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El Malecón, línea que separa el dentro del fuera

Revista Domingo publicó el 7 de julio de 2002 un interesante reportaje sobre la fascinante Cuba.

Pescadores cubanos a la orilla del mar. (Foto: Carlos Sebastián)

Pescadores cubanos a la orilla del mar. (Foto: Carlos Sebastián)

Parte de la frase del título es, increíblemente, de Italo Calvin, escritor italiano que nació, por azares de la vida, en Cuba. Construido en 1902, el Malecón de La Habana, simple muro de piedra que se extiende desde la Avenida del Puerto hasta el límite terminal del otrora clase media barrio de El Vedado, especie de dique tropical para menguar la furia del Caribe, es el símbolo por excelencia para los habaneros.

El Malecón es la frontera. El Malecón es un balcón. Es lugar para enamorar, para procurarse alimento, para matar el estrés cotidiano mirando al mar, para fiestar, para gozar de la brisa que no abunda en la ciudad; es el pequeño periférico habanero, la vía por excelencia para las reafirmaciones revolucionarias, es sitio para bañarse, asiento para beber cerveza en los carnavales… El Malecón es.

De paseo

Un recorrido por el Malecón desde lo hondo de la Avenida del Puerto hasta los límites de El Vedado (comienzo del residencial reparto Miramar) es tener una radiografía de La Habana. Mirando hacia el lado donde se alza la ciudad el trayecto no es sólo en el espacio, sino también en el tiempo.

El Malecón se inicia en la zona más antigua, La Habana Vieja de casa coloniales (siglos XVI, XVII y XVIII) —algunas destruidas y otras restauradas—, de amplias plazas e iglesias dieciochescas, de palacios y castillos fuertemente amuralla- dos. Más adelante encontramos Centro Habana, imagen absoluta del eclepticismo arquitectónico de principios del siglo XX; para finalmente concluir en El Vedado de altos edificios y lujosos hoteles, muestra del esplendor económico de los 40 y los 50.

Del lado contrario a la ciudad está el muro y, tras él, el mar. Pero el muro nunca está solo. La zona del Malecón de la Habana Vieja es zona de pescadores que alistan sus aperos, ordenan sus carnadas como en un rito, y después, en fila, lanzan sus anzuelos. Pescadores en su mayoría, como se diría en buen cubano, que pescan para “matar el tiempo”, por “hobby”, pues la contaminación de la bahía —una capa de más de un metro de petróleo sedimentado— hace casi imposible que se pueda ingerir lo que se pesca. Ésta también es zona de ancianos conversadores o de paseantes, más bien observadores solitarios que ordenan sus pensamientos con los ojos fijos en el azul. Frente a todos éstos, nuevamente el mar, pero tampoco sólo. Ahí están los botes, todos con nombres de mujer, regalando historias de amores con la complicidad murmullante de las olas.

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Hambre de mar

para tratar de entender la relación de los habaneros, o en general, de los cubanos, con el Malecón, podrían tomarse en cuenta muchísimos elementos, pero el primero, sin lugar a dudas, es el mar. La relación con el Malecón es una relación con el mar.

Lo anterior es difícil de explicar pero fácil de sentir. El mar para el habanero es un referente (desde el color y la textura que el salitre da a la piel hasta la oxidación por la misma sal de los objetos metálicos de la casa). El mar es el espacio donde termina la ciudad pero igualmente el espacio que se abre al mundo. Un habanero viviendo en una ciudad cerrada, esto es, rodeada por montañas, siente que le falta algo, pero de ese algo no se percata hasta que viaja al mar. Si conoce a alguno pregúntele y verá. Lo gracioso, o más bien, lo paradójico, es esa necesidad de espacio abierto cuando todo cubano como isleño al fin y al cabo, según dijo un escritor, es capaz de convertir el espacio que lo rodea en una isla. Pero igualmente podría justificarse esa necesidad, diría yo, porque el que vive en una isla, jugando con la raíz de la palabra, vive aislado.

ciones socialistas y de apoyo a Fidel, las concentraciones frente a la Sección Consular de la Embajada de Estados Unidos por la devolución de Elián; del otro un Malecón lleno de personas desesperadas el 5 de agosto de 1994 que, a pesar de saber del hundimiento de una lancha que se marchaba del país con hombres, mujeres y niños, aguardaba por la salida de otra…

La mudez del Malecón y su mar continúa, pero varias generaciones de cubanos le han dado su voz para, si algún día no existiera, este símbolo perdure. Pienso en el poeta de principios de siglo Bonifacio Byrne entrando a La Habana después de un largo exilio y encontrándose a la bandera cubana junto a la estadounidense (“Desde el buque la vi esta mañana/y no he visto una cosa más triste”) y en poetas contemporáneos, amigos míos, como Emilio García Montiel (“Yo también busqué con furia mi país porque temía al mar, pero en el mar no hay banderas ni habrá país alguno”) o Juan Carlos Flores (“El mar no fue un desconocido ni el pretexto, sépanlo, de estar ciego amanecí con un sabor a Ítaca en la savia”).

Pienso en los gozosas letras de la música cubana de los 50 como la Orquesta Enrique Jorrín, los creadores del cha cha cha (“No te bañes en el Malecón/porque en el agua hay un tiburón”) o el conocido grupo de jazz Irakere (“La Habana Vieja y su Prado, con su hermoso Malecón”). Pienso en el malecón de la generación de Silvio Rodríguez (“El muro que nos separa del mar si es de noche”) y en el de mi generación visto por otro trovador, Carlos Varela (“Sales a la calle y te vas al muro, donde acaban todos, donde empieza el mar”). Pienso en mí, disfrutando estas imágenes de la Habana y sabiendo que a menos de diez calles de cualquiera de estos fragmentos de Malecón me espera, carcomida la madera por la humedad del cercano mar, la puerta de mi casa.

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Dos ejemplos sobre la relación con el mar. La mayoría de cubanos que va a salir de la isla (cruzar el charco se le llama coloquialmente), por aire casi siempre, a excepción de los balseros y marineros, crea o no en la santería, le pide a Yemayá —orisha del panteón yoruba, dueña de las aguas de mar; Virgen de Regla para los católicos— que le ayude a llegar bien al otro lado del océano, del golfo, etc. O simplemente, cuando cruza en una lancha de un lado a otro de la Bahía de la Habana, desde el Malecón al pueblo pesquero de Regla, lanza al agua monedas como ofrenda a esta orisha/virgen, siempre pidiendo protección.

Si no lo convenzo sólo piense en esto: ¿qué mayor relación con el mar que a Cuba se le llame desde tiempos inmemoriales “la perla de las Antillas”?

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