Sin fronteras

¿Acaso la vida espera?

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No necesitas estar montado en el Titanic para entender que un barco de rescate —horas más tarde del hundimiento— es una solución tardía para los desesperados tripulantes. Igual sucede con la migración masiva que huye por falta de condiciones de nuestra más remota ruralidad. La pregunta no es si hay tiempo para esperar el desarrollo en esos lugares. En forma más empática, nos debemos cuestionar quién tiene el tiempo para esperar. Los factores a considerar llegan a ser dramáticos. Qué tal si todo lo que es importante para una familia depende de ello: Comer. Educarse. Aspirar. Realizarse. Prosperar. El simple hecho de vivir más tranquilo de que las cosas saldrán bien. O alejarse de la tragedia, que merodea tan cercana. En la era de la emigración masiva, los pueblos rurales nos responden esa pregunta de manera clara y contundente: Irse, nos dicen, mientras contratan un coyote, es su oportunidad de vida. No pueden esperar.

No es cuestión de carecer de visión estratégica. Nunca me terminó de convencer la difundida solución al fenómeno que vivimos: “Hay que crear condiciones aquí para que la gente no se vea obligada a irse”. Siempre me pregunté si quienes lo promueven con tanto entusiasmo han hecho el esfuerzo por llegar a suficientes de las comunidades lejanas que expulsan el grueso del río humano. Para visualizar la dimensión de la tarea que supone desarrollar los parajes, los caseríos, aldeas y municipios donde hace algún tiempo toda familia que tiene oportunidad de irse lo hace. Se va, tan pronto como logra esa oportunidad. El otro día, mientras manejaba un todoterreno en la orilla de un precipicio, bajando a Amelco, luego de Barillas, en el norte huehueteco, a nueve horas de la cabecera departamental, y a 15 de la ciudad capital, buscando a una familia destruida por los efectos de la deportación forzada, terminé de convencerme: una tercera alternativa es la única opción éticamente humana.

Se nos ha planteado una dicotomía que es insuficiente. Un abordaje a la migración desde una sola de dos perspectivas: la de seguridad, que básicamente mira la necesidad de fortalecer cercos policiales; y la del desarrollo, que habla de atender las causas que la originan, especialmente mejorando las condiciones de vida en países de origen. Y aunque esta última —sin duda alguna— es importante, trascendental, no da respuesta a la presente generación que, en términos realistas, en su inmensa mayoría, jamás verá la cara al mejoramiento de sus condiciones de vida. Más que una simple cuestión de comprensión, esta es cuestión de dimensión. Y de aceptación de lo que científicos sociales nos dicen, que Guatemala es un país de comunidades atomizadas. Más de 19 mil micropoblados, identificados algún día por el doctor Carlos Gehlert Mata en sus estudios de salud pública.

Guatemala, como país, está en deuda de una posición internacional propia. Una tercera propuesta, además del desarrollo en el que debemos trabajar. Esto para responder a los que ya dependen de la migración. Según la Organización Internacional para las Migraciones, son más de seis millones los que dependen de una remesa familiar. Eso, además de los tres millones que se estima viven en EE. UU. Pienso en las familias, como esa de Amelco, cuyos jornales de miseria nunca alcanzaron, y ahora, la lluvia impredecible arriesga sus granos para comer. El trabajo que un día tuvieron en Iowa fue una solución. Para ellos de vida, y para la industria estadounidense, una solución económica. Pero Guatemala no parece verlo, pues no trabaja en esa dirección diplomática. Como en el Titanic, las comunidades saben que el tiempo apremia. ¿Acaso la vida puede esperar?