Revista D

Humor mordaz

Las caricaturas editoriales le ofrecen a los lectores la noticia actual, pero con ingenio picante.

Por POR ISABEL DÍAZ SABÁN

“La caricatura desempeña una función catártica, semejante al de las lágrimas, pero que no se identifica con la situación, sino expresa desprecio en lugar de compasión”, afirma el psicólogo social Carlos Ortiz.

Aunque este género periodístico existe en todas partes del mundo y se ha extendido a todos los ámbitos de la acción humana, siempre corresponde a la sociedad donde se concibe. “La labor de análisis del caricaturista a veces es recibida con sorna y otras con seriedad, pero siempre es un reflejo del modelo mental de una población”, afirma Lily Soto, periodista y doctora en Educación.

La caricatura periodística es la unión de un dibujo y un texto; sin embargo, no es tan simple, pues al igual que las columnas y el editorial son géneros de opinión. “Aunque se tenga la capacidad ilustrativa, no todos pueden hacer una ilustración que nos haga reír o llorar. Ellos dibujan la realidad y dan una voz de alarma o de crítica, asegura Jorge Rossi, profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Rafael Landívar.

La metamorfósis

Este género ha evolucionado en Guatemala, pues en sus inicios, sus artistas eran llamados “muñequeros”, y hoy se les reconoce como editorialistas gráficos.

En una publicación de Guillermo Grajeda Mena sobre artistas guatemaltecos del comic en 1971, se registran los primeros atisbos de caricatura en la obra de Bernal Díaz del Castillo, el antigüeño Tomás de Merlo y el doctor Mariano Gálvez. “En una época más cercana, figura Tomás Mur, pintor y escultor español que debido a su caricatura mordaz, fue exiliado del país por Manuel Estrada Cabrera hacia 1901”, cuenta Guillermo Monsanto, artista visual e investigador.

En cuanto a la eterna contraparte, es decir, los gobiernos y específicamente los presidentes, el historiador Luis Luján Muñoz cita que pueden encontrarse registros de caricaturas de los candidatos que competían para sustituir al general Manuel Lisandro Barillas, entre ellos José María Reyna Barrios, quien “toleró una buena cosecha de caricaturas en su contra”, cuando estuvo en el poder.

A pesar de la censura, se registra una caricatura en la que “Manuel Estrada Cabrera aparece subido en una enorme montaña de calaveras”, publicó la escritora Luz Méndez de la Vega (1919-2012) en un artículo periodístico de 1944.

En los primeros años del siglo XX destaca la figura de José Cayetano Morales, Mon Crayon, un artista bastante completo que se dedicó, entre otras artes, a crear lo que hoy podría definirse como caricatura cultural. Algunas piezas que se conservan están fechadas en 1904.

Entre los más destacados del siglo XX se encuentran Rafael Valladares, Miguel Arcángel de León, Alfonso Campis, quien creó al personaje editorial de El Imparcial y los hermanos González Goyri. Luego, Maco Quiroa, Gato viejo, José Luis Rodríguez y José Manuel Chacón, Filóchofo.

Además, debe recordarse a Juárez Aranda, de Entre broma y broma, y Jairo Piedrasanta, del vespertino La Hora, y del desaparecido periódico La República.

Actualmente, también laboran en este oficio Guillermo Lorentzen, con La matraca, y Leonel Foc, con Frijol y Tortilla.

Medalla Mon Crayon

Este premio es entregado por la Hemeroteca Nacional Clemente Marroquín Rojas, y fue instaurado por la periodista María Eugenia Gordillo, actual directora.

Con el fin de perpetuar la memoria del llamado Príncipe de los caricaturistas, esta presea se otorga desde hace 10 años a artistas destacados que tienen una trayectoria reconocida en el medio periodístico.

Hasta la fecha, tres han sido los laureados. El primero fue Alfredo Morales, Fo, quien cuenta con 26 años de trayectoria en Prensa Libre. Luego el turno fue para Julio Castillo, Jota Ce, que suma 37 años de carrera, y recientemente, Marvin Olivares.

