Sin fronteras

Algo tiene que ceder

“Solo queda irse”, me dice Rafael, por teléfono y desde su planicie inundada en un lugar de Alta Verapaz. Este es un hombre que soporta lo inimaginable. Pero, aparentemente, esto ya ha sido demasiado. Cuando lo visité el año pasado como parte de un esfuerzo por documentar la hambruna climática, las tierras donde trabaja eran un auténtico desierto. Ahora, sus cultivos son un río. El único denominador común en los contrastes del cambio del ciclo de las lluvias, es que la vida se hace insostenible. Tras Eta y tras Iota, todavía queda mucho por documentar. El suyo es un lugar que aún no sale en las noticias. Y tampoco en las listas de lugares a donde llega ayuda humanitaria. De asistencia estatal, ni siquiera hablemos. No hace falta ir allá para saber el abismo en que se vive. Dice Rafael que un saco de maíz es lo único que le queda. Eso no dura más que un par de semanas. Esto pasa este sábado 21 de noviembre. Esto, mientras la camada de turno que saquea desde el gobierno ha aprovechado las calamidades nacionales para robar más dinero. Increíble el insulto, aún para nuestro penoso estándar.

En un momento de extrema necesidad, algo tiene que ceder.

Recibo otra llamada este sábado de noviembre. Esta vez, desde una aldea en lo alto de los Cuchumatanes. Es Nasario, el amigo deportado, a quien conocí en 2018, después de que le sustrajeron a su niña en la frontera gringa, cuando intentaban huír de este país. Un hombre acostumbrado también a situaciones extremas. Ahora, la angustia se escucha en su voz. Dice que en peligro están sus vidas. Mientras, atrás, un tumulto en el teléfono. Están evacuando. Su pequeña aldea, está al costado de las piedras de Kab ‘Tzin, en las montañas huehuetecas. El agua, dice, brota del suelo. Temen un derrumbe; que los sepulte la montaña. A ellos, a sus pequeños, y a sus familias. Y aún en el caso de que lograran evacuar, a sus casas, sus animales, sus modestas vidas. La impotencia es absoluta en llamadas como estas. No es un problema que se solucione con la buena voluntad de una o cien altruistas. No es solo una familia la afectada. Es un problema de Estado. Es una parte significativa de la población que hoy colapsa detrás de las montañas del silencio en Guatemala.

2020 nos está rematando. Algo tiene que ceder.

Se miran señales de alerta en el país. De norte a sur, oriente y poniente, los testimonios de personas que no se conocen entre sí, coinciden en un mismo sentimiento: Desesperación. Eso se funde con otro en la ciudad: Indignación. El nuestro no es un pueblo bravo, pero en 2020 las circunstancias aceleran los procesos que llevan a la gente a tomar medidas extremas. Durante largos años, hubo válvulas de escape. El viaje al Norte fue uno de ellos. Pero en la medida de que esto se hace más difícil, inevitablemente la presión buscará otros desfogues. “Solo queda irse”, sí. ¿Pero a dónde, y a qué? Las urbes, con sus economías lastimadas por una epidemia mal atendida, tienen aún menos que ofrecer. No es de extrañar que en ellas, los vecinos ya hablen preocupados por brotes de delincuencia. Señales claras debieran alertar a quienes actúan como propietarios de un país feudal. Han actuado de la mano con estos políticos, que son torpes y vulgares vándalos.

Cierro esta columna y abro el Internet. Le han prendido fuego al nido criminal: el Congreso de la República. Una guillotina colocada a media calle en la sexta avenida.

Algo tiene que ceder.