Entrevista con el nuevo arzobispo Gonzalo de Villa: “La polarización nunca ha dado buenos frutos”.

Gonzalo de Villa se convertirá en el vigésimo arzobispo metropolitano de Guatemala.
Gonzalo de Villa se convertirá en el vigésimo arzobispo metropolitano de Guatemala.

Mañana 3 de septiembre, se convertirá en el vigésimo arzobispo metropolitano de Guatemala Gonzalo de Villa y Vásquez, aquel sacerdote jesuita que en 1984 subía en moto a oficiar misa en las cumbres de San José Pinula, Palencia y Mataquescuintla, que  conoció en esa región el testimonio evangelizador del padre Hermógenes López Coarchita -ultimado en 1978-, que fue partícipe del proceso de   de paz,  rector de la Universidad Rafael Landívar y  desde 2007, obispo de Sololá y Chimaltenango.

De Villa expresa preocupación por la  pobreza y la desnutrición infantil. Está convencido que la Iglesia Católica puede abordar de mejor manera los retos de los jóvenes y las familias. “Quiero ser cercano, soy hermano, soy amigo”, expresa el religioso, nacido en 1954 en Madrid,  hijo de emigrantes españoles que llegaron a Guatemala cuando tenía ocho años.

“Esto me hace muy sensible al drama de los migrantes, a sus retos y dificultades”, dice, en la sala vacía de la residencia arzobispal, a donde había llegado apenas tres días atrás. Afuera llueve, truena, relampaguea. Él se encomienda desde ya a las oraciones de la feligresía.

 ¿Cómo vive la llegada para dirigir  la arquidiócesis más poblada del país?

Por 13 años como obispo en Sololá tuve amistad,   familiaridad, cercanía, aprecio, cariño de tantos fieles y espero poder cultivar eso en la arquidiócesis, a pesar de su tamaño, su complejidad. En la capital también existe una enorme población indígena; la diferencia con Sololá y Chimaltenango es que hay de todas las etnias. Pero allá o aquí, la misión de la Iglesia no cambia: evangelizar, dar la buena noticia y  reconstruir la  comunidad. Evidentemente la Arquidiócesis de Guatemala tiene los retos de una gran urbe: está el mundo de los asentamientos, el de los condominios, de los pueblos dormitorio, de los municipios absorbidos y que necesitan nueva evangelización.

La pandemia vació los templos pero llevó la iglesia a las casas…

Hay que responder a los retos que significa esta realidad de vida digital, sobre todo para llegar a la juventud. El contexto de la pandemia trajo una transformación repentina, de improvisaciones metodológicas: pasar la misa por Facebook u otras redes sociales, pero son  oportunidades.  Se develaron posibilidades que hace un año no se tenían pensadas.

¿Qué efectos de la pandemia ve sobre la sociedad?

Hace 100 años hubo una pandemia -de gripe-que tuvo fuerte impacto en la sociedad, aunque no había tantos medios de comunicación. Ahora de nuevo nos ha cambiado a todos. Hay sentimientos de miedo, de ruptura económica,  de aislarnos para protegernos pero  abiertos al mundo en una computadora, una radio, un celular, lo cual se aprovecha para dar esperanza, para hablar de Dios en tiempos de pandemia. Todos añoramos el retorno a la nueva normalidad pero esto aún no termina, a nivel global, seguramente habrá más cambios. Hay miedo, pero la fe da paz y permite experiencias religiosas  más profundas y personales.

“RAFAEL LANDÍVAR y Caballero, un jesuita guatemalteco. En la homilía del 3 hay una mención suya. Aprendió latín, fue educador, rector y le tocó conocer el exilio, saber de la destrucción de su natal Santiago de los Caballeros. A partir de allí compone su Salve cara parens, dulcis Guatemala salve”, explica De Villa.

¿Cómo descubrió Gonzalo de Villa su vocación?

