Revista D

Alma de campeón

Hace 63 años Mateo Flores ganó el maratón de Boston, convirtiéndose en el primer latinoamericano en lograr tal hazaña.

Mateo Flores fue una leyenda en vida.

Mateo Flores fue una leyenda en vida.

Corría la mañana del 19 de abril de 1952 cuando Doroteo Guamuch Flores (Mateo Flores), extenuado por la carrera de 42.1 kilómetros, logró escuchar: ¡Viva Guatemala! La frase le hizo erguir la cabeza de inmediato. A unos 200 metros de la meta se encontraba un grupo de estudiantes de Medicina, quienes en la radio oyeron que un chapín venía encabezando la carrera.

—Ya oíste vos…

—Cómo vas a creer que un guatemalteco venga de primero.

—Pero si estás oyendo…

Este fue el diálogo que sostuvieron José Mario Chávez, Lionel Toriello y Abundio Maldonado.

“Cuando llevaba dos horas del recorrido me sentía morir. Ya colgaba la toalla, como se dice. Entonces me dije: Dios mío, cómo puede ser posible, dame fuerzas. Agarré una bajadita y tomé aire. Oía ¡arriba chapín, arriba la bandera azul y blanco, arriba Guatemala”.

“En realidad me faltaban unos 35 minutos para terminar. En eso me dijeron mil 500 metros. Antes de llegar a la meta había que cruzar una cuadra y pensé: voy a hacer como que no voy cansado si no fresco. Cuando llegué oí los gritos de ¡puro chapín!”

Este relato crucial de la vida de Flores (1922-2011) fue publicado en Revista Domingo en abril de 1997.

Cinco minutos después, ingresó a la meta el estadounidense Dyrgall y en tercer lugar el connacional Luis Velásquez, relata Julio César Arriola, en la biografía El triunfador de Boston.

El sobrenombre de Mateo, por el cual se le recuerda, fue acuñado por los perifoneadores estadounidenses, quienes no podían pronunciar su nombre. “The winner of 56th Boston Marathon is mister Mathew Flowers of Guatemala”.

A 63 años de esta hazaña, a Flores se le recuerda como un héroe nacional, al convertirse en el primer latinoamericano en ganar el maratón más antiguo del mundo, el de Boston, Massachusetts (Estados Unidos).

Inicios sencillos

Doroteo Guamuch Flores nació el 11 de febrero de 1922. Hijo de Laureano Guamuch y María Flores, se crió en un humilde hogar en la aldea Cotió, Mixco, narra Arriola.

Fue el quinto hijo de una familia de siete hermanos de tradición católica. “Su padre fue quien le inculcó ese espíritu de luchador incansable para que, siempre que hiciera algo en su vida, fuera de la mejor manera posible”, relata Arriola.

“Comía lo que Dios me daba. Quizá eso pudo haber mermado mi rendimiento. Mi dieta siempre fue de arroz, frijoles, tortilla y chile”. Pero la mala alimentación no impidió los triunfos”, afirmó Flores en la entrevista con Revista Domingo.

Tampoco asistió a la escuela. Desde pequeño le tocó ayudar a su padre en las labores agrícolas y luego fue ayudante de albañil.

Este oficio lo llevó a conocer los campos de golf donde pronto trabajó como caddie —ayudante de golfista— en el Country Club. Aprendió tan bien este deporte que ganó un campeonato organizado para este gremio de trabajadores.

Una férrea disciplina

Flores comenzó su carrera atlética a los 19 años, cuando se cambió de trabajo a la fábrica de tejidos Nortropic, en la zona 8, propiedad de Alfredo Vila. Esta decisión la tomó porque un grupo de amigos lo invitó a formar parte del grupo de maratonistas de la empresa, relata su biógrafo.

Allí nació la historia de que Flores solía correr a diario hacia su trabajo, una distancia promedio de 22 kilómetros de ida y vuelta. Desde su casa, ubicada en el kilómetro 13.5 hasta la fábrica.

El entrenamiento sistemático le proporcionó la capacidad de correr grandes distancias. Poco tiempo después trazó una rutina casi diaria que comenzaba a las 4 de la mañana, corría aproximadamente 40 kilómetros en un tiempo de entre dos y tres horas. Por las tardes, entre las 18 y 20 repetía el ejercicio.

“Empecé a correr descalzo y mis pies se acostumbraron a esa condición, de tal manera que las primeras tres carreras Max Tott las corrí sin zapatos”, contó el maratonista a Revista Domingo.

Cuando fui campeón capitalino y me tocaba ir a los departamentos tenía que ir mejor presentado, para dar el ejemplo. Así fue que me puse los zapatos. La verdad, el calzado no servía más que para defenderse de los chayes. Las tachuelas atravesaban el zapato”, agregó.

Durante siete años consecutivos ganó la carrera Max Tott, de 21 kilómetros.

A estos triunfos se sumaron otros, no menos importantes, a lo largo de su carrera deportiva, la cual fue de 16 años: de 1941 a 1957.

Respecto del apoyo para el atletismo expresó: “Antes se hacía deporte porque a uno le gustaba sudar la camisola… no fue una casualidad ganar el maratón. Creo que venía inscrito para ganar”, compartió en 1997.

Lección de vida

En la biografía de Flores, Arriola describe en pocas líneas lo que constituyó el alma de campeón de esta figura nacional. “Mateo fue un hombre hecho a sí mismo, ya que no tuvo quién lo guiara durante sus primeros recorridos atléticos, se basó únicamente en su disciplina personal, su sentido común y sobre todo, su deseo de tener una experiencia sostenida que le permitiera obtener, no solo resistencia, sino la vivencia del desarrollo personal.

Hasta 1946 el maratonista pudo contar con un entrenador permanente.

Después del triunfo en Boston, la vida de Guamuch cambió. Tuvo un recibimiento apoteósico en Guatemala. Un par de años después se dedicó al entrenamiento de jóvenes atletas. Sin embargo, siempre llevó una vida sencilla en su casa de villa Mirtala, ubicada sobre la calzada Mateo Flores.

En el 2008, en otra entrevista otorgadas a Revista D, Flores, en ese entonces de 86 años, se le describió lúcido, de conversación fluida y con chispazos de humor, una leyenda viviente cuya vida transcurría en el anonimato.

Murió el 11 de agosto del 2011, tras una larga enfermedad crónica. Dejó tras de sí un gran legado como hombre y deportista.

Hoy el estadio nacional, la calzada donde vivió y una escuela de educación primaria en la colonia Cotió, en su natal Mixco, llevan su nombre.

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