Aleph

¿Alea iacta est?

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Perdonen la pedantería de volver al lenguaje “culto” que hace varias décadas fue el único usado en las misas y los espacios de transmisión del conocimiento reservados para pequeños grupos sociales, pero la realidad que da vida a este texto justifica sobradamente el título. No intentaré abordar temas como la formación del Estado moderno de Guatemala, pero todos sabemos que en este proceso ha habido una estrecha relación entre el poder de las elites política, eclesial, académica, social o económica, todas relacionadas entre sí históricamente alrededor de una lógica, lenguajes, discursos, prácticas y fines comunes.

Alea iacta est significa que la suerte está echada y que, ante ello, solo podríamos esperar; sin embargo, al agregar los signos de interrogación, subyace una invitación a no quedarnos de brazos cruzados ante esta caricatura electoral y ante la embestida del Pacto de Corruptos que quiere dar su estocada final a la intención democrática que venimos trazando hace algunos años. Yo, que no tengo partido y me reservo cuando me da la gana el derecho a votar, considero que los obstáculos interpuestos a la participación de Thelma Aldana no tienen que ver con el impedimento a una persona o a un partido, sino con la intención de arrebatarnos la democracia y darle muerte a un Estado secuestrado.

Si bien es cierto que el voto es apenas un mecanismo democrático y que nuestra participación siempre trascenderá las urnas, con esta acción nos limitan —una vez más— la posibilidad ciudadana de elegir entre varias opciones. La acción del Tribunal Supremo Electoral (TSE) que rechaza la inscripción de Aldana, pero permite la de otras candidatas y candidatos sumamente cuestionados de otros partidos, desnuda los mecanismos e instituciones que utiliza un Estado corrupto para asegurar su permanencia. A medio camino entre el Estado, como organización política, y sus mecanismos, está justo esa lógica o forma de racionalidad implicada en el ejercicio del poder de Estado que nombraba en el primer párrafo. Esa lógica que nos ha llevado a acomodarnos alrededor de un Pacto de Corruptos que se había convertido en un pacto social implícito, convenido silenciosamente por toda la sociedad, hasta que la Cicig de Velásquez terminó de poner en evidencia a sus principales protagonistas.

No es entonces casual que la magistrada del TSE María Eugenia Mijangos dijera hace dos días públicamente que había razonado su voto porque había una verdadera conspiración en contra de la participación de Aldana, de la siguiente manera: “…Es obligación del TSE continuar con los esfuerzos dirigidos a la construcción democrática y al cumplimiento de los principios del derecho electoral, ponderando y examinando en el ámbito de su competencia, en el marco de los principios doctrinarios y de interpretación del derecho electoral y en la sana crítica… en las presunciones iuris (presunción absoluta) y presunciones hominis (presunción judicial) que llevan al convencimiento sobre la existencia de una verdadera conspiración y presentación de una serie de acciones sistemáticas, incluyendo judiciales en contra de la participación de la candidata Thelma Aldana”.

Estas aberraciones del poder de Estado expresado en sus instituciones nos dan muchas luces sobre la “racionalidad” política producida por este Estado (que es mucho decir en un país donde las elecciones se vuelven cada vez más reality shows y menos procesos democráticos).

Así convenido, vuelvo a preguntarme si la suerte está echada en Guatemala o no desde antes de las elecciones. No juguemos al juego de buenos y malos, porque lo que está en juego es la democracia. Me pregunto si el Pacto de Corruptos irá descartando, una a una, a quienes puntean en las encuestas para llevarnos a “elegir” a un personaje a la medida de la juglaría política y los intereses nacionales e internacionales. ¿Quedarnos sentados ante esta embestida o hacer un pacto ciudadano que le salga al paso?