Creo que alguna vez de niño, poco después de recibir la Primera Comunión, jugué a celebrar misa, quizá unas dos o tres veces, luego me aburrí. Ya como estudiante de la Universidad Rafael Landívar me encontré de nuevo con ese deseo y la inquietud era de ser jesuita. No pensaba en ser sacerdote pero sí religioso y empezó un camino que viví en varios países: El Salvador, Nicaragua, República Dominicana; en Venezuela  me ordenaron diácono y en Panamá  fui ordenado sacerdote en 1983.

El arzobispado de Guatemala tiene primacía y peso. Se conjuga con su papel actual como presidente de la Conferencia Episcopal.

He tenido alguna presencia en la vida pública del país, como participante del proceso de paz, como rector de la Landívar, pero como presidente de la conferencia me toca  representar y aglutinar. Los obispos queremos ser una sola voz de iglesia, no 15 voces diferentes. Estamos muy unidos de corazón, queremos sacar una tarea de evangelización, pero no todos pensamos igual.

Hay un fenómeno inédito, que el Papa Francisco nombró a un cardenal que no es ninguno de los arzobispos metropolitanos y eso es significativo. El cardenal Ramazzini es el único cardenal del país y está en la diócesis de Huehuetenango. Somos amigos y no pensamos igual en todo.  Habrá énfasis  que él hace más en unos temas que yo, y viceversa. Siempre hay quien quiera meter pita para sacar listón. pero al final  como obispos cuidamos  nuestra unidad. Al final es la Iglesia Católica de Guatemala la que se reúne en la Conferencia.

¿Cuáles son los grandes temas sociales que  le preocupan?

Es triste la hiriente desigualdad social. A nivel mundial el continente con mayor diferencia de desigualdad es America Latina. Y de los países, están a la cabeza Brasil y Guatemala. Hay gente muy rica y hay gente muy pobre, en miseria. Son diferencias abismales que llegan a generar conflictividad e incluso intentos de imponer la voluntad por medios fácticos. Esto, a lo largo de la historia  ha ocurrido muchas veces. La realidad de desigualdad, de pobreza extrema es un drama tan grande que  preocupa a la Iglesia y me preocupa a mí porque tenemos una opción preferencial por los pobres.

Incluso se dice que la pandemia es muy democrática porque le da por igual al más rico y al más pobre, pero en un sentido más profundo no lo es, porque quien se contagia y puede ir a un hospital privado a que lo atiendan está en mejores condiciones que quien vive en un caserío. Ahí ya no es tan democrática.

Otro tema de preocupación es la conflictividad y la polarización. En general los momentos de mayor polarización nunca han dado buenos frutos. Recuerdo que con el cardenal Quezada analizábamos desde períodos precoloniales y coloniales. En los momentos de más polarización, surgen grupos que ofrecen casi que se va a conseguir el cielo en la tierra y a la larga lo que se tiene es… más infierno.

“El anagrama jesuita: el Iesús. El Papa lo tiene en su escudo; yo también. Su origen es san Bernardino de Siena, monje franciscano del siglo XV: Jesús es la clave de lo que anunciamos. Hace 46 años ingresé en la compañía y hace 37 nunca me imaginé que iba a ser obispo”.

¿Qué hacer ante esa situación?
Defender la dignidad y derechos de los más pobres es fundamental, pero decir que porque se elija el “mejor gobierno posible” en dos o tres años se va a arreglar la situación, es mentira. Los gobiernos son limitados en sus capacidades. La conflictividad tiene hondas raíces y se  alimenta de una búsqueda de soluciones (inmediatas), pero lo que se necesita es hallar soluciones viables como país.

Y en tercer lugar existe un drama inmenso para Guatemala,  sobre todo para la del interior: la  desnutrición infantil. Que la mitad de nuestros niños crezcan desnutridos, que habiendo posibilidades de que no sea así siga ocurriendo nos debe cuestionar. ¿Cómo es posible que no encontremos mejores maneras de que nuestros niños crezcan nutridos? Algo tan elemental como eso  debe tocar  nuestra humanidad, nuestro sentido de fraternidad.

