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Arjona: sus primeras historias

En los años 1980, Ricardo Arjona transitaba por los pasillos de la Usac y las calles de la capital ataviado con jeans, haciendo bromas a sus amigos. En lo único que no le iba bien era en sus estudios de publicidad.

Por Hemeroteca PL

Ricardo Arjona en su época de estudiante. (Foto: Hemeroteca PL)
Ricardo Arjona en su época de estudiante. (Foto: Hemeroteca PL)

Era 1984. Édgar Ricardo Arjona Morales, de 20 años, asistía a las clases del segundo semestre en la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos (Usac).

Cuando se inscribió, le asignaron el carné 8417690. Se distinguía del grupo por su cabello largo, 1.92 m de estatura y porque en los períodos libres acostumbraba tomar su guitarra y cantar, casi siempre, sus propias canciones. Ya por ese tiempo sus amigos escuchaban en forma exclusiva Déjame decir que te amo.

En esa época universitaria, 1984-1986, nadie creía que ese muchacho “flaquito” llegaría tan lejos con su música. El único que quizás lo intuía era el mismo Arjona, quien, según cuentan sus amigos era un hombre que se tenía mucha fe y estaba convencido de sus facultades artísticas. “Tenía metas bien definidas, era perseverante y lleno de convicción”, recuerda Norma De León, compañera de estudios en ese entonces.

Arjona con un grupo de amigos de la Usac, en 1984. Entre ellos, Lety Mauricio y Norma De León (ambas con bandas), y el profesor Mario Recinos (de barba). (Foto: Hemeroteca PL)
Arjona con un grupo de amigos de la Usac, en 1984. Entre ellos, Lety Mauricio y Norma De León (ambas con bandas), y el profesor Mario Recinos (de barba). (Foto: Hemeroteca PL)

En 1984 se inscribió en la Escuela de Ciencias de la Comunicación, que en ese entonces funcionaba donde hoy está la Escuela de Formación de Profesores de Enseñanza Media (EFPEM), para especializarse en Publicidad. Fredy Morales, quien fue su profesor de Redacción Publicitaria, en 1986, dice que en el acta de notas de ese curso está asentado que Arjona solamente acumuló 17 puntos de zona, de 60 posibles, por lo cual no tuvo derecho a examen final. “Creo que pensaba más en la música y el deporte que en los estudios”.

No había duda de que su obsesión por triunfar en la música lo absorbía. Sus colegas afirman que con frecuencia, en los períodos libres o al finalizar las clases, se quedaba en el salón o la biblioteca, y les decía: “Vengan... cierren la puerta y oigan”, y enseguida interpretaba sus composiciones. Déjame decir que te amo, S.O.S. Rescátame, No renunciaré y Jesús verbo no sustantivo fueron algunas piezas que sus compañeros y amigos de la U tuvieron el privilegio de escuchar en primicia.

La capacidad creadora de este “escritor de historias”, como es conocido actualmente, era inagotable. Por eso, a sus amigos les resulta fácil traer al presente algunas canciones que únicamente quedaron grabadas en los recuerdos de esa época estudiantil.

Stuardo Samayoa aún evoca letras como La almohada, Se ha ido el amor y una que compuso para la Usac, que se llamaba Es tiempo para ser mejores. Arjona tenía por costumbre, después de cantar, preguntarle a sus cuates: ¿Qué les parece?, y muchas veces le contestaban: “Se oye feo”, pero lo hacían en son de broma.

Para el artista cualquier sitio era bueno para interpretar su música, pero aparte de su casa y la universidad, también tenía otros dos puntos donde daba rienda suelta a sus inquietudes. Uno de ellos fue tercer piso del edificio 6 de Nimajuyú, en la zona 21, donde vivía César Soto (el mago César), quien cuenta que en este apartamento se atrincheraba el grupo para festejar cumpleaños, despedidas, preparar un trabajo de algún curso o “hasta para celebrar el día del lápiz”.

