Cuando se dificulta respirar, un terapista puede ser vital

La alta mortalidad por infecciones respiratorias en el país en los años 1990 abrió paso a una de las profesiones esenciales para salvar vidas durante la pandemia.

Estudiantes de la Escuela Nacional de Terapia Respiratoria practican el procedimiento de intubación. (Foto Prensa Libre: cortesía)
Estudiantes de la Escuela Nacional de Terapia Respiratoria practican el procedimiento de intubación. (Foto Prensa Libre: cortesía)

La pandemia agregó 40 minutos a la rutina de Glenda Ordóñez, vitales para garantizar que estará a salvo. Antes de ingresar a la sala de cuidados intensivos, Glenda se asegura de llevar el equipo de protección personal (EPP). Después de 10 meses de atender a pacientes con covid-19, es extremadamente cuidadosa, especialmente cuando termina su jornada.

Glenda pasa por tres espacios antes de sentirse libre y a salvo. En el primero desecha los guantes, en el segundo se quita el overol y las botas, y en el tercero, las mascarillas, careta, gorra y lentes. Luego de este ritual, por fin va al sanitario o come.

Ella y sus colegas están entre las personas con alto riesgo. Es una de las 475 profesionales en terapia respiratoria del país y su responsabilidad principal durante la pandemia es que los pacientes de covid-19 respiren, y evitar que se les intube, ya que pocos sobreviven a este tratamiento.

Sin embargo, mantener un ejercicio mecánico no es fácil cuando el mundo sufre una pandemia que ataca en especial a los pulmones. Además, durante el segundo brote de contagios se ha incrementado la atención a personas con insuficiencia respiratoria.

Un terapista respiratorio hace turnos de 24 horas, cada cinco días. Esto le permite a Glenda atender dos hospitales. Cuando sale de turno en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) descansa un día y al siguiente trabaja 24 horas en el Hospital General San Juan de Dios.

Esto no fue siempre así. Antes trabajaba solo en el Seguro Social, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, de lunes a viernes.

El IGSS la llamó para crear la Unidad de Terapia Respiratoria, sin imaginar que dos años después atendería una pandemia.

“Al principio fue impactante. Todos teníamos miedo de venir aquí y lo sentíamos como castigo, pero al ver la necesidad de los pacientes cambió nuestra perspectiva”, cuenta.

Glenda no lleva la cuenta de cuántos pacientes ha atendido, solo sabe que la Unidad de Cuidados Intensivos tiene 23 camas y los enfermos cambian casi a diario.

Estos profesionales de la salud tienen una tregua cuando un paciente egresa o sobrevive a una intubación.

Quienes se recuperan del covid pasan por un tratamiento de presión positiva intermitente, más conocido por IPPB, a través de un aparato ventilador para asistencia domiciliar, además de un inhalador dosificado de budenosida y ejercicios respiratorios con un espirómetro, un cilindro con una pequeña pelota que la persona debe elevar con el soplo.

Sensación de ahogo

Las personas que padecen asma o broncoespasmos saben qué se siente cuando la tráquea se cierra y el pecho se comprime mientras reúnen fuerzas para inhalar, y ahora lo saben quienes se han infectado del coronovirus.

“Dicen que es horrible, sienten como si los metieran en un costal sellado, sin poder respirar”, comenta Glenda.

Según cuenta, reciben a los pacientes con insuficiencia respiratoria. “Nosotros asistimos todo ese tipo de procedimientos, desde la oxigenoterapia, la respiración mecánica y la recuperación pulmonar”.

Cuando ven que el paciente tiene una saturación de oxígeno menor a 97 por ciento y empieza a decaer, lo asisten con una cánula binasal, y si no mejora le colocan una mascarilla de oxígeno y en el último de los casos lo intuban.

 

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“Si la saturación está por debajo del 85 por ciento, si ya hemos valorado otros sistemas de intubación no invasiva y si están acidóticos respiratorios, se valora la intubación”, explica.

La acidosis respiratoria es cuando los pulmones no pueden eliminar el dióxido de carbono que produce el cuerpo. Esto hace que los líquidos corporales, especialmente la sangre, se vuelvan demasiado ácidos.

La intubación es el último recurso porque el pronóstico de sobrevivencia es muy bajo, los pulmones ya están cansados y deben ser inducidos al coma para que la ventilación artificial los ayude a respirar.

Cuando el paciente es ingresado a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) puede pasar entre 12 y 14 días en observación y con asistencia respiratoria.

El terapista respiratorio acompaña al enfermo y en esta pandemia suelen ser la última persona que ve el paciente. Glenda aprendió a ingresar su teléfono a la UCI en una bolsa plástica y ayuda a que sus pacientes se comuniquen con su familia y permanezcan tranquilos.

“Antes de intubar a una señora logramos que hiciera una videollamada para platicar con su familia, y les empezó a decir que en su ropero había algo, que lo buscaran y que ellos sabrían qué hacer en caso muriera. Eran sus papeles del seguro de vida y funerario. A los dos días murió”, relata la terapista.

La academia

Glenda estudió Fisioterapia en la Universidad de San Carlos (Usac) y se especializó en terapia respiratoria en la Escuela Nacional de Terapia Respiratoria del Ministerio de Salud.

Julieta Sagastume es una de las primeras egresadas de esa escuela. Desde hace 21 años es docente y desde el 2018 dirige la institución, en el segundo piso del Hospital Roosevelt.

Aunque desde 1990 existe la carrera de Técnico en Terapia Respiratoria, fue hasta 2013 que obtuvo el aval de la Usac. Desde entonces han egresado 420 profesionales y este año se inscribieron 50 estudiantes, que antes deben ser enfermeros profesionales, fisioterapistas o haber aprobado el segundo año de Medicina.

La Universidad Rafael Landívar es la única privada que ofrece la carrera desde el 2013, cuando comenzó la formación de licenciados en Terapia Respiratoria, en la Facultad de Medicina. Ha graduado a cinco licenciados y 50 técnicos respiratorios. Otras 60 personas han cerrado el pénsum de la licenciatura, dice Luis Coronado, coordinador académico de la carrera, quien explica que el Ministerio de Salud no dispone de plazas para esta profesión, por lo que muchos estudiantes abandonan la carrera.

A causa de que son pocos los profesionales en el país, las plazas no son fijas y el sueldo es insuficiente.

Muchos terapistas trabajan en dos o tres hospitales, pese al riesgo que eso conlleva.

Aún así, la carrera gana adeptos y los docentes entrevistados esperan que con la pandemia despierte más interés.

Kristopher Chávez trabaja en el Departamento de Intendencia del Hospital Roosevelt desde hace tres años. Limpia salas de urgencias y de cirugía, y fue así como conoció a terapistas respiratorios.

Por la naturaleza de su trabajo, sabe que debe estar siempre protegido para prevenir contagios.

Mientras limpia los pisos de la Sala de Cuidados Intensivos ha visto a pacientes colapsar por falta de oxígeno y mueren.

El 15 de enero, Kristopher inició el segundo año del Técnico en Terapia Respiratoria y le emociona saber que el próximo año estará capacitado para atender a pacientes.

El año pasado ingresaron 80 estudiantes con él, y solo la mitad continuó. “Desisten por cansancio físico, mental o por cuestiones económicas”, relata.

 

Kristopher Chávez cursa el segundo año del Técnico en Terapia Respiratoria en la Universidad Rafael Landívar. Foto Prensa Libre: cortesía