¿Qué pasó con los habitantes de Quejá, la aldea que quedó bajo el lodo por la tormenta Eta?

Los pobladores de la aldea Quejá intentan retomar sus vidas en Chepenal, luego de que el deslave ocasionado por la tormenta Eta los dejara sin nada.

Los pobladores de la aldea Quejá se trasladaron a Chepenal, a unos 40 minutos a pie de donde sucedió el deslave. Las familias han levantado sus casas de madera y lámina para continuar con sus vidas. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)
Los pobladores de la aldea Quejá se trasladaron a Chepenal, a unos 40 minutos a pie de donde sucedió el deslave. Las familias han levantado sus casas de madera y lámina para continuar con sus vidas. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Han pasado tres meses desde que la aldea quedó soterrada. La lluvia que trajo la tormenta Eta derribó un cerro y debajo quedaron 150 casas, pero la mayor tragedia es que ocho personas murieron y otras 88 están desparecidas, según reporte de la Coordinadora para la Reducción de Desastres (Conred).

El terreno fue declarado camposanto, los pobladores no pueden volver. Está el dolor de haberlo perdido todo, pero hay que continuar, solos, pues la ayuda llegó mientras la tragedia estaba fresca en la mente de la ciudadanía y de los políticos, pero conforme pasan los días, han quedado en el olvido.

Estuvieron varios días albergados en Santa Elena y en Chicuz, aldeas vecinas, pero debían retomar sus vidas, así que la aldea Chepenal es hoy su nuevo hogar. Cerca de 370 familias se trasladaron al caserío, levantaron sus viviendas con madera sacada de la montaña y unas cuantas láminas que les donaron. Allí se quedarán, a 40 minutos a pie de donde ocurrió la tragedia.

El deslave dejó intransitable la vía que llevaba a Quejá, se habilitó una nueva, pero de difícil acceso, donde las piedras y el lodo dificultan el viaje. Solo hay paso para un vehículo a la vez; las curvas pronunciadas mantienen en alerta a los conductores para no caer al barranco. Ese es el camino para llegar a Chepenal desde Santa Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz.

Conforme se avanza por el valle, los techos de lámina van apareciendo entre el monte. Hay familias que llevan más del mes viviendo allí, algunos lograron que les vendieran unas cuerdas de terreno, otros apelaron a la caridad para que los dejaran alojarse, mientras consiguen dinero para comprar un pedazo de tierra.

A la fecha ya hay 274 viviendas levantadas, 4 de estas casas se construyeron a través del Colectivo Artesanas que apoyó a igual número de familias de guardias del Sistema Penitenciario que vivían en Quejá, y perdieron su vivienda en el deslave.

Damnificados Quejá
Los pobladores de Quejá ahora viven en la aldea Chepenal. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Las casas son cajones de madera con piso de tierra, en las que el frío se cuela por las noches. No hay agua ni luz. Adentro el espacio no da más que para un par de camas, una mesa y un pollo improvisado para cocinar. Las familias son numerosas, viven hacinados.

La preocupación de los pobladores es que no tienen trabajo, su principal medio de vida es la agricultura, y sus siembras quedaron bajo el lodo en la montaña, en Quejá. Quienes tenían negocios, como tiendas y panaderías, los perdieron. Por ahora subsisten gracias a las donaciones de alimento que llegan de grupos particulares, pero conforme el 5 de noviembre -día del deslave- se aleja en el calendario estas son menos frecuentes.

En Chepenal, los pobladores de Quejá encontraron un refugio. En las casas que han levando, el frío de la noche se cuela por las rendijas de la madera y lámina. (Foto: Juan Diego González)

Pérdidas irreparables

“Mi esposa quedó debajo de la tierra”. La compañera de vida de Gregorio Tic Caal no logró escapar al deslave, como tampoco dos de sus hijas. Sus otras dos niñas, de 9 y 13 años, huyeron de la ola de lodo que se dejó venir de la montaña. Sobrevivieron, pero el dolor de perder a parte de su familia se percibe en su rostro y en la mirada apagada.

Sus hijas quedaron huérfanas de madre, y como ellas hay otros 26 niños que también lloran a uno de sus padres. “¡Ahora qué vamos a hacer!”, dice Gregorio, pues aparte de lidiar con su angustia, lleva en los hombros la necesidad del resto de pobladores, pues es uno de los líderes comunitarios.

Gregorio Tic Caal perdió a su esposa y dos de sus hijas en el deslave en Quejá. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

De acuerdo con la Conred, son 2 mil 263 personas las damnificadas de Quejá, que quedó desolada, pero que aún recibe a los pobladores que llegan con el dolor a flor de piel a llorar a sus muertos entre los escombros. Su llanto se escucha a la distancia.

Vecinos de buen corazón

Como no todas las familias tienen acceso a un terreno para levantar un par de cuartos, Silvia Ramos abrió su casa como albergue. Allí hay alojadas siete familias, una de ellas es un matrimonio de la tercera edad. No tienen hijos. El deslave se llevó parte de su casa y de su siembra.

“Nos quedó miedo de regresar”, dice Angelina Len Calel, de 64 años, recostada en el lindel de la puerta del cuarto donde duerme con su esposo de 78 años. Él aprovecha las mañanas para subir a Quejá, y recoger las mazorcas que quedaron regadas entre el monte, y usar el maíz para las tortillas.