Fue en este lugar donde Norma escuchó por primera vez Jesús verbo no sustantivo, entre 1984 y 1985. Tampoco olvida que otro punto de reunión era el garaje de su casa, en la colonia Venezuela, zona 21, donde escuchó una canción que se llamaba Monotonía. “Siempre supe que era un gran artista, pero nunca imaginé que llegaría a ser un fenómeno”, explica esta ex modelo, quien fue primera finalista del certamen Miss Guatemala 1986, celebrado en el Gran Centro Cultura Miguel Ángel Asturias, y Ricardo amenizó la velada.

El día que le entregaron el primer acetato que contenía su canción No renunciaré fue uno de los más emotivos que vivió. Jorge de León, a quien le apodaban “Frijolón”, cuenta que esa tarde el cantante le pidió que saliera del aula, y lo llevó donde tenía parqueado su Saab color fucsia, y muy emocionado le mostró el disco. “Sos el primero en verlo”, le dijo. “Qué buena onda”, repuso De León.

El color de aquel vehículo era motivo de bromas y sarcasmos de algunos amigos y compañeros, e incluso originó que al automotor le pusieran algunos sobrenombres como el Pink o Topsymóvil. “Le decíamos así porque el color era similar al de los carritos de los helados”, comenta Lenin Fernández, amigo del cantante y ex bateriísta de Alux Nahual. Para viajar a México, ese fue uno de los primeros objetos que vendió, para tener algunos recursos.

Arjona formó parte del equipo Leones de Marte. En la foto, es el segundo de derecha a izquierda en la fila de los que están de pie. (Foto: Hemeroteca PL)
Arjona formó parte del equipo Leones de Marte. En la foto, es el segundo de derecha a izquierda en la fila de los que están de pie. (Foto: Hemeroteca PL)
Un hombre de calle

Las jornadas del ahora famoso cantante eran muy extensas. El día lo iniciaba en las aulas de la escuela Oficial Urbana Santa Elena III, zona 18, donde ejercía como maestro. Una de las actividades que más cuenta Arjona fue cuando se le ocurrió abrirle un agujero a una tabla, y ahí debían meter la cabeza la directora y los maestros. Luego los padres de familia e invitados podían comprar globos llenos de agua y lanzarlos a la cabeza de los mentores.

Al salir de su jornada, acostumbraba dedicar algunas horas al deporte. Unos días era el basquetbol y otros el culturismo. Stuardo Samayoa, quien en esos años daba clases en el colegio Penzzotti, ubicado en la avenida Bolívar, cuenta que se reunían a mediodía, y se iban a la Federación de Pesas, donde se ejercitaban por dos horas. Luego se dirigían a la Usac, en donde, regularmente, llegaban una hora antes del inicio de las clases. “Ese tiempo se aprovechaba para ver patojas o cantar”, dice el mago César.

Todo lo que hacía el artista parecía estar encaminado a forjarse un futuro exitoso, ya que siempre manifestó interés por las artes escénicas. Por eso no era raro que acompañara a Samayoa a sus prácticas de teatro en el Gadem, con los maestros Ricardo Mendizábal, Dick Smith y Rubén Morales Monroy. Incluso, prepararon algunas escenas para el proyecto de una telenovela que nunca se efectuó.

En la Usac, sus jornadas se extendían, algunas veces, hasta casi las 22 horas, debido a que además de quedarse cantando y componiendo, también era normal que jugara ping-pong en el local de la Asociación de Estudiantes de la Escuela. En ese lugar también había una guitarra, de la cual se apropiaba de inmediato.

El transporte no era problema, menos para él, a esa hora, pues el grupo de amigos se apoyaba entre sí dándose “jalón”. En el caso del cantante, la privilegiada en darle un aventón era la periodista Ana Fresse, quien debido al lugar donde vivía, zona 2, lo pasaba a traer o a dejar por la calle Martí. Y si no se podía, no había inconveniente, porque los microbuses urbanos eran la solución. “Vivíamos a puro ruletero”, dice Samayoa.

