Conflicto Rusia-Ucrania: la nota de The New York Times que cuestiona por qué el Papa no habla del presidente Vladimir Putin

El diario estadounidense The New York Times publicó una nota en la que analiza por qué el papa Francisco no habla del presidente ruso Vladimir Putin.

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El papa Francisco en El Vaticano. (Foto Prensa Libre: EFE)
El papa Francisco en El Vaticano. (Foto Prensa Libre: EFE)

El diario estadounidense The New York Times publicó en una de sus ediciones un anális del porque el papa Francisco evitar hablar del presidente de Rusia Vladimir Putin, pese que ha personalmente acudió a la embajada rusa ante la Santa Sede para hacer un llamado a la paz.

La publicación de The New York Times ha sido traducida al español y replicada por varios diarios latinoamericanos, entre ellos La Nación de Argentina, por lo que a continuación se coparte el contenido de esa nota.

Un día después de que Rusia invadiera Ucrania, el papa Francisco rompió el protocolo y fue directamente a la embajada rusa ante la Santa Sede para hace un llamado a la paz. Al día siguiente, habló con el presidente Volodimir Zelensky para ofrecerle apoyo espiritual. Y a medida que la guerra recrudeció, el pontífice denunció “la inaceptable agresión armada” y “la barbarie de la matanza de niños”.

“Una vez más la humanidad se ve amenazada por un perverso abuso de poder e intereses partidistas que condenan a personas indefensas a sufrir formas de violencia brutal”, dijo ayer el Papa.

¿Pero a quién le estaba reclamando exactamente?

El Papa ha evitado estudiadamente referirse al presidente ruso, Vladimir Putin, o siquiera a Rusia misma, como los agresores. Y aunque dijo que cualquiera que justifique la violencia por motivos religiosos “profana el nombre de Dios”, evitó criticar al mayor defensor y apologista religioso de la guerra, Kirill I de Moscú, gran patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

A diferencia de algunos nacionalistas europeos, que de pronto cancelaron el nombre de Putin para evitar recordarles a sus votantes que hasta hace poco pertenecían al club de fans del líder ruso, las razones de Francisco responden a acto de equilibrio entre ser un jugador diplomático del mundo real con conciencia global, y ser un líder religioso responsable de la seguridad de su propio rebaño.

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Sin embargo, algunos de sus propios obispos y partidarios dentro de la Iglesia Católica dicen que el pontífice corre el riesgo de deslizarse de su estatus de superioridad moral hacia el turbio terreno ocupado por figuras como el papa Pío XII, el papa que durante la Segunda Guerra evitó criticar a Hitler y las potencias del Eje cuando Alemania invadió Polonia y se dispuso a perpetrar el Holocausto.

“El atolladero actual del papa Francisco tiene muchos puntos en común con la situación que enfrentó Pio XII”, dice David I. Kertzer, historiador experto en Italia y el Vaticano que en junio próximo lanzará su nuevo libro, “El papa en guerra”, sobre Pio XII, Hitler y Mussolini.

Kertzer dice que Pío XII también intentó hacer equilibrio entre los intereses internos y las presiones de la opinión pública para que denunciara el accionar de Hitler. En cambio, para referirse a los horrores de la guerra Pío usaba un lenguaje genérico, que hoy tiene reminiscencias en el que usa Francisco. “La posición que el papa está adoptando, o no adoptando, no está carente de riesgos”.

Un reciente editorial del National Catholic Reporter, usualmente afín a Francisco, urgió al papa a denunciar a Putin. “Sin importar lo que pase detrás de escena, es hora de que Francisco denuncie la verdad del criminal asalto a Ucrania”, dice la publicación. “Es hora de llamas las cosas por su nombre. Esta guerra es de Putin y es mala”.

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El Vaticano salió a coro en defensa de Francisco. En su editorial de tapa del lunes, el periódico vaticano L’Osservatore Romano señaló que “Francisco ha sido objeto de críticas de quienes esperan que en sus declaraciones públicas mencione explícitamente el nombre de Vladimir Putin y de Rusia, como si las palabras del pastor de la iglesia universal debieran reproducir los chillidos de un noticiero.”

