un organismo —principio holocenótico—, encuentra nuevas condiciones —sin los factores limitantes habituales—, iniciándose una reacción en cadena en nuevas condiciones. El ser humano es parte de la naturaleza —y no al revés— y la transgresión de los principios de aquella ya ha demostrado que puede traer consecuencias fatales para sí mismo.

La interpretación de los estados actuales así como la solución a las complejas y graves distorsiones ambientales que ahora se revierten sobre la perpetradora especie humana demanda el reconocimiento, como en todo, de responsabilidades diferenciadas —no tratadas aquí en detalle— que, en síntesis, apuntan con mayor peso a las sociedades del primer mundo —o segmentos de estas en los denominados países en desarrollo— cuyos sistemas de producción, distribución y consumo funcionan como un monstruo que tritura todo cuanto existe en la naturaleza y expulsa de forma masiva residuos tóxicos de impacto planetario.

El debate sobre la responsabilidad del consumo y el crecimiento poblacional resulta central en casi todos los denominados límites planetarios —uso de la tierra y deforestación, pérdida de biodiversidad, agua dulce, energía, acumulación de contaminantes, cambio del clima, por ejemplo—. En promedio, cada ciudadano de Estados Unidos, Europa occidental y Japón consume 32 veces más recursos y produce 32 veces más residuos que los habitantes del Tercer Mundo.

Es un hecho que las soluciones de fondo a los problemas globales y locales de contaminación demandan una combinación de aspectos de orden cultural —que impactan la vida individual y colectiva en el largo plazo— y la transformación de los sistemas de producción dentro de los cuales el consumo es solo una variable dependiente. Es el cambio de estas estructuras de producción el que induciría, de manera rápida y a escala global, el cambio de los hábitos y los valores dominantes de impacto socioambiental negativo.

Un guatemalteco de clase media con cierta sensibilidad ambiental que va al supermercado por componentes de una “sana ensalada verde” llevará tanto o más peso de plástico y duropor que el peso seco de los vegetales que ha comprado. Apegarse al criterio ampliamente difundido de las 4R —reducir, reutilizar, reparar y reciclar materiales— en el nivel individual suma y su masificación, sin duda, implica beneficios ambientales y financieros promisorios, pero sigue siendo una medida reactiva porque se sitúa al final de la cadena de producción y distribución de mercancías. Los intereses insaciables de los actores de esta cadena no solo operan de manera contraria a las metas de calidad ambiental, sino que además se sostienen en sumas millonarias que se invierten en aparatos de publicidad que inducen el consumo.

Estructuras de contaminación dominantes como estas hacen estragos en “pseudo países” como el nuestro. Carentes de un acuerdo básico vinculante sobre los umbrales esenciales de bienestar —material y simbólico— para las personas, las comunidades —en referencia a bienes públicos— y los entornos naturales. En las manos de contubernios político-económicos —privilegios y procedimientos mafiosos inherentes—, envilecidos por el poder y el auge de la corrupción que conduce al enriquecimiento instantáneo, la privatización de beneficios y la socialización de perjuicios —culturales y ambientales—. Incapaces e indiferentes, por supuesto, frente a las miserias crónicas en los ámbitos social y natural y los daños aditivos que ya se ciernen sobre estos, como consecuencia del recrudecimiento del cambio y la variabilidad climática que trae aparejada una mayor escasez de agua y alimentos para satisfacer los horizontes de vida que, en casos masivos, se reducen a días o semanas.

Contubernios que frenan o socavan los esfuerzos que buscan dar contenido sustancial a la idea de democracia y bienestar general que solo podría ser sostenida por una institucionalidad inteligente, competente y prestigiosa, empeñada en encarar los actuales y futuros arreglos que viabilicen y sostengan una vida en plenitud para todos.

Así, la contaminación del país es extensiva. Los contaminantes están por todas partes. De las casi 120 millones de toneladas de desechos que se producen cada año en el país, menos del 15 por ciento se reutiliza o recicla, y poco más del 60 por ciento carece de gestión, y cuando existe, en la modalidad de disposición final en rellenos sanitarios, es deficiente y contraproducente.

El país no solo es un basurero a cielo abierto sino que genera, mantiene y amplía todas las condiciones que convierten en cloacas a los más apreciados lagos del país. Los caudales de los ríos, por su parte, no solo están contaminados con todo tipo de contaminantes biológicos y químicos, sino que además son el medio que los conduce a la zona costera marítima donde envenenan y destruyen poblaciones y ecosistemas estratégicos para la vida y la alimentación planetaria.

El 80 por ciento de las descargas fluviales a los océanos provienen de mil ríos, y 16 de ellos se encuentran en territorio guatemalteco —incluido el Motagua— y se les atribuye la descarga anual de 7,100 toneladas métricas (de poco mas de 300 mil toneladas de plástico generado que carece de tratamiento). Este dato coloca a Guatemala en el top 20 de países con mayores descargas de plásticos al océano. Expertos en demagogia pretenden que unas “bardas” suplan las carencias estructurales y operativas en materia de contaminantes.

La salud, la alimentación, la recreación y la vida misma es presa de la acumulación y el flujo de contaminantes sólidos, líquidos y gaseosos que no parece tener fin.


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