¿Qué clase de país somos, qué clase de Iglesia somos frente a esta tragedia? Me ha tocado ver en zonas rurales a patojos en desnutrición aguda y se buscan vías de ayuda. Pero quizá a uno de cada 50 mil se le encuentra una salida exitosa, pero y que pasa con los otros 49 mil 999. Ahí tenemos un reto como sociedad. Debe ser ero no me refiero  no solo al gobierno, sino al pueblo que  somos todos.

Tenemos que plantear formulas de qué queremos;  no de qué pedimos sino de  que hacemos. Es la famosa frase de (John F.)  Kennedy: “Preguntémonos no solo qué puede hacer el país por mí, sino qué puedo hacer yo por mi país”.  Quien tiene más posibilidades  tiene más responsabilidades. Pero tampoco es posible pensar que la gente más pobre es solo víctima. Debe ser necesariamente actor de un modo de salir adelante y eso sí lo he visto en Sololá  y Chimaltenango: muchas comunidades y familias, que luchan por dar a sus hijos mejor educación, oportunidades. Es un deseo inmenso de sacar adelante a una generación.

Esto a su vez ha acrecentado la migración a EE. UU.

Sí. Es otro drama tremendo. No solo de quienes se van sin papeles, sin capacidades educativas y sin certeza. También de quienes se quedan. O hay quienes   estudian medicina en Universidad, se van a hacer un posgrado y se quedan allá: la fuga de cerebros también golpea. Cada vez es más alto el porcentaje de jóvenes que  se van porque aquí no encuentran oportunidades.
Guatemala tiene un bono demográfico de juventud por tres décadas ¿qué acciones se deberían potenciar para aprovecharlo?

La educación es fundamental. Ha mejorado el número de estudiantes atendidos pero la calidad educativa no. Hubo modelos educativos que fueron buenos pero hoy ante los cambios tecnológicos son obsoletos.

Existe una situación grave: la de los jóvenes y niños cuyos padres ya  no saben cómo educarlos porque hoy es  un hecho que los medios tecnológicos influyen más que los papas, sobre todo si están ausentes o si la familia está rota. Eso también plantea un reto en la iglesia, específicamente para la Pastoral de la Familia. Hay que reconocer que hoy la familia no solo existe como  modelo tradicional: debemos ayudar a que las familias rotas funcionen, donde hay padre ausente, donde hay alcoholismo, donde hay hijos de distinto progenitor. Porque si no atendemos esa realidad estallan enfados que luego terminan generando maras y situaciones de resentimiento infinito al cual no se  sabe dar cauce.

¿Cómo transformar lo que han sido pedazos de mi vida en un proyecto que me ayude a salir adelante? Ahí la Iglesia tiene un papel fundamental para decir Dios te ama, Dios te quiere, tenemos un Dios de misericordia y de consuelo,  que nos ama como hijos. Claro se deben emprender esfuerzos humanos, académicos, intelectuales, políticos pero necesitamos afianzar la idea de que creer en Dios significa más que declarar cosas o hacer gestos externos. Debe ser algo que toque el corazón y  le de vertebración al sentido de la vida.

“La muerte de los sacerdotes jesuitas en El Salvador, en 1989. Se habló de todo. Se les acusó de todo, pero al final se comprobó que fueron mártires de la intolerancia. En ese tiempo yo estaba en la parroquia del barrio San Antonio”.

¿Qué errores se han cometido como Iglesia?

El papa San Juan Pablo II dió un gran primer paso al pedir perdón por errores históricos, que  pesar de todo, no demeritan la misión de la Iglesia. Debemos reconocer que en las últimas generaciones se ha dado una  migración de gente que dejó la Iglesia Católica para integrarse a otros grupos cristianos, que tuvieron una mejor capacidad de entender otras necesidades psicológicas y emocionales, pero la Iglesia Católica sigue teniendo un mensaje que viene históricamente de la sucesión apostólica.  Humildemente hay que decirlo, podemos rastrear la sucesión apostólica hasta San Pedro, a quien le confió la barca Jesús, nuestra fuerza.