Para este amigo el mayor reto del grupo, del cual también formaba parte su ahora esposa, Lety Mauricio, era aprender a ser felices. “Llevábamos una vida muy sencilla. Casi todo el día nos lo pasábamos en la calle a puro ruletero, y cuando entrábamos a un restaurante, pasábamos horas y horas contando chistes, ya que Ricardo y yo éramos buenos para esto”, recuerda.

Elizabeth, corista; Ricardo y “Malín”, arreglista, cuando grabaron Historias, en Dallas, Texas. (Foto: Hemeroteca PL)
Elizabeth, corista; Ricardo y “Malín”, arreglista, cuando grabaron Historias, en Dallas, Texas. (Foto: Hemeroteca PL)
Era “bien fregón”

Cuando se le pregunta a cualesquiera de sus amigos cómo era, lo primero que dicen es: “Era bien fregón, bromista, y utilizaba mucho el sarcasmo”. A raíz de esto, todos tienen alguna anécdota qué contar. A Fresse, por ejemplo, no se le olvida que Arjona muchas veces le escondía su Colt Galant, debido a que el cantante llevaba el Colt Lancer color café de su padre y la llave de éste le hacía al suyo, lo cual aprovechaba para llevarlo a otro lado del parqueo.

En una oportunidad, al terminar las clases, a eso de las 20.30 horas, Fresse se dirigió a donde había dejado su vehículo, y al llegar no lo encontró. Lo primero que se le vino a la mente fue que se trataba de otra broma de Arjona, quien la acompañaba, por lo que el dedo acusador fue contra el intérprete. “No me muevo de aquí hasta que no me traigas mi carro”, le dijo. Pero éste le juraba que no había sido él. “Cuando ya eran casi las 10 de la noche, le creí. Lo bueno es que no me abandonó”, acota la periodista. Esa noche de verdad le habían robado el carro, aunque apareció uno o dos días después.

Era usual que el Flaco con sus “cuates” intercambiaran chumpas, tenis, pantalones, playeras y cualquier otra prenda. Sin embargo, una de sus debilidades era que cuando miraba alguna pieza de ropa de marca y le gustaba, exclamaba: “Esa tiene que ser mía”, y luego buscaba la manera de “tranzarla”, por otras de él, cuenta “Frijolón”.

Uno de los ejemplos que muestran el sarcasmo, y a la vez el espíritu bromista de la luminaria, sucedió cuando “Frijolón” descubrió que Arjona era el que siempre le hacía nudos a su suéter. Un día de esos, Samayoa llevó una chumpa del equipo de los Lakers, de la NBA, y el cantautor quedó maravillado, porque ese equipo era su favorito, y además le contaron que la prenda era original. “Tiene que ser mía”, dijo.

De inmediato inició el “trance”, y ofreció varias cosas a cambio, lo cual fue aceptado por Samayoa. Al día siguiente, cuando se vieron nuevamente, se llevó una desagradable sorpresa. Samayoa lucía una igual a la que le había dado, porque no era cierto que se la hubieran traído de Estados Unidos, sino que eran fabricadas por un sastre que vivía en la Primero de Julio, zona 5 de Mixco.

Récord nacional

Después de la música, su segunda pasión siempre fue el basquetbol, por eso era común que a sus amigos constantemente les dijera: “Un 21”, lo cual era una invitación para ir a la cancha. No era difícil convencerlos, ya que casi todos eran altos y les gustaba ese deporte. Por eso no era raro encontrarlos, aparte de la Usac, en el gimnasio Teodoro Palacios Flores o en la Universidad Popular, dice Jorge de León, otro amigo a quien le decían “Pepín”.

