El todopoderoso e inescrupuloso Jay Gould, un “barón ladrón” que especuló, sobornó… y ayudó a transformar EE.UU.

En Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, un grupo de hombres extraordinarios y controvertidos encabezaron la transformación de este país de una república de granjeros y comerciantes a una superpotencia propulsada a vapor.

Una de las muchas caricaturas políticas del siglo XIX que criticaron la corrupción y el poder monopólico de Jay Gould.
Una de las muchas caricaturas políticas del siglo XIX que criticaron la corrupción y el poder monopólico de Jay Gould.

Sus nombres -Vanderbilt, Rockerfeller, Carnegie, J.P. Morgan- siguen siendo sinónimos de fortunas colosales.

Para algunos, estos hombres fueron los heroicos empresarios que hicieron grande a EE.UU. Para otros, fueron plutócratas que llevaron a mujeres y hombres que alguna vez fueron independientes a depender del tedioso trabajo asalariado: los “barones ladrones” que se robaron el sueño americano.


Estoy viajando en tren a través de Nueva Jersey, en la costa este de Estados Unidos. Por la ventana veo fábricas de ladrillo en mal estado y bodegas cubiertas de grafiti.

Si hubiera hecho este mismo viaje en la década de 1860 habría viajado en el Ferrocarril de Pensilvania. En su momento, fue la corporación más grande que cotizó en bolsa en EE.UU., con un presupuesto que superaba al del gobierno federal.

Ferrocarriles como este fueron una fuerza revolucionaria.

“Fue una industria que creció exponencialmente. Las formas en las que los ferrocarriles transformaron a EE.UU. fueron realmente profundas”, señala la profesora Joanna Cohen de la Queen Mary University of London.

Un poster del Ferrocarril de Pensilvania.

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Los trenes unieron a EE.UU. y tuvieron un impacto fundamental en la industria, la economía y la cultura.

“Imagina unir el este y el oeste del continente… fue un momento absolutamente fundamental, que conectó una economía que estaba en partes en una unidad nacional”.

“En vez de pequeños grupos de comunidades rurales ahora hay una nación integrada que funciona según los horarios del tren. Vemos el surgimiento de marcas nacionales, surgen los catálogos comerciales y todos los temas musicales de la época hacen referencia a los trenes y los ferrocarriles”, destaca la experta.

Pero aunque el ritmo de los ferrocarriles se convirtió en un símbolo del progreso y el orden, su construcción fue todo un caos.

Con la excepción de hallar oro, no había otra manera más rápida de ganar una fortuna en el siglo XIX en EE.UU. que invertir con suerte, habilidad o impiedad en los ferrocarriles. Y tampoco una forma más rápida de perderla.

Las ruedas de esta economía desbocada y no regulada eran aceitadas por la corrupción, y nadie fue mejor en eso que el más pícaro de los barones ladrones, Jay Gould.

“Era un escándalo tras otro, tras otro”, destaca el historiador Steve Fraser, autor de “La edad de la aquiescencia”.

“Los gerentes de los ferrocarriles sobornaron incluso a gente como el vicepresidente de EE.UU. Hubo un intento por parte de Jay Gould y James Fisk de acaparar el mercado del oro, lo que fue posible gracias a las conexiones que estos financistas tenían con personas de alto nivel jerárquico dentro del Departamento del Tesoro, durante el gobierno de (Ulysses S.) Grant”, detalla.

“Esto era algo crónico en la vida pública estadounidense”, señala Fraser.

Hay una caricatura en una revista estadounidense de finales del siglo XIX que realmente amo. Muestra a un hombre de tupidas barbas y ojos saltones que se eleva sobre esta calle donde ahora estoy: Wall Street.

Una de las caricaturas más famosas de Jay Gould.

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Una de las caricaturas más famosas de Jay Gould.

Aquí está la Bolsa de Nueva York con sus tradicionales columnas y sus banderas estadounidenses, justo a la vuelta de la esquina está el Edificio Trump. Y en esta caricatura, esta figura utiliza a Wall Street como su bolera privada.

Está lanzando varias bolas etiquetadas con frases como “falta de escrúpulos”, “reportes falsos” y “engaños”, y las bolas dispersan los bolos, que simbolizan a diferentes tipos de inversores.

El periodista Joseph Pulitzer describió al hombre representado en la caricatura como “una de las figuras más siniestras que jamás haya revoloteado, como un murciélago, a través de la visión del pueblo estadounidense”. El hombre era Jay Gould.

Los ferrocarriles fueron la fuente de la fortuna de Gould. Pero su notoriedad provino de su manipulación de los mercados financieros.

