Sin fronteras

Ciclo escolar y padres angustiados

Pedro Pablo Solares@pepsol

Si la angustia tuviera forma; si fuera viva, si tan solo tuviera una materia para verla, para olerla y sentirla de frente, con los sentidos. Cuánta angustia veríamos en estos días por las calles de la ciudad. Cómo se olería en las casas, en los centros comerciales. Cuál sería el sonido del pesar, en las líneas de teléfono de la tarjeta de crédito, en las casas de empeño. Padres y madres; abuelas, abuelos. Y chicos, principalmente. Corriendo, endeudándose, buscando la forma de lograrse inscribir. En los días previos al ciclo del colegio, lo que un día nuestro, quizás fue más una inocente ilusión –el olor de los lápices de madera, las hojas del cuaderno o una lonchera nueva—, hoy, en muchos hogares, en demasiados hogares, es el dolor por escapar del aluvión financiero, la carga del dinero, que impide y destruye un anhelo. La digna esperanza de legar a los hijos la educación que un día se les deseó.

Nuestras clases medias se han permitido un embrollo indescifrable. Un modelo educativo cedido, llano y sumiso, al servicio interesado de implacable Don Dinero. Tan cierto como un día las abuelas dijeron “si estudias, te irá bien en la vida”, es que hoy más sinceras dirían “paga más, y a ver qué sale”. Paga más. ¡Pucha! ¿Cuánto más? Por qué y para qué. La tendencia escolar en el cobro se alza como un torpedo. Y se cuestiona la viabilidad misma de esa inversión. Inversión, definida por el diccionario en inglés, como una colocación de dinero, para usarlo en algo que ofrece un potencial retorno redituable. Es decir, recibir a futuro más de lo que se pagó por ella.

En los días de la Navidad, me topé en un centro comercial con un notable caballero. Profesional de la medicina, su semblante era el de alguien que tuvo éxito en la vida. Hablando en una banca, mientras las familias hacían compras, reflexionó sobre el precio por profesionalizarse. Me comentaba que hoy en día, estudiar medicina en una universidad —de las caras del país— cuesta Q10,000 de matrícula mensual. Eso, más gastos adicionales, significa un grado universitario por más de un millón de quetzales. Al grado habrá de agregarse la especialidad, y además lo que se pagó un día por educación colegial. Se preguntaba el doctor ¿cuánto tiempo habrá de pasar en clínica alguien para recuperar esa inversión? Mejor —se respondía— comprarle la casa de una vez al patojo, y enseñarle un oficio. Claro, alguien cuestionará el ejemplo, pues no todos pagan cuotas tan caras. Pero esta realidad afecta a cada quien en sus propias circunstancias.

El valor estrafalario de la educación privada es un infame aporte de nuestra generación a una decadente sociedad. Jamás vi de joven a alguien en mora con el colegio, o peor, expulsado por cuestiones de dinero. Otro aporte innoble es un servicio civil en ruinas, sin lugar ni cabida para los más destacados. Técnicos, profesionales e ilustres que, sin espacio en el gobierno, hoy giran hacia actividades alejadas de su especialidad. Qué combinación, entonces, de estímulos invertidos. Una educación más cara, con menores espacios para producir con lo aprendido.

Claramente, el aprendizaje no tiene solo un fin pecuniario. Pero ayer vi en Prensa Libre esta noticia desgarradora: Subió el empeño de pertenencias, por la época escolar. Señores y señoras llevaron sus cosas a cambiar, por unos cuantos pesos, para comprar útiles, cinchos y zapatos. En la fotografía, se ve un casco para motocicleta; estufas y muebles; las máquinas para lavar. Estufas. Sacar cargada la estufa de la casa, para darle educación a los chicos. Una educación pagada con dinero, que quizás nunca regresará. Si tan solo la angustia tuviera una materia. Cuánta de ella se vería estos días por las calles de la ciudad. Y de todo esto ¿acaso hay un sentido?

@pepsol