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EE. UU. es un caso atípico mundial e insta a que los niños reciban vacunas de refuerzo contra el covid-19

Los expertos han llegado a la conclusión de que los beneficios para los niños a menudo no superan los costos.

Preparación de una dosis de la vacuna contra el coronavirus en un centro de vacunación en Manhattan, el 2 de noviembre de 2021. (James Estrin/The New York Times)

Preparación de una dosis de la vacuna contra el coronavirus en un centro de vacunación en Manhattan, el 2 de noviembre de 2021. (James Estrin/The New York Times)

Gran parte del mundo ha decidido que la mayoría de los niños pequeños no necesitan recibir vacunas de refuerzo contra el COVID-19. Así sucede en el Reino Unido, Francia, Japón y Australia.

Algunos países, incluida la India, han ido más lejos. Afirman que los niños por lo demás sanos no necesitan ni siquiera una vacuna inicial contra el COVID-19. En Alemania, los expertos en salud pública no recomiendan vacunas para ningún niño, incluidos los adolescentes, a menos que tengan una enfermedad.

Los científicos de estos países saben que las vacunas contra el COVID-19 son muy eficaces. Pero los expertos han llegado a la conclusión de que los beneficios para los niños a menudo no superan los costos.

Los beneficios son modestos porque es extremadamente improbable que los niños enfermen gravemente a causa del COVID-19 y tienen menos probabilidades de transmitir el virus que un adulto. Entre los costos a considerar está el precio financiero de la vacunación masiva, la posibilidad de que los efectos secundarios de una dosis enfermen a un niño lo suficiente como para que falte a la escuela, la pequeña posibilidad de efectos secundarios más graves y la incertidumbre inherente sobre los efectos a largo plazo.



Estados Unidos es un caso atípico mundial. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) instan a que todos los niños de seis meses en adelante reciban dosis de refuerzo de la vacuna.

Sin embargo, la recomendación no ha logrado mucho. La mayoría de los padres estadounidenses han optado por ignorar a los CDC. Solo alrededor del 40 por ciento de los niños menores de 12 años han sido vacunados contra el COVID-19 y solo alrededor del 5 por ciento están al día con sus dosis de refuerzo.
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Esta situación constituye un caso de estudio sobre las deficiencias de la política estadounidense en relación al COVID-19: un enfoque estricto de una cuestión matizada ha resultado contraproducente, ya que ha fomentado el escepticismo hacia la pericia científica y hecho poco para mejorar la salud pública. Francis Collins, director retirado de los Institutos Nacionales de Salud, reconoció el problema mayor el año pasado cuando afirmó que los expertos se equivocaron durante la pandemia al adoptar una “visión muy estrecha respecto a cuál es la decisión correcta”.

Un ejemplo de ello fueron los cierres de escuelas que duraron meses y que perjudicaron el aprendizaje de los estudiantes. La obligatoriedad extendida del uso de cubrebocas, ignorada por muchas personas, fue otro. Una recomendación continua de los CDC que está en conflicto con la práctica internacional —y que la mayoría de los estadounidenses ha desestimado— se ha convertido en otro ejemplo más.

¿Qué es lo razonable?

Sandro Galea, decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston, publicó recientemente un libro llamado “Within Reason”, en el que expone una versión detallada de este argumento. Durante la pandemia, afirmó Galea, los expertos en salud adoptaron en ocasiones “una ideología antiliberal”. Esta ideología imaginaba a las personas como robots que existían simplemente para minimizar las posibilidades de contraer un virus.

En realidad, como señaló Galea, la sociedad decide con regularidad que no vale la pena cierta cantidad de seguridad adicional. Por ejemplo, los conductores y pasajeros de automóviles estarían más seguros si usaran casco, pero ¿quién usa casco dentro de un automóvil?

En el caso del COVID-19, no hay duda de que aplicar vacunas de refuerzo a los niños tiene beneficios. Algunos de los beneficios probablemente también sean mayores para los niños estadounidenses, ya que tienen más probabilidades de ser obesos o carecer de seguro médico que los niños de otros lugares. “Aunque los niños tienen un riesgo menor, no tienen un riesgo cero”, me dijo Nirav Shah, subdirector principal de los CDC, al defender la recomendación de la dosis de refuerzo.

Sin embargo, también hay desventajas en instar a que se tomen medidas de salud a las que la mayoría de la gente se opone, afirmó Galea. Los expertos solo deberían intentar cambiar la opinión de las personas cuando los beneficios de hacerlo son enormes (como fue el caso de las percepciones sobre el tabaquismo en el siglo XX).

Los datos científicos —y el consenso de los expertos de otros países— hacen que sea difícil argumentar que los beneficios de las dosis de refuerzo en los niños son grandes. “No creo que en Estados Unidos tengan la ecuación riesgo-beneficio correcta para los niños”, me dijo Peter Collignon, de la Universidad Nacional de Australia.

(Los datos de los CDC muestran que los niños con mayor riesgo de COVID-19 son los recién nacidos, que no cumplen los requisitos para recibir vacunas ni siquiera en Estados Unidos. En cambio, pueden beneficiarse de la vacunación prenatal de la madre).

El valor de la franqueza

Galea afirmó que cree que el mayor inconveniente de la política de las dosis de refuerzo de Estados Unidos puede ser su efecto en la credibilidad de los CDC. Cuando las personas que ya son escépticas ante el consejo de los expertos, como lo son muchos estadounidenses, ven que los CDC insisten en una vacuna con un beneficio marginal, tienen más motivos para cuestionar otras directrices de los CDC, como la importancia urgente de las vacunas infantiles contra el sarampión y la difteria.

“No ser honestos tiene un costo real”, dijo Galea.

‌Cuando pregunto de manera extraoficial a expertos en salud pública qué están haciendo con sus propios hijos, tienden a ser honestos. Casi todos han vacunado a sus hijos, por el bien tanto de esos niños como de otras personas. Al mismo tiempo, algunos expertos me dijeron que no les habían aplicado dosis de refuerzo a sus hijos.

¿Por qué? Los beneficios parecen escasos, para todos. Los costos —como el miedo de un niño a las agujas o faltar un día a la escuela debido a los efectos secundarios— también parecen escasos. En una situación tan reñida, los padres razonables tomarán decisiones diferentes, y eso está bien.

Quizás los CDC tendrían un impacto mayor si transmitieran un mensaje igual de franco.