De mis notas

Banquero a lo Pulido

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Domingo pasado, una tarde lluviosa, y me encuentro después del almuerzo sentado en mi estudio leyendo el libro de Diego Pulido Mis huellas, que finamente me había enviado con una linda dedicación.

Confieso que llevo años sin leer un libro de corrido y en unas cuatro horas. Lo escribió con una narrativa personal de fácil lectura que cautiva la atención del lector desde las primeras páginas. Se toma su tiempo en narrar la historia de su familia en España, su abuelo —el adivino de plagas…—, sus padres, las huellas de ellos en él, su paso por el laberinto de emigrar a Guatemala y su adaptación a la cultura chapina, incluyendo dejar los pantalones cortos, estudiar hasta salir pulido con licenciaturas y maestrías, hasta casarse con la mujer de sus sueños.

Un libro multifacético para aprender de banca, política y empresarialidad, y porque habla de la realización personal en términos detallados, enseñando, como profesor universitario que fue durante más de 20 años, valiosas lecciones de vida.

Quizás me fue fácil terminar el libro y quedar gratamente satisfecho porque ha sido mi banco también. Donde abrí mi primera cuenta y en donde he manejado toda mi vida —tan longeva como la de Diego— las finanzas personales, los plásticos, las apps y todos esos servicios bancarios que hoy los recibimos con la mayor naturalidad sin percatarnos de la asombrosa evolución que han tenido a través del tiempo por las innovaciones que banqueros como Diego han implementado rompiendo el viento en la industria bancaria con nuevos productos y servicios para consolidar la gran institución que es, porque lo hizo cultivando al cliente, en el último análisis, el que trae el negocio a la mesa, como lo señala.

En la historia que narra el libro hay huellas de Diego por todos lados: En el ámbito político, en el deporte, en la cultura, en la educación.

En lo político, con el Plan Visión de País. Por cierto, un proyecto que apoyé con mucho entusiasmo. Escribí no pocas columnas en este diario y entrevisté varias veces en mi programa televisivo a Diego y su equipo con el fin de dar a conocer la fórmula para acabar con la maldición de los gobiernos “cuarentiochomeseros…” de mecha corta e implosión segura, que hacen imposible remontar nuestras carencias más sentidas con visiones de corto plazo.

El PVP fue una labor de 12 meses, incontables reuniones, mesas de trabajo y cuantiosos recursos hasta consensuar un pacto entre los partidos políticos que permitiría impulsar políticas públicas en un plazo de 15 años indiferente al gobierno de turno. Estaría avalado por todos y basado en los ejes prioritarios definidos: educación, seguridad y justicia, desarrollo rural, salud y nutrición.

Pero como lo narra Diego, el Plan Visión de País fue uno de sus grandes logros, pero a la vez, de sus grandes decepciones. Porque a pesar de una convocatoria apoteósica con todos los estamentos políticos del país en la presentación de un proyecto de incuestionable trascendencia, se fue a morir a las gavetas del legislativo, cuna del cáncer donde se gesta el tumor que sigue carcomiendo a Guatemala. Y como lo sentencia Diego: “No hay posibilidad de cambiar el rumbo de este país, si no cedemos parte de nuestra verdad y los partidos políticos no llegan a un acuerdo de nación”.

Refrescante, también, haber cedido algunas páginas a sus familiares y a los colaboradores que le asistieron en hacer realidad sus proyectos culturales, educativos y deportivos. Por espacio no los menciono. Basta decir que se lleva innumerables distinciones y deja a una de las instituciones financieras más sólidas de Latinoamérica.

Salió bien “pulido” el muchacho, diría el abuelo…