Aleph

Acosar no es piropear

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Tenía 16 años recién cumplidos. Mi novio, luego padre de mis hijos, vivía a la vuelta de mi casa, por lo que ambos caminábamos hacia la casa del otro cuando queríamos vernos. Una tarde, regresando a casa, un grupo de albañiles que construía una edificación de dos pisos se la tomó conmigo; pasaron de chiflar y gritar expresiones denigrantes que antes muchos consideraban piropos, hasta tirar una bola de papel periódico arrugado desde arriba que, para su alegría, cayó entre mi blusa, justo en medio de ambos pechos. Mi cuerpo nunca lo olvidó.

En aquel entonces, eso no se llamaba acoso y ni siquiera tenía nombre. Más bien, una mujer que se quejaba era exagerada, y hasta debía agradecer que los hombres la voltearan a ver (¡!). Hoy, sabemos (porque lo hemos nombrado) que una mirada, una palabra, un gesto o un contacto físico que nos hace sentir incómodas, tanto en la calle como en la cama, la escuela, internet o el trabajo, se llama acoso. Le sucede a muchas niñas que no pueden aún nombrarlo o que son amenazadas si cuentan cómo se sienten, pero también le sucede a adolescentes y mujeres silenciadas o que siguen creyendo que su valor lo define un hombre, no importando si es o no un agresor.

El acoso es parte de la misma lógica que impulsa a un femicida, a un violador o a un abusador a cometer un hecho violento contra una mujer. Hay niveles, claro está, pero en las guerras esa es la lógica que ha favorecido la existencia de las “mujeres de confort”, forzadas por el ejército japonés a la esclavitud sexual, o las mujeres ixiles, violadas por el ejército guatemalteco. Es la misma lógica que mandó, por siglos, que los cuerpos de las mujeres fueran callados y obedientes para preservar el orden, sobre todo por el tema de la reproducción biológica e ideológica de las sociedades. Por ello, cada régimen totalitario tuvo su instancia para reproducir la sociedad que consideraba ideal, como en el caso de “Lebensborn”, en la Alemania nazi, creada para expandir la raza aria. Todo allí giraba alrededor de los cuerpos de las mujeres que podían ser madres.

Vuelvo al tema del acoso y pido, por favor, que nadie diga que acosar es lo mismo que “piropear”, agradar o hacer sentir bien a una mujer. La mirada lasciva de un hombre no es erotismo, la nalgada frente a todos para que sepan de quién es la mujer no es una caricia, y la palabra denigrante jamás será un piropo. Si alguna mujer se siente bien con que la toquen, intimiden o insulten en donde no quiere cuando no quiere, tendrá que cuestionarse a sí misma dónde está su propia estima y cuál es su medida del respeto a sí misma y de la sana sexualidad a la cual tiene derecho. También a las mujeres nos toca re significarnos.

El acoso es un comportamiento agresivo y repetitivo que una de las partes no desea, y que la otra parte ejerce a través de la fuerza, involucrando un desequilibrio real de poder. Cuando hay acoso, hay traumas severos, como en el caso del bullying en el ámbito escolar, que puede llevar, incluso, al suicidio. Acá, sin embargo, me estoy enfocando en el acoso sexual histórico, repetido y normalizado de muchos hombres sobre muchas mujeres, porque el sistema lo permite. Y tantas veces nos convertimos en cómplices de acosadores, cuando circulamos imágenes o videos de mujeres en situaciones denigrantes, cuando las menospreciamos frente a otras personas por su apariencia, o cuando no les creemos.

Cuando una mujer vive en una país conservador, violento y machista como el nuestro, donde el delito más denunciado es la violencia sexual y los femicidios han aumentado críticamente en los últimos 18 años, está más expuesta al acoso y a vivir en estado de alerta. Pero los tiempos cambian y ya no se trata de las mujeres contra los hombres o viceversa, sino de ser parte de un mismo mundo que podamos reimaginar y construir juntos, para caminar, amar y convivir sin miedo.