Empezó siendo un granjero y, al igual que el primer “barón ladrón”, Cornelius Vanderbilt, Gould siempre fue un natural quebrantador de reglas.

Vino aquí, a Nueva York, en 1858 para hacer fortuna. Para 1867, era uno de los principales propietarios del ferrocarril Erie, que conectaba esta ciudad con Chicago, en el norte.

Fue el Erie el que llevó a Gould y a su socio regordete y libertino, James Fisk, a una confrontación que otros jóvenes prudentes hubieran evitado, con nada menos que Cornelius Vanderbilt.

Vanderbilt quería controlar el ferrocarril Erie para tener un monopolio del tráfico ferroviario entre Nueva York y Chicago. Pero Gould también quería el poder que vendría con ser dueño de la compañía, y tenía una ventaja privilegiada: ya estaba en el directorio.

Jay Gould

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Jay Gould fue uno de los “barones ladrones” más odiados en su época.

Vanderbilt compró más y más acciones de Erie, pero Gould y Fisk le habían tendido una emboscada.

Usando una imprenta en el sótano de la sede central de la empresa ferroviaria, imprimieron páginas tras páginas de nuevos títulos de acciones. Y así, a pesar de la cantidad de acciones que compraban los agentes de Vanderbilt, el suministro parecía interminable.

Fue una gran estafa. La mañana siguiente los agentes de la bolsa de valores llevaron bolsas y bolsas de dinero -el dinero de Vanderbilt- a la oficina de Erie, donde Gould y Fisk las abrieron y las organizaron alegremente en pilas.

“Vanderbilt reclutó a un juez que tenía un corrupto interés personal en el resultado financiero del asunto… El juez emitió órdenes de arresto, lo que llevó al famoso escape a Nueva Jersey”, cuenta TJ Styles, autor de “El primer magnate, la épica vida de Cornelius Vanderbilt”.

Cuando se enteraron de que había policías en camino para arrestarlos, Gould y Fisk decidieron que preferirían huir del estado que pasar tiempo en la cárcel. Pero no se privaron de salir a cenar antes de su partida.

Vinieron aquí, al restaurante Delmonico’s cerca de Wall Street, el lugar más popular de los neoyorquinos en esa época.

El restaurante Delmonico´s en Nueva York

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El restaurante Delmonico´s, un ícono de Nueva York y el escenario de varios de los planes más audaces de Jay Gould.

Tras una cena de lujo, y armados con los archivos corporativos (y los fondos) de la compañía Erie Railroad, se apoderaron de un bote salvavidas en Canal Street y remaron a través del río Hudson hasta Nueva Jersey.

Según un relato, la niebla era tan espesa que “perdieron su dirección y remaron por algún tiempo en círculos”. Pero eventualmente llegaron.

Habiendo estafado al vengativo Vanderbilt y huido de la policía, Gould no pensaba detenerse ahí. Tras negociar su libertad bajo fianza, tomó un tren a Albany, la capital del estado de Nueva York, y se instaló en un hotel frente a la legislatura.

Se dedicó a servir whisky y repartir miles de dólares entre los legisladores que lo visitaban. Según el New York Times, distribuyó cerca de un millón de dólares en sobornos, equivalentes hoy a más de US$50 millones.

Fue suficiente como para persuadir a la Legislatura de que validara retroactivamente sus títulos de acciones fraudulentas.

Esta fue apenas una batalla en la guerra por el Ferrocarril Erie, que siguió y siguió.

“Finalmente llegaron a un acuerdo, por el cual Vanderbilt cedió todas sus acciones a cambio de recibir dinero por sus pérdidas. Gould y Fisk, que eran parte del directorio, querían seguir luchando pero fueron desautorizados”, relata Styles.

La corrupción de Gould fue asombrosamente abierta. El novelista Mark Twain satirizó brillantemente lo que sucedía en su novela “La Era Dorada: un cuento de actualidad”, que le daría al período su famoso apodo.

Una hoja del manuscrito de "La Era Dorada", de Mark Twain.

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Una hoja del manuscrito de “La Era Dorada”, de Mark Twain.

Una apropiación del Congreso cuesta dinero. Imagine, por ejemplo… una mayoría del Comité de la Cámara de Representantes, digamos US$10.000 cada uno: US$40,000; una mayoría del Comité del Senado, lo mismo para cada uno: otros US$40.000; un poco extra para uno o dos presidentes de uno o dos de esos comités, digamos US$ 10.000 cada uno: US$20.000″.

“Luego, un congresista o senador de alta moral aquí o allá -los de alta moral cuestan más porque le dan el tono a una medida-, digamos 10 de esos a US$3.000 cada uno: son US$30.000”, escribió Twain en el libro que publicó junto con Charles Dudley Warner.

