Aleph

A un paso del fuego

Carolina Escobar

Aquel día, un 17 de diciembre de 2010, el vendedor ambulante fue despojado por la policía de sus mercancías, en un puesto de frutas y verduras. Su respuesta fue una protesta extrema y desesperada: se inmoló frente a todos. El joven tunecino tenía 26 años y se había diplomado en Informática, pero no había encontrado trabajo, como le sucedía entonces a la mitad de los jóvenes de los países árabes. Sidi Bouzid, así se llamaba, era la única fuente de ingresos para su familia.

Jamás habría de imaginar Bouzid que su martirio tendría las consecuencias que tuvo en Túnez: para enero del 2011, tras semanas de protestas, el dictador-presidente, Zine Abidine Ben Ali, huiría después de 23 años en el poder, acabando así con un gobierno corrupto y autocrático. Más allá de Túnez, lo hecho por Bouzid marcó el inicio de lo que el mundo conoció como la Primavera Árabe. Este artículo no busca sumar un análisis más a los muchos ya existentes sobre los impactos reales de ese capítulo de nuestra historia humana contemporánea. Busca solo ir a las causas de aquel hecho extremo: la ira, la indignación y la frustración de personas desesperadas cuyas necesidades reales no son escuchadas ni atendidas por sus gobiernos.

En Guatemala hay mucha gente desesperada, y no estoy hablando solo de la gente que está entre el más de 70% de pobreza o pobreza extrema. Estoy hablando de la impotencia que sentimos tantos ante esta democracia de mentiras, ante este teatro del absurdo que nos ahoga entre la corrupción, la impunidad y la extorsión. Hablo de las pocas alternativas que le está dejando la alianza criminal, fincada en este gobierno sordo, a la ciudadanía. Hablo de un sistema cerrado que solo le sirve a esa rosca con demasiado poder político, económico, judicial y militar (“élites depredadoras”). Hablo de acciones criminales de quienes gobiernan y provocan la muerte de tantos (sistemas de salud y educación colapsados, libramiento de Chimaltenango derrumbándose mientras el corrupto expresidente recibe un sueldo del Parlacén, cortes secuestradas, presos políticos, entre tanto más). Hablo de un engaño sin democracia, sin juego de poderes, sin justicia ni Constitución que valgan. Hablo de una dictadura que, en tiempo de pandemia, se volvió una tiranía mayor.

Estamos a un paso del fuego. La gente tiene hambre, la gente no se siente representada, la gente vive cada día múltiples violencias, la gente está abandonada a su suerte. Vivir sin dignidad es una manera común de vivir en Guatemala. Este gobierno carece ya de toda legitimidad, y ante ello, en las calles cada vez hay más perros del orden. La gente está llegando a los hospitales construidos y supuestamente abastecidos con el dinero de los préstamos millonarios obtenidos por el gobierno durante la pandemia y se está dando cuenta de que tiene que pagar hasta por el oxígeno que necesita usar para salvar su vida. ¿Cuántas familias en Guatemala tienen lo suficiente para pagar las medicinas y el oxígeno que se requieren para tratar un caso de covid? Seguimos entre los países de vacunación más lenta del mundo y nuestra actitud de eternos mendigos le abre la puerta a donaciones de otros países que sienten lástima por nosotros.

Todas las instituciones del “sistema” (sistema como esa cosa amorfa constituida por los tres poderes alineados + sus patrones) están agotadas. La gente se muere fácil en Guatemala de hambre o diarrea, y la migración no se detendrá hasta que vivamos como personas y los gobiernos vuelvan a ser gobiernos y no bandas de asesinos bien pagados. Algunos entran a la política guatemalteca creyendo que irán a la fiesta y podrán rechazar al diablo, pero el diablo termina hasta enseñándoles sus propios pasos de baile.