Comunitario

|

Suscriptores

Viven de la caridad, cada día luchan por hacerse de Q20 o Q30 para sobrevivir

La pandemia aceleró la caída a la pobreza extrema de cientos de guatemaltecos que se vieron obligados a salir a las calles para sobrevivir.

Lidia Ardón y María Marta intentan ganarse la vida en la esquina de la 2a. avenida y 11 calle de la zona 1. Ambas dicen que con la llegada de la pandemia las despidieron de las casas en las que  trabajaban, haciendo oficios domésticos. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Lidia Ardón y María Marta intentan ganarse la vida en la esquina de la 2a. avenida y 11 calle de la zona 1. Ambas dicen que con la llegada de la pandemia las despidieron de las casas en las que trabajaban, haciendo oficios domésticos. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Isabel García se persigna cada vez que algún transeúnte o automovilista se detiene frente a ella y le compra una galleta que vende a Q1, en la esquina de la 13 calle y 5ª avenida de la zona 1 de la capital. Es mamá soltera, y dice que esos ingresos le sirven para mantener a sus dos hijos de 7 y 4 años, el más pequeño que la acompaña en cada jornada mientras lo carga en sus brazos o en la espalda.

Tiene 24 años y renta un pequeño cuarto en una colonia de la zona 3 por el que paga Q700 mensuales. Antes de 2020 aún podía trabajar en casas haciendo oficios domésticos, pero perdió esa posibilidad con la llegada de la pandemia y a la fecha no ha vuelto a trabajar.

Para poder mantener a sus hijos, Isabel tuvo que salir a las calles a pedir ayuda. Ahora, se las ingenia para comprar paquetes de galletas, dulces o golosinas a los que luego le saca una mínima ganancia.

Como Isabel, miles de guatemaltecos cayeron al agujero de la pobreza extrema, al que ya pertenecía miles antes de la llegada de la pandemia.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi 2014) dice que el 23.4 por ciento de la población ya vivía en pobreza extrema. Este dato no se ha actualizado, sin embargo, el Índice de Pobreza Multidimensional —que mide la falta de acceso de una persona a 17 satisfactores—, señalaba para 2018 que el 61% de la población se encontraba en esa situación.

A nivel nacional no se cuenta con una estadística que mida el impacto que tuvo la pandemia en las condiciones de pobreza de la población, pero en 2021, la Comisión Económica para América Latina (Cepal) estimó que la emergencia sanitaria mundial dejaría en Latinoamérica más de 86 millones de pobres. El número en Guatemala sería aproximadamente de 300 mil.

El aumento de personas que han hecho de las calles su lugar de supervivencia, o que las utilizan como un lugar de trabajo muy informal, también lo confirman organizaciones benéficas que socorren a aquellos en situación de vulnerabilidad.

Familias enteras se observan ahora en las calles, bulevares y calzadas de la ciudad, mientras ofrecen dulces, limpiar el vidrio delantero de los vehículos o simplemente piden limosna.

Lucha por Q30 al día

Marcos Baquiax es originario de una aldea de Samayac, Suchitepéquez. De complexión delgada y 41 años se esfuerza cada jornada por ganar al menos Q30, se le ve todos los días en la 3ª avenida y 13 calle, zona 1. Pide Q1 por pasar una pequeña toalla en el vidrio delantero de los vehículos que se detienen cuando el semáforo cambia a rojo.

Este hombre que en su tierra natal se dedicaba a la agricultura expresa que para no dormir en la calle necesita pagar Q20 por noche en un pequeño cuarto de la zona 1, el resto de lo que consigue lo utiliza para comer, regularmente le quedan Q10, Q15 o cuando tiene “suerte”, dice que le quedan hasta Q20.

“Solo en la noche como, un quetzal de tortillas y un chicharrón —una bolsa de fritura—, para eso me alcanza”, dice Marcos, aunque cuesta entendérsele porque no habla muy bien el español, tampoco sabe qué idioma maya es el que habla, posiblemente es k’iche’, ya que es el que se habla en esas regiones.

En la aldea donde residía, dice, se quedó su esposa y seis hijos, prefirió venir a mendigar a la capital porque allá, por trabajar de 7 de la mañana a 6 de la tarde, le pagaban apenas Q15. “Aquí logró juntar unos centavos y los llevo a mi casa cada mes”, expresa Marcos.

Allá en la aldea sus hijos no estudian y se dedican a labores agrícolas. Se alimentan, según Marcos, de tortillas y pepita, a veces frijol.

