A CONTRALUZ

Basta ya de capuchas

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Este año, la Huelga de Todos los Dolores cumple 126 años. Su primera expresión se remonta al 1 de abril de 1898, Viernes de Dolores, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de San Carlos de Guatemala realizó una manifestación satírica para criticar al gobierno de Manuel Estrada Cabrera. Ese sería el germen de una tradición que durante más de cien años ha sido una expresión contestataria, que se vio interrumpida de 1903 a 1920 por la represión de la dictadura que no permitía ninguna forma de oposición. Por medio del desfile bufo y el anuario No nos tientes los estudiantes han fijado su postura de rechazo contra toda forma de tiranía e imposición. Esta actividad fue inmortalizada por Miguel Ángel Asturias en su novela Viernes de Dolores, en la que se recrea la organización del Honorable Comité de Huelga, y en la que también hace su aparición estelar La Chalana, el grito de guerra de los universitarios sancarlistas.

' La capucha se ha convertido en un instrumento de impunidad para cometer desmanes por delincuentes disfrazados de estudiantes.

Haroldo Shetemul

Durante el conflicto armado (1962-1996), la Huelga de Dolores jugó un papel importante en la denuncia de los desmanes de los regímenes militares que impusieron un período de secuestros, torturas y asesinatos. La voz valiente de los estudiantes se escuchó a través del desfile bufo, los boletines y el No nos tientes. Durante ese tiempo los huelgueros recurrieron a la capucha para evitar ser identificados por los esbirros de los gobiernos de turno. Se entendía entonces que era un recurso necesario para mantener el anonimato de quienes se manifestaban en contra de la corrupción y las acciones sanguinarias de quienes detentaban el poder. Era una forma de proteger la vida. Hasta los años ochenta, del siglo pasado, esta expresión de crítica se centraba en el rechazo al oscurantismo gobernante. Sin embargo, a medida que la dirigencia estudiantil fue perseguida, grupos de delincuentes comenzaron a infiltrarse en la Huelga de Dolores, con lo que comenzó su proceso de descomposición.

La otrora manifestación de crítica universitaria pasó a ser usufructuada por mafiosos, cuyo único interés era el lucro. Se multiplicaron las extorsiones a comercios y estudiantes, secuestro de autobuses, así como el bloqueo de calles, en las cuales han exhibido una violencia demencial. El vandalismo hizo su aparición en Quetzaltenango, San Marcos y la capital porque la huelga comenzó a ser utilizada por delincuentes para agenciarse de fondos por medio de la talacha. Destrucción de inmuebles, saqueo de mercadería y ataques a quienes se oponen a sus desmanes se convirtió en la expresión de los huelgueros. La capucha pasó de ser un recurso para proteger la vida a una forma de impunidad. Así, encapuchados, los delincuentes cometen excesos sin que se sepa quién lo hizo. Gente ajena a la Universidad de San Carlos se ha apropiado de esta genuina expresión de lucha universitaria y la ha desnaturalizado.

La más reciente muestra de vandalismo ocurrió la semana pasada, en un edificio de la Facultad de Derecho. Un grupo de individuos, encabezados por personas que habían sido expulsadas de la Usac, golpearon a estudiantes, en su disputa por el control de la huelga. Creo que ha llegado el momento de decir basta a estas acciones criminales que no representan el sentir de los estudiantes sancarlistas. Una primera medida impostergable es el rechazo absoluto a las capuchas, las cuales ya no son necesarias. La capucha actualmente es un símbolo de la arbitrariedad con la que actúan los criminales que tratan de utilizar la Huelga de Dolores para sus aviesos fines. No solo se deben impulsar acciones de denuncia penal contra estos individuos, sino que también es fundamental poner un alto al abuso del anonimato de los delincuentes. Basta ya de capucha, la cual solo permite que los criminales operen con total impunidad. La Huelga de Dolores necesita reinventarse y dignificarse.

ESCRITO POR:

Haroldo Shetemul

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Profesor universitario. Escritor. Periodista desde hace más de cuatro décadas.