El editorial, escrito por el influyente funcionario vaticano Andrea Tornielli, mantiene un tono áspero, y argumenta que el papa evitar nombrar a los agresores “no por cobardía o por prurito diplomático, sino para no cerrar la puerta, para dejar siempre abierto un resquicio que permita frenar el mal y salvar vidas humanas”.

De hecho, los pontífices históricamente han evitado tomar partido en los conflictos bélicos, para preservar mejor las posibilidades de la iglesia de desempeñar un papel constructivo en posibles conversaciones de paz. Además, hay católicos romanos en todo el mundo, y ponerse de un lado u otro en una posible conflagración global puede poner en riesgo la vida de millones. Y criticar al patriarca Kirill, con quien Francisco intenta abonar una relación desde hace años, para reparar una división entre las iglesias occidental y oriental que se remonta a 1054, agravaría una situación ya grave, al sumarle una dimensión de guerra religiosa.

Pero en su defensa del papa, el editorial va mucho más allá de lo que Francisco hizo abiertamente, y argumenta que el Papa dejó al descubierto “la hipocresía del gobierno ruso” el 6 de marzo, cuando dijo: “Esta no es solo una operación militar, sino una guerra que siembra muerte, destrucción y miseria.”

Videoconferencia

El miércoles, Francisco y Kirill hablaron mantuvieron una videoconferencia en la que ambos manifestaron su esperanza “de que se pueda lograr una paz justa lo antes posible”, según un comunicado del patriarcado de Moscú.

“Eso me llamó mucho la atención”, dice Kertzer, y señala que durante la Segunda Guerra Mundial, el Papa Pío XII también solía decir que la verdadera paz requería justicia. “Pero ese era el lenguaje usado por Hitler y Mussolini”, ya que ambos dictadores decían que las injusticias del Tratado de Versalles impedían la paz verdadera y luego trataron de tergiversar el lenguaje cuidadosamente neutral del pontífice como evidencia de que estaba de acuerdo con ellos.

Kertzer dice que si bien Francisco es diferente a Pío XII en muchos aspectos, “a sabiendas o no, en este momento él también se está prestando a que los rusos lo utilicen como argumento a su favor”.

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El papel de los líderes religiosos puede parecer secundario frente a los horrores del campo de batalla en Ucrania. Pero la religión, o el misticismo cristiano, es fundamental para el proyecto nacionalista de Putin, tanto en Rusia como en el extranjero. Durante años, los populistas europeos e incluso algunos tradicionalistas de la Iglesia Católica vieron a Putin —que se reunió tres veces con Francisco—, como un verdadero defensor de la cristiandad por su adopción de la herencia cristiana y su oposición a los valores liberales.

Los admiradores católicos de Putin han comparado al líder ruso con el Papa Juan Pablo II, de quien suele decirse que contribuyó a derrocar al comunismo soviético, porque tanto Putin como Juan Pablo II han exaltado la herencia cristiana compartida de Oriente y Occidente por encima de los valores seculares, ya sean comunistas o liberales.

La visión nacionalista e imbuida de religión de Putin de un “Russky Mir”, un “Mundo Ruso”, hunde sus raíces insondables en el mito, más que en la historia real, pero es una ilusión avalada por el patriarca Cirilo. Y también es una de las grandes justificaciones de Putin para ir a la guerra.

En plena división entre las iglesias rusa y ucraniana, Francisco se convirtió en el primer pontífice que se reunión con un patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa. En ese encuentro en Cuba en 2016, Kirill y Francisco firmaron una declaración conjunta de objetivos comunes, que incluía evitar un conflicto armado en Ucrania.

Pero ahora que Rusia ha provocado unilateralmente esa guerra, para sanar las heridas entre las iglesias de Oriente y Occidente y así cumplir con el proyecto de su pontificado, Francisco parece tener que pagar el costo de no culpar públicamente a Putin y a Kirill de abrir heridas reales y derramar sangre real. Y no está claro cuánto tiempo más será sostenible esa neutralidad papal.

“Sin duda, el Papa está bajo presión”, dijo Kertzer.

Jason Horowitz

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

The New York Times