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Poder de las limpias

Armados con botella de aguardiente y puros, miles de peregrinos desfilan ante Maximón para curarse de los males que los aquejan.

Por Revista Domingo y Hemeroteca PL

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Limpia Maxímon
Una mujer fuma un puro en el rito conocido como “la limpia”. (Foto: Carlos Sebastián)
Una mujer fuma un puro en el rito conocido como “la limpia”. (Foto: Carlos Sebastián)

En el altar una mujer se pasa una vela blanca por el cuerpo y reza una oración que sólo ella alcanza a escuchar. Abajo unos cinco metros, la madre de la joven mantiene alzados los brazos hacia el cielo mientras es “saturada” por su guía espiritual. “Quítale los enemigos a mi hermana Margarita. Tú le vas a dar recogimiento... Venga la protección divina”, recita en voz alta.

Nadie más parece poner atención al rito de las mujeres. Cada quien lleva sus propias penas y peticiones. Los ojos de los peregrinos, irritados por el desvelo, están fijos en el altar. Todos esperan con ansias llegar y tocar la toalla mojada de “guaro” que reposa en las piernas de una efigie vestida con traje, corbata y sombrero negro y bigotes al estilo “Pancho Villa”.

Maximón es una deidad que mezcla la bondad con la maldad. Algunos lo adoran, otros le temen. Todo depende del "trabajito" que le haya sido encargado. En el país es venerado en Santiago Atitlán, Sololá; Zunil, Quetzaltenango; y San Andrés Itzapa, Chimaltenango, donde también lo llaman San Simón. Es borracho, parrandero, adúltero, fornicador, homosexual y alcahuete.

Pero la mezcla más importante es la religiosa, porque aunque buena parte de los seguidores de Maximón llega de fuera, también hay católicos y evangélicos que siguen rindiendo culto a Maximón, aunque sea clandestinamente.

Humo y cera

En la casa de adoración Ede San Andrés Itzapa el olor a cera mezclado con el de "indita" y "venado especial" está impregnado en las paredes y el techo. Sólo los peregrinos que llegan por primera vez se dan cuenta. Lo sienten cuando ponen el primer pie en el templo. Después su sentido del olfato se acostumbra. Las ocho mesas chorreadas con cera de colores siempre se mantienen llenas de velas. En cada una va una petición: para hacer el bien o el mal.

Una mujer indígena de unos 40 años se mantiene de pie, pegada a la última mesa del lado izquierdo. En cada una de sus manos sostiene un puro. Da un chupón al que tiene en la mano derecha, expele el humo y hace lo mismo con el de la mano izquierda. Lleva como una hora de hacer lo mismo. Sus ojos se ven rojizos y desorbitados. De su frente salen gruesas gotas de sudor que cada poco se seca con la mano. Un escupitajo entre una bolsa de plástico evidencia lo amargo de su penitencia.

A la par, otra mujer maya hace lo mismo. Adelante otras dos la imitan. En las demás mesas está la huella que dejaron otros. Entre la cera se ve la ceniza de los puros y de ésta salen, aún, hilos de humo. "El puro se fuma para protección y la petición se hace mientras se fuma" señala Mary Salvador, una guía espiritual que tiene su centro espiritista en la zona 7. Ella cobra Q10  por cada "limpia". La cantidad de puros que deben fumarse depende del favor solicitado. Si lo que se busca es encontrar la respuesta a un problema se debe fumar un puro. Lo mismo se hace si se desea conocer lo que una persona está pensando acerca de determinado asunto.