¿Cómo fue el momento en que le avisaron del nombramiento como arzobispo?

El 29 de junio estaba en Jalapa para la ordenación del nuevo obispo y llegó el encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica. Me pregunta si podía viajar a la capital al día siguiente y le dije que sí, pero el 30 hubo un bloqueo en Sololá y no pude ir. Entonces por teléfono me lo notificó. Es curioso: también fue un 30 de junio cuando me nombraron obispo auxiliar, 16 años atrás.

¿Cuál es su gran objetivo ahora?
Hasta el 3 tomo posesión y hasta entonces estoy en espera de enterarme de todo. Pero quiero ser cercano al clero y a los fieles, dentro de lo que se pueda con las restricciones y el distanciamiento. Sí quiero que la dimensión pastoral sea fundamental. No se trata solo de seguir manteniendo tradiciones. Son respetables las tradiciones pero la misión de la iglesia no es que las tradiciones que se mantengan sino una misión viva de transmitir el mensaje del Señor, que en cada generación tiene que actualizarse.

“Allí murio mi mamá. Ella tenía una pequeña oficina de trámites migratorios en la 6a. avenida A de la zona 1. Ese día tomó un taxi en el parque Concordia, iba a sellar unos pasaportes de ciudadanos españoles para después llevarlos a Migración. Llegó, el señor del taxi se quedó en la puerta y ella entró. Poco después ocurrió la ocupación y el incendio. Y allí murió mi mamá, el 31 de enero de 1980”.

¿Hay algo que le de miedo de la misión?

Más que miedo, prudencia, pero llego con una  confianza profunda en Dios. Pueden haber situaciones difíciles, complicadas, decisiones por tomar, pero no estamos solos. Hay muchos sacerdotes y laicos con gran entusiasmo.

Ahora bien, existen imaginarios en que se espera que el arzobispo tenga que ver  con miles de cosas de  la política del país. Eso es relativo. La labor del arzobispo es la de ser pastor. Eventualmente en algún momento se puede dar una palabra pública fuerte para animar o denunciar, pero el papel de arzobispo no es el de Procurador de Derechos Humanos ni el del Congreso. Nadie me ha pedido que sea diputado, ni nadie -como dice el Evangelio- me ha puesto a repartir herencias.

¿Algún modelo de inspiración?
Sólo una vez fui párroco, ya siendo obispo, en la zona 15. Antes mi labor fue sobre todo en  la educación y tambiéen a atender algunas aldeas rurales de Palencia y Mataquescuintla. Yo tenía mi moto y subía a las montañas, donde estaba muy  fresco el testimonio del Padre Hermógenes López. Yo no lo conocí personalmente, mi hermana sí. Cuando lo mataron, en 1978, yo estaba en México. Cuando empecé a subir a las aldeas, recién ordenado en 1984, aún se hablaba de su testimonio, su sencillez, su ejercicio sacerdotal ejemplar que terminó siendo segado por la violencia, ahí sí que maldita violencia, que tanto daño le ha hecho a Guatemala en su historia.

Lo considero el protomártir y  ahí esta su causa de beatificación pendiente. Se puede hacer más por empujarla. Hay que meter el acelerador, espero poderlo hacer. Es un tema que llevo muy en el corazón y espero que se pueda concluir.

Afuera sigue la llovizna, viene la toma de fotografías. en el silencio de la casa arzobispal donde vivieron sus tres antecesores, Gonzalo de Villa sonríe frente a un cuadro que le obsequiaron en Sololá: en él, aparece de espaldas, observando una pequeña villa de  donde son originarios dos sacerdotes que él ordenó tiempo atrás. Ahora empieza otro camino. La misión sigue.

“Esta fue la visita ad limina de los obispos de Guatemala en 2017; fue un encuentro cordial. Yo conocía al cardenal Bergoglio por una breve visita a Buenos Aires. Cuando lo saludé en 2017 me dijo: “Yo a vos te conozco”.