Las vivencias de Rigoberto la Chula Gómez

En los equipos de futbol siempre hay jugadores distintos, aquellos que reflejan el sentimiento de un club, los que han pasado buenos y malos momentos, han llorado de tristeza, frustración y de alegría, y en Comunicaciones  Rigoberto Gómez es uno de ellos, un insignia de los blancos, que son como el amor puro a lo que más valoran: su familia blanca.

Hace 19 años llegó de su natal Tegucigalpa en busca de un sueño, sin imaginar que una guatemalteca le robaría el corazón y eso le haría radicar por el resto de su vida en el país.

La Chula, como se le conoce, es la historia viva y activa del club crema. Llegó en 1996 y a la semana ya se quería regresar, extrañaba todo, principalmente a su mamá Martha Laínez, su cómplice en esa decisión de viajar a Guatemala, pero la situación económica hizo que se quedara; firmó por cinco años. Ahora lo hace por cariño y entrega.

Después de una temporada con el desaparecido equipo de Azucareros, desde la temporada de 1996-1997, se instaló en Comunicaciones en donde ha vivido muchas cosas. En 1999 ganó su primer tetracampeonato de la mano del entrenador mexicano-uruguayo Carlos Miloc. Reconoce que ese primer gran triunfo lo vivió al máximo.

“El primero siempre será especial, porque fuiste el primero en conseguirlo”, confiesa.

Después de ese triunfo vinieron dos campeonatos más en el 2001 y el 2003, previo a vivir la crisis más dura —en torneos cortos— que ha pasado el plantel blanco.

“Mi vida en Comunicaciones ha tenido tres etapas, la primera era muy joven y un desconocido que venía a pelear por un puesto;  la segunda es la más fea, porque no ganábamos partidos ni recibíamos salario, por una la mala administración y pasamos cinco años sin títulos, y la tercera, la nueva, que comenzó en el 2008, ha sido todo lo contrario, estamos estables en todo sentido, ganamos títulos y no tenemos problemas económicos”, confiesa.

A la Chula le tocó vivir esos días de oscuridad en la que no se sabía qué pasaría en el plantel crema. “Pasábamos más de dos meses sin cobrar”, recuerda. Qué por  qué aguantó…, porque en el 2003 se casó con Lissy Castañeda, su principal fortaleza y un año después nació su hija,  Ximena.
 

En el 2008 cambió su vida. Una nueva administración y un buen trabajo en equipo. La estabilidad soñada por cualquier jugador. En el 2010 se empezó el camino al quinto título seguido. Rigo era titular y uno de los líderes del plantel;  sin embargo, una lesión en el tobillo en el 2013 le cambió todo. Pasó un año con poca actividad, de ser indiscutible en un 70 por ciento, ahora son contados los juegos que ha disputado.

“La banca es difícil, estoy como al inicio de mi carrera, esperando una oportunidad, pero ahora en el ocaso. Eso lo razona uno con los años”, confiesa el hondureño nacionalizado guatemalteco.

Rigoberto ha sufrido en las gradas y en la banca, principalmente cuando su equipo se complica, pero asegura, lo  vive todo de otra manera. En la final, donde lograron el quinto título consecutivo, la Chula cuenta que hubo momentos en que no quería ver el partido, porque en el 2000 lo vivió en el terreno de juego, y como en siete minutos perdieron el pentacampeonato frente a Municipal, y en el 2006 le tocó ver festejar a los rojos. “Nos desquitamos”, recuerda  que se dijeron con José Manuel Contreras, fundidos en un gran abrazo.

En junio del 2015 termina su contrato. Aún no sabe si llegó el momento del retiro, pero las palabras sabias de su padre las tiene claras en su corazón. “Mejor andate antes de que te echen”, le aconseja Rigoberto, su papá. Si es el momento aún no lo sabe, pero lo que sí  tiene claro es que sueña con verse como entrenador, cumpliendo otra de sus metas en la formación de jugadores, para dejar más grande su historia.