“Mi familia no se acuerda de mi”

En la esquina de la 11 calle y 2ª avenida, también de la zona 1, se ve a dos mujeres que ofrecen dulces. Una de ellas, Marta María (prefiere no decir su apellido), es de 65 años, cuenta que con la pandemia la despidieron de la casa donde había trabajado los últimos 10 años, lavando y planchando y cuidando a dos mascotas.

Dice que tuvo tres hijos, pero uno tiene problemas de salud (prefiere no contar qué padecimiento) y depende de ella. Sus otros dos hijos no se interesan por saber cómo está, asegura. “Ya nadie se acuerda de mi”, dice con todo de tristeza. Renta un pequeño cuarto en San Pedro Ayampuc por el que paga Q600 mensuales, además de luz y teléfono.

Aunque empezó pidiendo dinero, se dio cuenta que la caridad y los víveres que recibía de algunas personas dejaron de llegar, por esa razón comenzó a comprar dulces de chocolate que le deja entre Q15 y Q20 de ganancia al día.

Estas personas viven en situación de pobreza extrema, según la línea basal del Banco Mundial, la cual considera dentro de esta condición a las personas que sobreviven con US$2.15 al día o menos.

En la misma esquina de María, doña Lidia Ardón se dedica al mismo oficio. Con 70 años, narra que también la despidieron de su empleo con la llegada de la pandemia.

Vive en un humilde cuarto en la zona 6 y cada día llega al mismo lugar con un cartel que dice: “soy de la tercera edad, necesito de tu ayuda. Apóyame comprando dulces”. Lidia afirma que “es difícil dedicarse a este trabajo”, porque ciertas personas sienten rechazo hacia ellas.

“Nos dicen viejas huevonas, vayan a conseguir trabajo”, relata la mujer, quien, con las ganancias, le alcanza para comprar una libra de frijol o una bolsa de fideos. “Con lo que Diosito nos ayuda a lograr podemos sobrevivir”, añade.

Marcos Baquiax limpia vidrios de vehículos en la esquina de la 13 calle y 3a. avenida zona 1. Tiene seis hijos en Samayac a quienes mensualmente intenta llevarles algo del dinero que le queda. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Hay más gente pidiendo ayuda

En Guatemala no hay cifras oficiales que estimen siquiera el número de personas que viven de la caridad, sin embargo, las organizaciones benéficas que se dedican a ese fin han notado que ha habido un incremento de personas en situación de calle y en pobreza extrema, que se acercan a ellos a pedir ayuda.

El grupo católico Casa de la Misericordia que funciona en la zona 1, cuenta con un albergue para 30 personas y un programa en el que se le da desayuno a personas necesitadas los 365 días del año. El albergue fue abierto en octubre del año pasado y es un alivio para quienes suelen dormir en las calles porque las echaron de su casa o porque la perdieron. Últimamente han auxiliado a muchos migrantes venezolanos, confirman los responsables.

El programa de entrega de desayunos cumplirá seis años el próximo 1 de agosto. En este tiempo solo ha cerrado sus puertas 12 días, durante las primeras semanas de la pandemia. En el inmueble todas las mañanas se ve una larga fila de personas en busca de lo que será, quizás, su único tiempo de comida en el día.

Marcos Baquiax

Los encargados afirman que la idea nació con el objetivo de ayudar a indigentes y personas en situación de calle; sin embargo, también se acercan muchas que son de escasos recursos, que tal vez viven del trabajo informal y cuyos ingresos no les son suficientes para alimentarse los tres tiempos.

Cuando empezaron con la obra atendían de 150 a 200 personas al día, después de la llegada de la pandemia el número se disparó y ahora sirven de 280 a 310 desayunos al día. Los fines de semana, cuando cierran las instituciones gubernamentales que también hacen esta función, la cantidad de personas aumenta, comenta Manuel Abac, sacerdote de la rectoría de Santa Catalina, que está a cargo de ambos programas de beneficencia.

Los trabajadores de este centro de beneficencia cuentan casos particulares como el de un médico que cuida de su hermano. Tiene casa, pero sin muebles ni servicios y todos los días sale a pedir ayuda a una calle de la zona 2.

Ligia García carga a uno de sus hijos mientras intenta convencer a automovilistas a que le compren una galleta. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Abac narra el caso de un hombre que luego de que llegaba a desayunar se quedaba ayudando con la limpieza del lugar, poco a poco se fue ganando su confianza hasta que empezó a trabajar con ellos. Tiempo después salió en un reportaje televisivo y su familia, que lo daba por muerto, pudo reencontrarse con él.