Fo

Sin haberlo planificado, Alfredo Morales ingresó al mundo de los caricaturistas gracias a los momentos de aburrimiento en las aulas de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de San Carlos, ya que se dedicaba a dibujar a sus compañeros y profesores. Creó un catálogo que uno de sus colegas mostró a personeros de Prensa Libre, y luego de eso inició esta faceta profesional.

Sus primeros trabajos fueron publicados en Revista Domingo, se trataban de caricaturas de humor blanco que aparecían en una página miscelánea. En el camino cambió la temática y luego de seis años le ofrecieron la oportunidad de pasar a la publicación diaria con la caricatura de tema político.

Su línea, según considera, siempre ha sido crítica e imparcial. Fo, como se le reconoce en el medio, ejerce la autorregulación especialmente con los temas religiosos.

Entre los personajes que se le facilitan para caricaturizar están los presidentes, desde Vinicio Cerezo hasta Otto Pérez. Entre sus favoritos se encuentran Alfonso Portillo y Sandra Torres, porque se prestaban para una buena nota de humor.

Jota Ce

Julio Castillo empezó en la caricatura luego de abandonar la Facultad de Farmacia e ingresar a la Escuela Centroamericana de Periodismo, adscrita a la Universidad de San Carlos. Lo que más le gustaba era asistir a las clases de David Vela, quien era director e impartía algunos cursos. “Escuchar sus anécdotas humorísticas sobre la vida nacional me inspiró a concretar las primeras caricaturas, se las ofrecí a El Imparcial, pero debido al sistema de linotipo no podía hacerse algo diferente al clásico muñequito”, afirma Castillo.

Su primer empleo fue en El Gráfico, en 1976, donde colaboró como infografista.

En su opinión, la intención con la que se hace la caricatura debe ser honesta, aunque no puede asegurar que no intervenga el hígado, como en el caso de la campante campaña anticipada de los políticos, o el corazón, cuando sucede la muerte de personas inocentes.

Castillo considera que su trabajo no es una cuestión personal y que siempre es necesaria la autorregulación, pero no puede negar que caricaturizar a los presidentes es lo más recurrente, aunque hay otros personajes que siempre tienen un rostro que se facilita para este trabajo, como el del fallecido promotor cultural Tasso Hadjidodou o la fiscal Claudia Paz y Paz.

Marvin Olivares

Gracias a su talento innato, este artista visual inició su camino por las artes desde muy pequeño. A los 14 años decidió matricularse en la Escuela Nacional de Artes Pláticas de donde se graduó para continuar su preparación en la Universidad de San Carlos, hasta obtener el título de licenciado en Arte.

Considera que su influencia artística es múltiple y proviene de la cultura Pop Art. En el área específica de la caricatura reconoce a artistas de la década de 1980, entre ellos Payne y Antonio Parada quienes tenían una técnica que incluía colorear al óleo. “Trato de no solucionar la caricatura con líneas solamente, sino con volumen”, afirma.

En el cartón político se exageran los rasgos feos, pues el propósito es darle un enfoque humorístico. El cultural, género cultivado por Olivares, no es ajeno a la exageración, pero busca resaltar lo positivo de los personajes.

Olivares también creó un personaje que representa al guatemalteco común del que no resalta solo lo bueno. Al respecto el periodista Juan Carlos Lemus afirma: “Amoral, verde y cotidiano como su creador, El Señor Nariz de Zanahoria ha sido dibujado por Olivares como policía, marero, poeta, albañil, niño de la calle, gay, también como futbolista, luchador, rocanrolero, viejo verde o chiclero”.

Maco Quiroa

Maco Quiroa (1955-2004), además de ser un artista plástico, trabajó en los medios de comunicación escrita. Caricaturizó a dos personajes del pueblo, Juanito Ixcoy y su compadre, quienes vociferaban las verdades a modo de diálogos humorísticos, críticos, e incluso ideológicos.

Su línea gráfica se inclina a la gente sin voz, la gente del área rural. Don Juanito tiene la actitud del que desea participar, interviene y piensa, y su compadrito es la voz del pueblo, tímida, reprimida, conformista, pero con la lógica común de la gente sencilla.

Cada tres años se reconoce el aporte de Quiroa a este gremio, cuando se entrega la medalla Mon Crayon. La presea es impuesta al ganador en una sala que lleva su nombre, en la Hemeroteca Nacional.