El cantante llegó a destacar en el equipo Leones de Marte y con la selección nacional de ese deporte. Fue tan bueno en esto que posee el récord nacional de encestes durante un partido contra un equipo que se llamaba Botrán Verapaz, y que se realizó en el gimnasio Teodoro Palacios Flores. “Creo que fue de 74 ó 78 puntos”, señala Imner Item, quien fue su compañero entre 1984 y 1988.

Sus colegas de equipo lo definen como un basquetbolista especial, debido a que por sus características físicas debía jugar de centro, pero lo hacía en las alas, lo cual está reservado para jugadores de estatura más baja y con mucha rapidez. “Pero él era muy veloz, por eso lo hacía bien en los extremos”, relata Otto Noack, quien jugó con él en Leones de Marte y en la selección nacional.

Contrario a lo que sucedía en la Usac, durante sus viajes con este equipo y la selección no era común que tomara una guitarra y cantara, cuenta Noack, pero el militar no olvida la primera vez que escuchó una canción suya, lo cual ocurrió en Cobán, Alta Verapaz, durante la celebración de un campeonato centroamericano. Después de que eliminaron al equipo guatemalteco, se fueron de “farra” a lamentar la derrota, y en una grabadora “bien chiquita” Arjona introdujo un casete para que escucharan Jesús verbo no sustantivo. “Eso fue como en 1985 ó 1986”, relata Noack, quien recuerda que con mucho cariño lo llamaban Chayanne (igual que el cantante puertorriqueño), por su cabello largo.

El cantante, junto a Otto Noack, después de una “chamusca” durante una de sus recientes visitas al país. (Foto: Hemeroteca PL)
El cantante, junto a Otto Noack, después de una “chamusca” durante una de sus recientes visitas al país. (Foto: Hemeroteca PL)
“Me voy a México”

Pero sus triunfos en el deporte, por nada del mundo podían satisfacer sus aspiraciones. Ya estaba cansado de que nadie le abriera las puertas, y no tenía esperanzas de que alguien se atreviera a gastar algunos quetzales en su música. El único lugar donde tuvo alguna oportunidad para darse a conocer fue en la radio 102, ya que ésta tenía espacio para los artistas nacionales.

Fernández recuerda que en 1986, Alux Nahual estaba por grabar Alto al fuego, cuando encontró al cantante en dicha estación. La presencia de éste se debía a que quería que le difundieran su música que llevaba en un casete. Esa era la única oportunidad de que a uno lo oyeran, relata el bateriísta, quien asegura que en ese entonces veía a un Arjona bohemio y testarudo en lo que se proponía.

En ese entonces, la estrella de la buena suerte no le sonreía, ya que sus conciertos en algunas cabeceras departamentales no despertaban al público, y a lo más que llegaba era a abrir algunos shows de otros artistas como Yuri y Chayanne.

Uno de los que le dejó el sabor más amargo fue uno que se llevó a cabo en el colegio Alemán, debido a que, al parecer, no gustó, según cuenta Miguel Ángel Villagrán “Malín”, quien fue el arreglista de sus discos Animal nocturno, Historias y Si el norte fuera el sur.

El desaliento hizo presa del cantante, por lo que llegó a la conclusión de que la única oportunidad que podía tener era en México. De esto estuvo plenamente convencido cuando una vez llegó a una radio para preguntar por qué no ponían su música, incluido el tema Jesús verbo no sustantivo, que había grabado para Dideca, y la respuesta que recibió, según cuenta “Malín”, fue: “Disculpá, pero aquí ponemos las que están en las listas que vienen de México”.

No había vuelta de hoja. Principió a preparar sus maletas, sus líricas y vendió el Saab. Un día de 1989 encontró a Norma, a quien había dejado de ver por unos años, en el cruce de la 6a. avenida y 17 calle, de la zona 1, y de “carro a carro nos hicimos señas de que nos parqueáramos a la vuelta y habláramos”, dice la modelo. “Me voy a México”, fueron sus primeras palabras.

