Aborto, un crimen silencioso

Sobre el aborto hay posiciones encontradas: quienes lo defienden con el criterio de que las mujeres son dueñas de su cuerpo y aquellos que lo rechazan al considerar que hay vida humana desde la concepción.

En Guatemala hay clínicas clandestinas en donde se practican abortos.
En Guatemala hay clínicas clandestinas en donde se practican abortos.

Detrás de cada caso siempre hay una historia de desamparo, abuso sexual, violencia doméstica, diagnóstico clínico o simple conveniencia.

“Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral”, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 2271.

Algunos países de Latinoamérica —Uruguay, el más reciente— permiten el aborto en las primeras 12 semanas sin que la mujer alegue más motivo que su decisión. Lo mismo en Cuba, Puerto Rico y el Distrito Federal de México.

Todo lo opuesto ocurre en El Salvador, Honduras o Panamá, que lo prohíben por completo. Guatemala está en la lista de los países donde la ley tiene una excepción: si la vida de la madre corre grave riesgo.

Según el Observatorio de Salud Reproductiva, en el país cada año ocurren unos 65 mil abortos inducidos, por fármacos o practicados en clínicas privadas que ponen anuncios en periódicos, entregan publicidad en la calle o simplemente ganan fama a base de rumores.

Resolución de última hora

El caso de Mariana

“Necesito tu ayuda. Sé que estás haciendo un reportaje de abortos. Mi amiga quiere sacarse a su hijo”, dijo  Roberto. Se refería a Mariana, una chica morena, delgada, que tenía novio y planes de casarse, pero que tras una noche de pasión con otro joven,  quedó embarazada.

Ella accedió a ser acompañada a la clínica de abortos,  en la zona 3. En el camino habló poco,  dijo que no podía tener al bebé  porque  botaba sus planes.
“No puedo, de verdad.  Si fuera de mi novio, sería otra cosa”,  explicó. Además, dijo que su padre, expolicía,  había jurado matar al que la embarazara antes de casarse.  Al llegar a la clínica se le pregunta a Mariana:  ¿Está segura?  “Sí, estoy  segura”.

En la dirección indicada hay un letrero de clínica dental. Es una casa pintada de morado. Adentro, en un escritorio, un hombre de unos 50 años, con  bata blanca de médico, le pregunta cuánto tiempo tiene. Le explica que a las nueve semanas  no ha crecido —evita decir bebé—.

“Será rápido,  tendrá un poco de dolor, sangrará algunos días, pero no pasa a más. He hecho muchas veces esto. Créame, no pasa nada”, explica fríamente.

Mariana paga los Q1 mil 200 que cobran. El supuesto médico anota el nombre y apellido de Mariana en un cuaderno parecido a los de actas.  Se le pregunta si tiene los nombres de todas las que han llegado, y dice que sí. Se nota que a ese lugar han llegado cientos  de mujeres.

“¿Ya está lista?” Ella dice que sí. Llega una mujer vestida de enfermera. “Sígame”, le dice.  Ella sale de la casa que simula ser  clínica dental, y entra en la casa contigua.  Donde debía ser el garaje, hay una sala de espera improvisada con bancos de plástico. Tres jóvenes, de entre 17 y 19 años, esperan. Llaman a una de ellas. Las otras dos solo la acompañan.

 La joven que llegó a abortar es llevada a una habitación.  Mariana está nerviosa, y empieza a dudar.  “¿Qué hago?”, dice.  Las amigas de la joven que ingresó en la habitación están preocupadas. Tras  media hora,  sale llorando, apoyada en la enfermera. Se le nota débil y es auxiliada por sus dos amigas. Una de ellas le pregunta si está bien. Ella responde entre sollozos: “Vámonos, vámonos”.

Diez minutos después, llegan por Mariana, pero ella le dice que quiere hablar con el facultativo.  No es el señor de 50 años. Es otro. Mariana le dice que decidió que no va a abortar. El supuesto médico le dice que es su decisión. Mariana le pide de vuelta el dinero, pero le contesta:  “Usted es la que se está arrepintiendo, no yo.  Puede venir la otra semana, si quiere. Después ya es más caro”, le dijo antes de dar media vuelta y regresar al cuarto de abortos.

Víctima

“No se lo dije a nadie”

Carmen puso fin en abril a lo que había empezado en febrero: su hijo. Carmen tenía 19 años, y trabajaba en una venta de comida rápida en el turno de la tarde. Al salir, siempre la acompañaba un compañero de trabajo que vivía cerca. Ambos tomaban un taxi.

La  noche del 13 de febrero del 2012, todo se alineó para su mala suerte: su amigo no trabajó por enfermedad y el taxista que   los llevaba había tenido un viaje fuera de la capital. Carmen decidió tomar el primer taxi que encontrara.  El primero que pasó le dio mala espina, y dejó que siguiera. Detuvo al segundo. Acordó la cuota, y subió.  Unos minutos después, el taxista le dijo que solo vería algo en el motor.