“La novela ‘La Era Dorada’ trata realmente sobre lo que hoy llamaríamos el capitalismo de amigos. Se burla de la incestuosa relación entre el gobierno y estos ‘barones ladrones’“, afirma Fraser.

“El libro fue publicado en 1873 y el país recién emergía de toda una serie de escándalos, lo que le dio a Twain la idea de decir que la era estaba bañada en oro, lo que significaba que era un brillo falso, una fachada para algo oscuro”, explica el historiador.

Un año después de la batalla por el ferrocarril Erie, Gould y Fisk estaban cenando nuevamente en Delmonico’s cuando ingeniaron su plan más audaz: acaparar todo el mercado del oro.

Ya había habido en el pasado planes para controlar todas las acciones de una mercancía en particular, pero el oro era diferente, porque la mayoría de las reservas de oro de EE.UU. estaban en las bóvedas de Fort Knox.

Para controlar el mercado del oro, Gould y Fisk sabían que tenían que evitar que el gobierno vendiera el oro que tenía en sus reservas.

Ilustración de James Fisk (izq) y Jay Gould planeando cómo acaparar el mercado del oro en 1869.

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Ilustración de James Fisk (izq) y Jay Gould planeando cómo acaparar el mercado del oro en 1869.

El 8 de octubre de 1869, el New York Herald escribió: “Se formó un corral para acaparar el oro. Las partes involucradas habían visto durante semanas y meses que si podían obtener el control de los 20 millones al alcance de la calle, solo tenían que asegurarse de que el Departamento del Tesoro no interviniera para, a cambio de una gran factura, hacer que el oro suba a 200 en una sola tarde, y vender con una ganancia de muchos millones”.

He cruzado la calle desde Delmonico’s hasta Exchange Place. En 1869 este fue el sitio de la Sala de Oro, el lugar donde los comerciantes compraban y vendían oro, un bien muy lucrativo desde que el gobierno adoptó el papel moneda durante la Guerra Civil.

Gould comenzó a comprar todo el oro que pudo y el precio comenzó a subir de forma constante. Para evitar que el gobierno libere oro en el mercado y arruine su plan, Gould intimó con el círculo familiar del presidente Grant. Ese tipo de corrupción de alto nivel era crucial para su plan.

Con el tiempo, el Departamento del Tesoro vendió algo de oro, lo que provocó una caída en el precio y un pánico entre los comerciantes. Se lo llamó el Viernes Negro, y de ahí viene la expresión que se sigue usando hoy.

Gould -como era de esperarse- había sido advertido con anticipación. Vendió en la cima del mercado, ganando un total de US$11 millones en un día en el que miles de personas quedaron en la bancarrota.

Los inversionistas arruinados formaron una turba y trataron de cazarlo, pero él logró refugiarse en la sede central del ferrocarril Erie, a una cuadra de la Sala de Oro.

Una ilustración del pánico y la desolación durante el famoso Viernes Negro.

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Una ilustración del pánico y la desolación durante el famoso Viernes Negro.

Cuando regresó a Wall Street unos días más tarde, había contratado a un grupo de guardaespaldas para protegerlo.

Gould era insensible y cobarde, pero también era creativo. Terminó convirtiéndose en el presidente de la Union Pacific Railroad y en uno de los grandes pioneros corporativos de la red ferroviaria que unió a EE.UU.

Aunque su moralidad fue dudosa, formó parte del proyecto que transformó las vidas de millones de personas.

“El público puede sufrir o beneficiarse enormemente con el auge de los ferrocarriles. Los ferrocarriles son muy competitivos: pueden arruinar a ciudades enteras o hacer prosperar tierras abandonadas. Por eso son adorados”, cuenta Fraser.

Al comprar y vender vías de ferrocarril Gould construyó no solo su riqueza sino, por un tiempo, un poder casi mítico. Fue el Mefistófeles de Wall Street.

Gould (izq) y William Vanderbilt (hijo y heredero de Cornelius).

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Gould (izq) y William Vanderbilt (hijo y heredero de Cornelius), dos de los principales dueños de ferrocarriles en EE.UU. en el siglo XIX.

Pero en su propia mente, él no había hecho un pacto con el diablo, sino con la modernidad.

Y si los ferrocarriles simbolizaban esa nueva economía industrial en masa, lo hacían a la par con la producción en masa de acero. El acero fue transportado al mercado en rieles de acero, gracias a motores hechos de acero.

El titán del acero fue el protagonista de nuestro próximo episodio sobre los “barones ladrones”: Andrew Carnegie.

Puedes escuchar este episodio de The Robber Barons de BBC Radio 4 (en inglés) aquí.