Con las valijas llenas de ilusiones se marchó al país norteño, donde sus primeros cuatro años fueron, quizás, los más difíciles de su vida. Pasado poco más de un año, regresó al país para participar en una cena que organizó la Presidencia de la República, y en esa reunión le confesó a Fernández: “Me está yendo muy duro, porque los mexicanos son muy cerrados”.

Quince años después, la vida de este guatemalteco es muy distinta. Está plagada de éxito, fama y fortuna. Su actual gira por Argentina y otros países son la mejor evidencia.

“Él ha roto el paradigma del guatemalteco que cree que no se puede. Lo admirable es su tesón y convicción”. Miguel A. Villagrán, arreglista.

Todo lo que hacía el artista parecía estar encaminado a forjarse un futuro exitoso, ya que siempre manifestó interés por las artes escénicas y el fisicoculturismo.

“Una vez me dijo que no quería ser cantante de hotel o bar, sino que su objetivo era dar conciertos". Lenin Fernández, Músico

Ricardo Arjona, María Villagrán y John Robinson en Los Ángeles grabando el tema de la canción Si el norte fuera el sur. (Foto: Hemeroteca PL)
Ricardo Arjona, María Villagrán y John Robinson en Los Ángeles grabando el tema de la canción Si el norte fuera el sur. (Foto: Hemeroteca PL)
Del Aqueche a la Usac

Durante su adolescencia vivió de cerca los bochinches.

Alcanzar el estrellato no fue fácil para este artista que nació y vivió sus primeros dos años en Jocotenango, Sacatepéquez. Para llegar hasta donde actualmente está, tuvo que afrontar muchos sinsabores, que fueron desde toparse con las puertas cerradas de las disqueras y medios de comunicación del país hasta no tener dinero para pagar el alquiler de un apartamento en un hotel de paso que se llamaba Pisa, en México.

Aunque no lo cuenta con estas palabras, su vida es casi un accidente de la naturaleza, debido a que según él mismo narra en un documental, nació seis años después (19 de enero de 1964) del nacimiento de sus dos hermanas, que fue el momento cuando sus padres, ambos maestros, dijeron: “No más hijos”. A pesar de esa decisión, vino al mundo de la mano de una comadrona, al igual que lo habían hecho sus dos hermanas.

Su vida itinerante inició temprano, ya que cuando tenía 2 años, sus padres decidieron migrar a la capital. Estos años el cantante los califica como “una infancia feliz”, donde su madre, Noemí, le imponía mucha disciplina y su padre Ricardo era todo un “Che Guevara moderno”.

Sus virtudes musicales principiaron a salir a luz cuando estudiaba la carrera de magisterio en el Instituto Rafael Aqueche, de la zona 1. En una ocasión ganó un festival a nivel estudiantil con un tema que aunque anunció como propio, en realidad había sido compuesto por su padre. “Yo dije que era mío”, relata actualmente.

En estos mismos años, su familia decidió trasladarse a vivir a una casa en la colonia Atlántida, zona 18, y es aquí donde se inicia una etapa diferente de su vida del artista. “En un cuarto” de esa casa escribió sus primeras canciones. Esa es mi barca fue una de ellas. En esta etapa tampoco fue ajeno a los bochinches propios de la dictadura militar. “Vi morir a más de un compañero que pintaba en una pared: Un pueblo unido jamás será vencido”, dice el músico, quien califica esa época como de “los pañuelos con vinagre”.

La vocación docente que su padre le inculcó se reflejo al nada más graduarse, pues principió a trabajar como profesor de grado en la Escuela Nacional Mixta Urbana No. 454 de Santa Elena III. Ahí dio clases durante cinco años a los chicos de 2o. a 6o. grados. De este centro educativo partía a practicar basquetbol, culturismo, artes escénicas y, para finalizar la jornada, asistía a la Usac.