Luego, dos jóvenes detuvieron el taxi. El conductor dijo que   eran conocidos. Ambos subieron.  Cuando el taxista tomó otro rumbo, ella empezó a hacer preguntas y sintió un golpe en el ojo derecho, que no fue lo suficientemente fuerte para desmayarla, pero sí para  desconcertarla.

Después, la llevaron a un lugar desolado en la ruta al Atlántico, y la violaron los tres. Cuando se enteró de que estaba embarazada, no pensó que era su hijo, sino una continuación de la violación. Sentía odio por lo que llevaba adentro. Posteriormente pensó que era su hijo, pero nuevamente, las dudas y el miedo.

“Dos meses después, sin pensarlo, fui a una clínica que me recomendó una amiga. Solo ella sabía que estaba esperando un hijo. No le dije a nadie”, expresa.

Quedó marcada

Por presión

Clara llegó a una clínica de abortos por recomendación de una compañera de trabajo. “Allí, cerquita del Conservatorio Nacional de Música, está”, le dijo.  Clara decidió  que abortaría cuando su novio le dijo que no quería “estorbos”.

“Yo lo podía tener, estoy segura de eso. Pero  en ese momento mi novio era todo, y me mató con lo que me dijo”, explica Clara.  Según un estudio, tres de cada 10 mujeres que abortan son hospitalizadas por problemas posteriores.  Clara fue una de ellas. Tuvo hemorragia severa.

Según un estudio del Ministerio de Salud sobre mortalidad materna, en el  2000 murieron 444 mujeres. El 10 por ciento fue después de un aborto. Clara estuvo a punto de ser una estadística. Sobrevivió.

“Seré sincera. La verdad, lo que más me afectó fue   estar cerca de la muerte.  Me dije que no podía extrañar algo que no conocí. Hay que ser dura para que la vida no te afecte”, dice.

Confiesa que aún no se hace la idea de tener un hijo y que hay momentos en que se arrepiente de haber abortado, pero entiende que no sería buena madre.

“Trato de no pensar en eso”, explica. Dice que desde de que abortó, no ha tenido  pareja  estable, han aumentado  el consumo del alcohol.
“A lo mejor estoy bloqueando lo que siento; quién sabe”, confiesa.

Dilema

Celeste decidió

Un diagnóstico sacudió las  ilusiones de Celeste y su esposo. Poco antes del tercer mes de embarazo, un malestar la llevó anticipadamente a la consulta médica y al hospital.

“Tiene rubeola”, le dijeron. Y le explicaron las probables secuelas que tendría esa enfermedad viral en el bebé. Posible ceguera, problemas cardíacos o en la formación de algunos órganos.

La sintomatología confirmaba el pronóstico médico. Celeste se encontró ante la disyuntiva de abortar o tener al niño.

Lo haría por temor a los efectos de la enfermedad sobre su hijo, pero era muy probable que el procedimiento quirúrgico de aborto dañara gravemente su matriz, o incluso tendrían que extirpársela.

Por otra parte, aún y cuando la conservara, a los 35 años era poco probable que volviera a quedar embarazada.

Con un hijo de un matrimonio anterior, ella sabía de la ilusión que el bebé había creado con su actual cónyuge, quien le dijo que la apoyaría en la decisión que tomara.

Pidió una segunda opinión. Otro médico le ordenó  nuevos exámenes.

En efecto, se dictaminó con certeza que no se trataba de la temida  enfermedad. Su bebé está a salvo y ella se ha recuperado de la urticaria que padeció por varios días. Se alegra de haberlo pensado tanto.

Riesgo alto

Negocio disfrazado de ayuda

Al hacer una búsqueda en internet se encuentran páginas que simulan apoyar a mujeres que intentan abortar. Explican que son oenegés que busca ayudar a que  las mujeres tengan un “aborto seguro” y  que tienen médicos asociados en cualquier parte del mundo que darán asesoría. Ofrecen pastillas para tener un aborto y piden €90  de “colaboración”.  Solicitan los datos de la tarjeta de crédito.   Antes hacen que las interesadas contesten un cuestionario, con la intención de que crean que se preocupan por su situación, pero en realidad no tienen médicos en Guatemala, solo un distribuidor de pastillas abortivas.

El ginecólogo Roberto Estuardo Carrera advierte de que eso es riesgoso. “Ahora se distribuyen pastillas que eran para la gastritis, pero al consumir una dosis alta, hace que se dilate el cuello de la matriz y facilita la expulsión hasta las 14 o 16 semanas de embarazo”, explica.

El médico comenta que debería controlarse ese medicamento. “Antes, la caja tenía un costo de Q60, y ahora llega a Q3 mil. Es un negocio”, manifiesta Carrera, quien considera que la práctica de abortos en clínicas también resulta muy lucrativa y no hay quien garantice la seguridad de tales procedimientos.

UN DATO

Q900 puede costar un medicamento abortivo por internet.

65 mil abortos inducidos ocurren al año en Guatemala.

20% tasa de  embarazos que termina en aborto en América Latina.

29 millones de abortos van en 2013, según  abortioncounter.org.