El tejo, un juego indígena que sobrevive en los Andes colombianos

El estallido de la pólvora se confunde con los gritos de “mecha” y el brindis con cerveza en una de las cientos de canchas de tejo, un popular juego de los indígenas muisca que practican miles de aficionados en la zona andina de Colombia.

Óscar Díaz (D) y Óscar Pérez juegan al tejo, una popular actividad que reúne a miles de personas cada fin de semana, en Bogotá. (Foto Prensa Libre: AFP).
Óscar Díaz (D) y Óscar Pérez juegan al tejo, una popular actividad que reúne a miles de personas cada fin de semana, en Bogotá. (Foto Prensa Libre: AFP).

BOGOTÁ.- “Juego cada fin de semana con mis amigos, a veces en cuartetos y a veces mano a mano (dos personas)”, cuenta Javier Borda, que disfruta cada “mecha” como si metiera un gol en un campeonato de futbol.

De mediana estatura, tez morena y un abdomen protuberante que curiosamente no disminuye su agilidad, este contador público balancea en su mano derecha un disco de metal. Toma impulso y lo lanza por el aire en dirección a una estructura de madera ubicada a unos 16 a 18 metros de distancia, que contiene una cancha de arcilla, un tubo de metal en la mitad y cuatro pequeñas bolsas de papel en forma de triángulo llenas de pólvora.

Deporte autóctono de Colombia, el tejo o turmequé consiste en tratar de introducir el disco metálico en el tubo de metal enterrado en la cancha de arcilla, o en su defecto, en golpear y hacer estallar las “mechas” (bolsitas con pólvora) que se disponen a los lados de la boca del tubo.

“Es un deporte que practicaban los indígenas que habitaban lo que hoy son los departamentos de Cundinamarca y Boyacá (centro), que pertenecían a la cultura muisca”, aseguró el profesor de historia y aficionado, Luis Moreno.

Tanto hombres como mujeres juegan en equipos o en duelos individuales siguiendo reglas simples: la cancha para competencia oficial debe tener 17,5 metros de largo, la distancia a la que toma impulso el jugador no debe ser mayor a 2,5 metros y el tejo o disco debe golpear las mechas o introducirse en el bocín (boca del tubo) sin golpear nada previamente.

Diversión, amigos, tragos y comida típica

Pero más allá de las pautas de juego, este deporte es especialmente llamativo por su entorno, pues las canchas se arman en espacios coloridos, populares y aglutina a su alrededor a todo tipo de personas.

“Aquí uno hace amigos, se toma unas cervezas, disfruta la tarde, se ensucia con la greda (arcilla) y deja los problemas a un lado”, asegura Roberto Alayón, orgulloso por la precisión de sus lanzamientos.

Gana el juego quien completa primero 27 puntos. Para eso es necesario reventar la mayor cantidad de mechas, meter el tejo en el bocín, hacer manos (puntos para el tejo más cerca del bocín), embocinadas (puntos para el tejo embocado justo al centro del bocín) o moñonas (hacer mecha y embocinada en el mismo turno).

“Yo he hecho series de hasta 15 mechas seguidas y de varias embocinadas y moñonas”, dice Alayón mientras invita a quienes están a su alrededor a tomar una cerveza de la caja colocada a un lado de la cancha.

Con tono solemne, Borda explica que cuando ninguno de los jugadores logra estallar una mecha o introducir el tejo en el bocín, se premia con un punto al equipo que haya dejado el tejo más cerca del objetivo (mano).

“Si estallamos una mecha se dan tres puntos, si se embocina, seis puntos, y si hace moñona, es decir se explota la mecha y se embocina a la vez, se dan nueve puntos”, afirmó.

El tejo se practica indistintamente en el campo y la ciudad y en sus canchas el consumo de bebidas alcohólicas es abundante, al igual que la comida típica, como el chunchullo (intestino delgado de vaca), la rellena (piel del intestino grueso rellena con arroz) y papa amarilla o criolla.

“Aquí se come mucha vitamina ch”, dice riendo Hermilda, una cocinera, mientras menciona los muchos productos que ofrece provenientes de los chanchos o marranos, como el chicharrón (fritura de la piel de cerdo).