Asimismo, cuenta la historia de una familia que tenía tres hijos y que llegaban a la casa a comer. Ahí confesaron que una banda andaba detrás de los niños y quería pagarles para que se los entregaran con el fin de prostituirlos. “Gracias a Dios se les protegió y ahora están en internados de religiosas”, resalta Abac.

Lo perdió todo

Mientras hacía fila para recibir su desayuno, Carlos —no quiso decir su apellido— comenta que tiene poco tiempo de llegar al comedor. Antes de la pandemia vivía con su esposa e hija, de 3 años, pero en 2020 lo despidieron de su trabajo, un taller de mecánica donde era ayudante.

A sus 28 años, reconoce que tiene problemas con el alcohol y que ese fue el motivo por el que su esposa lo abandonó al quedarse él sin trabajo. Ahora, dice, hace cualquier cosa para obtener ingresos, desde lavar carros, limpiar vidrios o simplemente pedir dinero en las calles.

Buscar un trabajo formal está fuera de sus planes. “Si busco me van a pedir papeles y me van a investigar, y no me van a dar”, reflexiona. “Por eso trato de ganarme la vida, así como lo hago ahora”.

Muchos adultos mayores se ven en la necesidad de salir a las calles en busca de caridad, después de que son abandonados por sus familias. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Personas mayores

En Ciudad San Cristóbal, zona8 de Mixco, otro albergue también ayuda a los necesitados. Este se llama Casa de Misericordia y se enfocan en los adultos mayores. Su director general, Luis García, señala que muchos de los ancianos que llegan al albergue son echados de sus casas y no les queda otra más que ir a las calles a buscar lo necesario para vivir.

“El adulto mayor llega a ser una carga porque se agotan los recursos y las oportunidades para ellos, ya en las calles los atropellan o les roban lo poco que tienen”, lamenta. “La problemática del adulto mayor en Guatemala es muy triste”, añade.

Relata la historia de Valentín, un anciano que en silla de ruedas salía todos los días a un sector de la zona 7 capitalina a pedir dinero para pagar su cuarto y su comida. “Estaba tostado de la piel porque todo el día recibía sol, finalmente lo trajimos”, cuenta.

La atención de cada adulto mayor oscila entre Q2 mil 800 y Q3 mil, razón por la cual han tenido que buscar ayuda y “tocar puertas”, en distintas instituciones que les auxilian porque creen en el proyecto. “Cuando entran los adultos tienen una mejoría, cuando entran aquí su tormenta termina. Aquí tienen cama, tres tiempos de comida y agua caliente”, narra García con satisfacción.

La condición en calle es muy dura. Usualmente los ancianos al ser rescatados están en difíciles condiciones de salud, con desnutrición, gastritis o diabetes.

Esta casa de ayuda tiene 17 años de existencia. García dice que la cantidad de adultos mayores en situación de calle ha aumentado también en ese sector de la capital. Expone que la pandemia aceleró el problema. Entonces muchas familias salían a las calles con las banderas blancas, pero cuando empezó a volver la normalidad retomaron sus actividades, pero muchos de los adultos mayores se quedaron en la mendicidad.

En el hogar Casa de la Misericordia, en la zona 1 capitalina, decenas de personas llegan cada día por lo que quizás será su único tiempo de comida en el día. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Además, muchas personas que tenían a su cargo abuelitos murieron por covid-19, pero los ancianos al no enfermarse porque de las familias eran a quienes más cuidaban, sobrevivieron y se quedaron solos. García cuenta el caso de una familia de mama, abuela y nieta donde la primera murió y a la segunda le tocó hacerse cargo de la niña y como no tenía ingresos tuvo que buscarlos en la calle.

“Aquí en San Cristóbal al solo salir al bulevar se veían los adultos mayores, todos con su bandera blanca”, afirma el director de albergue”.

Esperanza

De no existir estas iniciativas muchas personas sufrirían más. Comentarios como “son una bendición”, “gracias a Dios existen” y “son un pedazo de cielo en esta tierra”, le decían a este medio los beneficiados por estos programas.

Sin embargo, la necesidad es tan grande y los esfuerzos se quedan cortos. Las calles continúan con decenas de guatemaltecos que viven el día a día de la caridad.

“Yo quisiera tener un empleo, con un sueldo fijo, pero no tengo quien me cuide a mis niños”, precisa Isabel García, la madre soltera citada al inicio de este artículo. “Ojalá hubiera guarderías donde mis hijos estudiaran mientras yo trabajara, pero es un sueño”, dijo.

En el hogar dan alimento digno, completo y variado a los necesitados, que van desde indigentes hasta personas que trabajan pero que no ganan ni el sueldo mínimo. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

ESCRITO POR: