Explosión de etiquetas: El arte en los productos pirotécnicos de Guatemala

La distribución y uso de pirotecnia en el país hace referencia a valores históricos, sociales, culturales y artísticos próximos a la nostalgia.

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Varios productos pirotécnicos destacan por el arte de sus etiquetas. (Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)
Varios productos pirotécnicos destacan por el arte de sus etiquetas. (Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)

La pólvora ha sido protagonista importante a lo largo de la historia y la construcción cultural en Guatemala. Ya sea en eventos tradicionales, religiosos, cumpleaños, bodas e incluso para recordar a seres que han partido, a través de los también llamados “cuetes”, las personas tienen la posibilidad de metaforizar el estallido de sus emociones respecto de fechas importantes.

Tronadoras, morteros, ametralladoras, cachinflines y chiltepitos —entre otros— son varios de los productos pirotécnicos que figuran todo el año en el país. Es común escucharlos detonar en las épocas finales —desde la quema del diablo hasta Navidad y Año Nuevo—, y también a lo largo de los 12 meses, en eventos de corte religioso, como fiestas patronales o procesiones.

El historiador y sociólogo Aníbal Chajón apunta que los motivos detrás de ese uso pirotécnico son culturales, ya que unen a las personas, les evocan recuerdos y también fomentan vínculos desde contextos marcados por la alegría e incluso por la tristeza.

“Es todo el conjunto de emociones que nos hace sentir humanos. Al quemar cuetes se logra una emotividad expresada de forma sonora y lumínica”, comenta el investigador.

Las ventas de productos pirotécnicos suelen tener un aumento durante la época final del año, dadas las celebraciones de la quema del diablo, Navidad y Año Nuevo. (Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)

El uso de productos pirotécnicos no siempre fue permitido para todas las personas. Luego de su llegada desde Europa y durante la época de la colonización, la pólvora era utilizada de manera exclusiva por los españoles para fines de armería y para llamar la atención respecto a eventos religiosos.

Aníbal Chajón comenta que tiempo después, durante el siglo XVII, la producción de pólvora en Guatemala estuvo a cargo de pobladores mestizos, quienes la trabajaban en los cascos centrales, por ejemplo, en la ahora Antigua Guatemala. De entre los grupos productores destacó la familia del clérigo y poeta Rafael Landívar.

Chajón cuenta que el uso de la pólvora también varió cuando Justo Rufino Barrios decretó la expulsión de los jesuitas en 1871. Con la decisión tomada, hubo una disminución en el uso de las mercancías pirotécnicas para convocar a ritos religiosos, y su acceso fue ampliado. En esa época, dice el historiador, muchos pobladores indígenas comenzaron a utilizarlas también.

En paralelo, también surgió la necesidad de expandir los sitios donde se fabricaban y vendían las mercancías. Dada la nueva dinámica de accesibilidad, los artículos pasaron de ser limitados a eventos eclesiásticos a tener presencia en ritos cotidianos vinculados con tradiciones y celebraciones populares.

La marca Toro Negro es una de las más presentes y longevas en la ciudad capital. Su producción suele hacerse en San Raymundo. ( Foto PL: Alejandro Ortiz López)

Pasados los siglos, mucha de la producción pirotécnica fue establecida a lo largo del país: en la ciudad de Guatemala se concentró en puntos como zona 6 y luego en los municipios de San Raymundo y San Juan Sacatepéquez.

Aníbal Chajón expone que la distribución llegó a radicarse en distintos lugares dentro de la urbanidad como las zonas 3, 5 o 7 capitalinas. De forma posterior, muchos negocios con el mismo giro tomaron espacio en la zona 1. Con la popularización del uso pirotécnico, las denominadas “coheterías” se expandieron por el territorio nacional. En la actualidad es común encontrar tanto en el área rural como urbana. En la capital han destacado varias tiendas como Garra Veloz, El Misil, El Culebrón, El Volcancito, La Mixqueña, el Dragón, entre otras.

Etiquetas identitarias

Estas mercancías también se han destacado por la forma en que son presentadas. Cabe mencionar que las rotulaciones guardan una vistosidad que apela a elementos socioculturales desde un plano visual.

Aníbal Chajón apunta que, en el siglo XX, cerca de la década de 1940, aparecieron productos de pirotécnica que ya contaban con etiquetas gráficas. Su aparición coincidió con el bum publicitario que surgió en Estados Unidos alrededor de esa época.

Varios artículos que llegaban al país a principios de los años 2000 tenían etiquetas en las que destacaban figuras de series televisivas populares como Mazinger Z o los Caballeros del Zodiaco. Estos diseños apelaban a audiencias más jóvenes y cumplían una estrategia mercadotécnica que funcionaba desde los países desarrollados como China y EE. UU. de donde eran enviados los productos.

Por otro lado, también persisten aquellas elaboradas en Guatemala y cuyas etiquetas son tan particulares como reconocidas. Destacan marcas nacionales como El Águila Negra, Cocodrilo, El Alacrán, Garra Veloz, El Pelícano, La Tropical o incluso Rambo. Estas son algunas de las más presentes desde hace varias generaciones en la idiosincrasia pirotécnica de Guatemala.

La etiqueta de Garra Veloz ha sido modificada varias veces a lo largo del tiempo. En la actualidad el ave que figura es un águila. (Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)

Cabe mencionar que muchas de esas se relacionan a territorialidades específicas. Mientras que en la capital es frecuente ubicar productos como Toro Negro o Garra Veloz, en otros departamentos de occidente y oriente destacan Puma o Tucán.

