Punto de encuentro

A Guillermo Monzón Paz, el penalista de la Usac

Marielos Monzón @MarielosMonzon

Este sábado 27 de febrero se cumplieron 40 años del asesinato de mi papá, el abogado penalista y profesor universitario, Guillermo Alfonso Monzón Paz. A mi padre lo acribilló un escuadrón de la muerte a pocas cuadras de su casa y a plena luz del día. Su cuerpo quedó tendido dentro de su automóvil.

Las crónicas de los diarios cuentan que hombres armados, que se conducían en un automóvil blanco, empezaron a perseguirlo desde la línea del tren que separa la zona 8 de la zona 9. Como no lograban alcanzarle, le dispararon a las llantas de su carro, que se estrelló contra un árbol en el camellón central de la 5a. calle y 0 avenida. Varios años después, siendo yo una jovencita, el dependiente de una panadería que se ubicaba en esa dirección, me contó sobre la persecución y cómo se acercaron a mi papá para darle el tiro de gracia. Ese 27 de febrero de 1981 es uno de los días más tristes que recuerdo. Era viernes y recién habían pasado 3 días de la celebración de mi décimo cumpleaños. Habíamos quedado con mi papá que esa tarde, después de mi salida del colegio, iríamos al mar y pasaríamos juntos el fin de semana. Ese viaje nunca ocurrió. En aquella trágica mañana, Guillermo Alfonso Monzón Paz perdió la vida a manos de esbirros, al servicio del dictador Romeo Lucas García.

Prensa Libre, en su portada del día siguiente tituló “Tres profesionales fueron asesinados. Médico, abogado y economista cayeron bajo el fuego de las armas”. El abogado era mi padre. Un joven profesor de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) que con apenas 37 años era titular de la cátedra de Derecho Penal, secretario de la Facultad de Derecho, asesor del Bufete Popular y autor de dos libros. El primero, “La violencia institucionalizada en Guatemala —Las caras de la violencia—”, publicado en 1977, retrataba —desde la perspectiva criminológica— el terrorismo de Estado que se vivía en el país.

Ese libro, ser el abogado de decenas de familias que buscaban a sus seres queridos detenidos-desaparecidos, su práctica profesional y su cátedra universitaria, desde la que desafió al poder represor, le costó la vida.

Aquel día, su nombre se sumó al de cientos de mártires universitarios que fueron asesinados o desaparecidos en la sombría noche de las dictaduras militares. Pero ese joven penalista demostró que desde el Derecho —con ética, valentía y compromiso— se puede luchar por transformar el país; y que la inteligencia, la capacidad y el conocimiento se pueden y se deben poner al servicio del pueblo y, en especial, de los oprimidos y necesitados.

En estos días he pensado mucho en él. No solamente por lo que significó y significa para mí haberlo perdido. He pensado en mi padre desde lo colectivo. En él, en el economista y en el médico —los tres sancarlistas— asesinados aquel aciago 27 de febrero, hace ya 40 años, por empeñarse en defender la democracia y la libertad.

Es por él, y por los cientos de profesoras, profesores y estudiantes universitarios y sancarlistas, por nuestros héroes y nuestros mártires, que desde este espacio hago un llamado a no dejarnos vencer. Ellas y ellos nos enseñaron a amar la vida, a resistir, a pelear contra las injusticias y a rechazar la impunidad.

Que la llama de su ejemplo que con las balas no pudieron apagar, nos guíe hoy en el rescate de nuestra Universidad. Que el recuerdo de su compromiso y su valentía nos anime a pelear para que la justicia deje de venderse al mejor postor. Que ese fuego que dejaron en nuestros corazones nos mueva a desafiar este sistema corrupto y desigual y a respaldar a quienes hoy, como ellos lo hicieron ayer, están dando la batalla.

Cuarenta años han pasado desde que no estás, pero en mi corazón seguirás siendo siempre, mi imprescindible Guillermo.