Sin fronteras

Abandonando un país desinteresado

Pedro Pablo Solares@pepsol

Cuando Catalino Martínez empezó a caminar, en papel, las pertenencias de su familia sumaban Q40 mil. Esto, incluyendo el precio de su parcela, la cual equivale a la totalidad de ese patrimonio. Los mentados Q40 mil que han circulado en la mente familiar por años, se dicen asumiendo —claro está— que la tierra tiene realmente un valor en el mercado; es decir, que alguien estaría en verdad dispuesto a pagar ese dinero por su lugar. Pero el mercado —llamémosle así— en ese paraje de la aldea Coyá, en San Miguel Acatán, no es uno que precisamente esté activo.

Por generaciones, más bien, los terrenos se han ido heredando de abuelos a papás, y de papás a hijos; ese es el futuro que se depara una dosis de realismo para el patrimonio de la numerosa familia Martínez. Su lote de dos cuerdas está perdido en la montaña número 795 del lejano Huehuetenango, a 40 minutos caminando desde la nada; ahí, donde ya se va llegando más allá de lo vacante. En las ciudades urbanas se suele descalificar la sabiduría de la montaña. Se tiende a pensar que desde aquí se puede pensar mejor que allá. Pero no hay duda de que Catalino Martínez y su familia tienen buen entendimiento de su imposible situación. Su masa patrimonial, comercialmente hablando, contrario a lo que han dicho por años, asciende a cero.

Cuando Catalino Martínez empezó a caminar fue en un frío mes de febrero. Antes, el ciclo de las siembras del año anterior duraba varios meses después de la última cosecha. Es decir, que para febrero los agricultores del lugar se mantenían aún bastante ocupados. Pero para entonces, con dos años de raquíticas cosechas, para las últimas semanas de enero, Catalino y los vecinos se habían quedado ya sin mayor trabajo que hacer. En la montaña es mucho el tiempo que queda libre para dejar viajar la mente entre la angustia y la ilusión.

Mucho tiempo para meditar sobre otro año sin dinero, como fruto de la venta del cultivo; y tiempo para navegar entre mares de zozobra, anticipando el dolor del cuerpo humano, por otro año más sin la mínima alimentación. Cuando tomó conciencia de que había empezado a evitar pasar cerca del pasillo donde vacíos están sus cuatro silos para granos, reaccionó de manera más repentina que pausada. Tomó menos de dos semanas en tomar su bolsa y caminar. Y dejar todo lo que en su vida había conocido. Todo, en busca de ese sueño americano.

Cuando Catalino Martínez empezó a caminar, en ese mes de frío huehueteco, no sabía mucho acerca de los detalles, que escasos meses antes, con la ayuda de una comisión internacional, la Fiscalía de su país perseguiría y revelaría casos específicos de cómo el Estado está robado a favor de grupos paralelos, desinteresados completamente de su bienestar personal y familiar. Que en el proceso de robo de ese Estado, participan activamente los propietarios principales del capital tradicional. Que tres años más tarde, vendría en camino otra decepción electoral. En un proceso capturado, secuestrado, cooptado. En un proceso electoral donde ni es tema de conversación su realidad.

Quizás cuando empezó a caminar no sabía los detalles; que a sus propios compatriotas les importe poco su problema y el de los suyos. Quizás no era necesario conocer esos detalles. Hay sabiduría en abundancia en esa montaña de Coyá, en San Miguel Acatán. Ese sueño americano vive adentro en sus corazones. Hablando con él, escuchándolo a él, tal vez sea acertado decir que es lo único que vive ya en su corazón desilusionado.