Tras varios años de circulación en el mercado, estos y muchos otros sellos han estado a la venta y los orígenes tanto de sus nombres como de sus diseños artísticos han evocado interés.

La mayoría de las etiquetas en estos productos guardan un molde similar: tienen forma vertical y su marco es por lo general amarillo. En el fondo destacan paisajes naturales y hacia el centro se pueden ver especies de animales silvestres sosteniendo ametralladoras. Arriba de ellos destacan los nombres de las marcas que, a manera general, describen las características de los animales (por ejemplo, su color).

De acuerdo con Édgar Cotzojay, quien distribuye junto con su familia la marca Garra Veloz, los diseños de estos productos suelen evocar principalmente una idea de naturaleza. El comerciante asegura que muchas de estas ilustraciones han sido legadas entre generaciones.
Los diseños de la mayoría de las etiquetas fueron creadas en el pasado desde imprentas, explica Cotzojay.

De hecho, suele desconocerse quiénes fueron los artistas, ya que los productores de “cuetes” solo llegaban a pagar por un arte que diera “rostro” a sus mercancías.

De ese modo, quienes se quedaban con las etiquetas originales tenían la opción de revenderlas puesto que ya estaban contempladas en el Registro Mercantil. En la actualidad, no pueden existir dos etiquetas de la misma marca, salvo las que tengan actualizaciones en el mismo diseño avalado por el grupo de propietarios, dice Cotzojay.

Visiones desde la fantasía

Aníbal Chajón apunta que la estética colorida de las etiquetas en productos pirotécnicos toma inspiración de diseños que surgieron entre finales de 1930 y durante 1970 a partir de piezas de comunicación difundidas en medios masivos. Estas guardaban influencia de publicidad estadounidense, señala el historiador.

En cuanto a las formas y los trazos contenidos en los diseños de las etiquetas, cabe resaltar la influencia del arte en la lotería mexicana, dice Chajón. El investigador explica que el diseño de las piezas en ese juego fue alterado cuando, durante la Reforma Liberal se buscaba emancipar las expresiones hacia algo más local. De esa cuenta, la lotería que había llegado desde Italia cambió su presentación hacia algo más “mexicano”.

Por razones de cercanía, dicha estética llegó hasta Guatemala y en los productos pirotécnicos se pudo ver una influencia en la manera que estaban trazadas y dibujadas las figuras del juego de azar. De esa cuenta, las formas de crear etiquetas han ido variando y alimentándose de distintos elementos socioculturales.

Aunque Rambo es un personaje ficticio extranjero, el producto pirotécnico nacional mezcla elementos de la cultura en Guatemala. ( Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)

Diego Ventura, curador independiente de arte contemporáneo, señala que la mayoría de las piezas destinadas para productos pirotécnicos suelen aludir al peligro o el riesgo que implican varios de los animales presentados, por ejemplo, los toros o los alacranes.

Al mismo tiempo habla de una cierta adrenalina que evocan estas especies. “Se sabe que pueden tener consecuencias serias. Es como un desafío”, apunta el curador.

El hecho de querer llamar la atención a partir estos productos es algo que se logra desde la utilización de tonos mayoritariamente rojizos y vibrantes. El conjunto de símbolos lleva hacia un mensaje inmediato y no requiere de una lectura profunda, argumenta Diego.

Por otro lado, el diseñador gráfico y artista visual Édison Cruz, destaca que el contexto puede representar un importante rol en la manera que estos productos llaman la atención del público. “El contexto desde el cual se fabrican influye significativamente en la aplicación de patrones cromáticos y sagaces para llegar hasta la composición de obras incendiarias”, señala.

Es frecuente que los personajes en las etiquetas de marcas de pólvora sostengan elementos explosivos, como las ametralladoras. (Foto Prensa Libre: Alejandro Ortiz López)

El fin último es el de impactar, dice el artista. Por ello, es razonable analizar cómo los distintos elementos conviven en las etiquetas. “Muestran especies autóctonas y de algunas otras tierras extranjeras con carácter fiero en ambientes agrestes o provinciales para dar como resultado escenas dramáticas”, explica.

Se debe considerar que varias de las etiquetas apelan a la creación de una fantasía que habla a públicos tanto de niños como de adultos. “Es una pretensión humana el hecho de buscar y crear algo tan efímero como hermoso”, agrega Diego Ventura.

Un aspecto interesante es que, desde esa misma fantasía, las etiquetas también cuentan con una literalidad de lo que se mira. Por ejemplo, al ver la marca Toro Negro, literalmente lo que se muestra es esa misma especie con dicho color. Aníbal Chajón lo explica así: “Las personas ubicaban las marcas desde una consideración visual, aunque no pudieran escribir. Por eso pedían los productos de ciertos animales”.

“El mayor valor de estas piezas desde el diseño podría estar en que dejan un legado que permanece en resistencia.”

El curador Diego Ventura explica que estas etiquetas, más allá de haber sido concebidas para fines comerciales, guardan el carácter de una pieza artística puesto que han implicado investigación, diálogos entre los dueños y las empresas productoras, un proceso de abstracción, pensamiento y ejecución.

Édison argumenta que “el mayor valor de estas piezas desde el diseño podría estar en que dejan un legado que permanece en resistencia” y que a pesar de la “introducción de otros productos extranjeros, aún estamos inmersos en estas piezas que fueron pintadas y diseñadas hace décadas”.

El diseñador insiste en que estas etiquetas preservan importancia en la contemporaneidad puesto que se respeta la labor artística que hubo detrás. Por último, añade que “a pesar de no haber tenido una finalidad de trascender, lo lograron. Definitivamente a raíz de ello nace esta nostalgia”.


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