Damnificados Quejá
Angelina Len vive en este cuarto junto a su esposo. Las pocas pertenencias que lograron rescatar del derrumbe los acompaña. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

En otro cuarto vive Juana Cal Chen con sus dos hijos, tres hermanos y sus padres, pero por las noches deben compartir el espacio con otros dos albergados. Así que, para poder movilizarse durante el día por la habitación, todas las mañanas levantan las colchonetas que utilizan para dormir y las recuestan en las paredes. La rutina la repiten desde hace varias semanas, pues su casa quedó a orillas del barranco y temen volver a habitarla.

Sin retorno

“Mi esposo es agricultor, pero veces tiene trabajo, otras no. No tenemos dinero para comprar comida. Comemos lo que nos regalan”. La historia de Laura Cal, de 42 años, es similar al de resto de damnificados que intentan conseguir alimento por sus propios medios, pero la pandemia y Eta les arrebataron sus medios de subsistencia, las oportunidades de trabajo en el sector se esfumaron.

Alberto Pop Chona no piensa regresar a Quejá. Su casa está en riesgo, quedó en medio del derrumbe. Como consecuencia de la llegada del covid-19 al país lo despidieron de la empresa de seguridad donde laboraba. Por la edad, le ha sido difícil conseguir empleo, pues ya ronda los 50 años, y debe alimentar a una familia de ocho miembros.

Damnificados Quejá
Alberto Pop Chona perdió su trabajo a consecuencia de la pandemia, ahora intenta alimentar a su familia con trabajos temporales en agricultura, pero son escasos. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

“Acá nos vamos a quedar, ya no está permitido volver a Quejá”, dice el líder comunitario, pese a que en el lugar no tiene acceso a servicios de salud, un tema que les preocupa pues las personas se han enfermado debido a las condiciones del clima y a la falta de agua entubada.

Los primeros días de la tragedia recibieron la visita de un grupo de médicos voluntarios en Santa Elena, donde estaban albergados. Los atendieron por enfermedades diarreicas y de la piel, lesiones ocasionadas por huir del deslave, pero de eso ya pasó mucho tiempo.

También les preocupa no tener escuela. Hay cerca de 365 niños en edad escolar y que no podrían iniciar sus estudios a partir de este 22 de febrero, cuando arranca el ciclo en todo el país. El municipio de San Cristóbal está en alerta amarilla, y de acuerdo con el protocolo del del Ministerio de Educación, las clases presenciales podrían comenzar, pero no tienen dónde recibirlas.

“Ahora ya se calmó todo, nos están olvidando”, dice Víctor Ical Chem, que lamenta la muerte de 12 familiares por el paso de la tormenta Eta.

Damnificados Quejá
Los niños de Quejá podrían no retomar sus estudios, pues no tienen una escuela en la aldea Quejá, donde ahora viven. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Entre ruinas

Quejá está desierto. Donde antes había casas, hoy está lleno de rocas, troncos de árboles que fueron arrancados por el deslave, block y laminas regadas, hay escombros por doquier, el terreno se ve lavado por el agua.

Ya no hay lugar para sembrar, vivir allí es un riesgo, aun así, hay personas que al no tener un sitio a donde trasladarse volvieron, levantaron unos cuartos de madera y lamina, con la esperanza de la que tragedia no se vuelva a repetir.

Damnificados Quejá
De Quejá no queda ni la sombra, hoy la aldea está llena de escombros. (Foto Prensa Libre: Carlos Galán)

Ovidio Choc, alcalde de San Cristóbal Verapaz, indica que trabajan en adquirir 5 mil láminas para distribuirlas entre los afectados de Quejá. La ayuda que llega a los pobladores menciona que es canalizada a través de la Municipalidad, pero los líderes comunitarios refieren que el apoyo recibido viene de personas particulares.

La comuna gestiona la compra de una finca para trasladar tanto a los damnificados de Quejá, que ahora están en Chepenal, como a los habitantes de Saquixim, ya que las tres aldeas son zona de riesgo, pero esto lo terminará de confirmar un dictamen de la Conred, que, según Choc, llegará en los próximos días.

Impacto por Eta e Iota

En noviembre pasado, en el Atlántico se originaron dos fuertes huracanes, Eta e Iota, que llegaron al país uno detrás del otro como tormentas tropicales. Pese a que se debilitaron los estragos que causaron fueron mayúsculos.

Los departamentos más vulnerables fueron Huehuetenango, Quiché, Petén, Izabal, Zacapa, Chiquimula y Alta Verapaz, en este último los poblados más afectados fueron Quejá, en San Cristóbal Verapaz, donde ocurrió un deslave, y Campur, en San Pedro Carchá, que quedó bajo más de 20 metros de agua.

El reporte de la Conred señala que hay 1 millón 782 mil 560 personas damnificadas, 100 personas desaparecidas, 30 heridos, 60 personas fallecidas. Se contabilizan 56 mil 554 viviendas con daño moderado, y 4 mil 310 con daños severos. Además de puentes, carreteras y edificios que quedaron destruidos.

Los desastres ocasionados por la lluvia recrudecieron las condiciones de pobreza y ampliaron la brecha de desigualdad en el país, problemas que ya se veían con la pandemia del covid-19, pero que ahora son más agudos.