Con otra mirada

Arquitectura y la falta de educación visual

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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Cada nación, en la medida que crece y se desarrolla, crea expresiones propias como la música, literatura, artes plásticas, industria y artesanía, que llegan a representar momentos de su historia. Dentro de esos períodos pueden mencionarse la Edad Media, El Renacimiento, Barroco, clásico, moderno y la época hippie, por ejemplo. Características que definen la identidad cultural de los pueblos, a las que debe sumarse el importante influjo de los valores intangibles, como las costumbres, tradiciones, gastronomía, expresiones idiomáticas y otras con las que se identifican y son reconocidos como país. En nuestro caso, la conmemoración de la Semana Santa, el día de los muertos, con su tradicional fiambre, y los tamales del sábado por la tarde son un ejemplo.

Sin embargo, hay otras contundentemente tangibles como el Urbanismo y la Arquitectura, actividades humanas que crean y dan carácter a las ciudades, cuya presencia no pasa desapercibida, aunque muchas veces sea incomprensible, por falta de educación visual.

Por razones culturales tenemos cercanía con períodos de las culturas precolombinas como la olmeca y maya, colonial y republicano, en el que florecieron los estilos Neoclásico, Modernista (Art Noveau y Art Deco), Moderno y Contemporáneo, Posmoderno, Deconstructivo, hasta nuestros días, en que prevalece el regreso a los “neos”, unos más pobres que otros.

Las ciudades son para sus habitantes lo que la casa para la familia; es decir, el espacio físico en el que desarrollan sus actividades. Estas pueden ser de trabajo, comercio, administración, salud, entretenimiento y deporte, por mencionar algunas públicas, así como de alimentación, descanso, procreación, socialización, entre otras, para la vida familiar.

La configuración de los espacios públicos es del ámbito del Urbanismo y la de los edificios, de la Arquitectura. En ambos casos hay condiciones ajenas al uso para el cual son diseñados que determinan su solución, tal el caso de su ubicación física y geográfica (frente al mar, en las montañas o planicies), así como el clima y su altura respecto del nivel del mar. De esas condiciones se derivan respuestas que a la postre dan a cada ciudad el carácter particular con el que se identifica al pueblo que la construyó.

Caso contrario sucede con el reconocimiento, uso y apreciación de los espacios públicos, sean calles, plazas o parques, y la Arquitectura, sea esa pública o privada; se trate de un edificio o de una casa. Pese a que la Arquitectura está ahí, dándole forma al espacio urbano y creando el paisaje construido, a pocos parece importar. A nadie interesa alzar la vista para apreciar sus valores volumétricos, plásticos o estructurales, colores y detalles, y, menos aún, saber quiénes son sus autores. La Arquitectura está ahí, buena, regular o mala; nos identifica como nación y sin embargo nos pasa inadvertida.

El terremoto del 4 de febrero de 1976, 45 años atrás, hizo notoria la Arquitectura, exponiendo la fragilidad de sus estructuras, provocando una tragedia. En términos sísmicos, el riesgo se manifestó en el colapso de casas unifamiliares y taludes de carreteras, daños a edificios y desalineación de líneas férreas, causando la muerte de miles de conciudadanos, heridos y la incontable pérdida de viviendas. La experiencia, dicho sea de paso, dejó grandes lecciones sobre el comportamiento de los materiales y sistemas constructivos. La Arquitectura no volvió a ser la misma después de aquella fatídica fecha.

Hoy las especificaciones estructurales son de aplicación universal, aunque no siempre atendidas y observadas con rigor, poniendo en evidencia la irresponsabilidad individual y la complicidad administrativa.