El ensayo

Ese territorio situado entre el estudio individual y la presentación pública.  Ese momento en el que ya se han descifrado las singularidades de una partitura, pero todavía hay que ponerse de acuerdo con los demás integrantes del conjunto, de la agrupación de cámara, de la orquesta:  el ensayo.

Por Paulo Alvarado
Por Paulo Alvarado

La presente semana ha sido pródiga en la experiencia de ensayar música.  Desde el cuarteto de cuerdas hasta la sinfónica, pasando por el rock y el montaje experimental, la acción de poner de acuerdo a un grupo de personas para probar una pieza musical y encontrar el modo de que aquello no sea solamente una reunión de sonidos, sino una reunión de voluntades, encaminadas a transmitirle al oyente lo que el autor se propuso decir, eso es el ensayo.  Es decir, se intenta, se sondea, se ensaya la manera de comunicar la obra.

Obviamente existe una serie de requisitos (como los que caracterizan a cualquier ocupación formal) si es que se ha de llegar a resultados artísticos.  Es una perogrullada mencionarlo, pero la puntualidad, el conocimiento de la música a interpretar, la dedicación, el desarrollo técnico de los ejecutantes, todo esto va incluido en la noción del ensayo.

 El ensayo debe ser un espacio abierto al error.  Precisamente es allí donde los artistas pueden (y casi deben) equivocarse.  Que la vivencia de lo bien que les saldrá su actuación no sea sorpresa para ellos, sino para el público.  Correr riesgos, enfrentar temores, cambiar —de pronto— conceptos largamente aceptados y rutinizados.  Repetir, hasta la saciedad si es imprescindible, lo que tiene que sonar como que fuera la más espontánea de las funciones, sobre la base de mejorar tanto una secuencia de actos, que no se note ni el zurcido invisible del experto, aunque se escudriñe cuidadosamente su labor.

Al final, esta apología del ensayo nace de los muchos años en que ha tocado llegar, quizá sin mucha gana, a preparar una pieza, para luego salir absolutamente energizados por haberlo hecho.  Esa soltura, ese desenfado y ese brío que se arrancan del ensayo —a veces más vivos que la propia actuación en vivo—.

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