La buena noticia

Bautizados y enviados… ¿cómo?

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

Celebrando mañana la Jornada Mundial de las Misiones con la llamada “extraordinaria” de Papa Francisco para octubre 2019 “Bautizados y enviados”, la comunidad de los discípulos que llamamos “iglesia” es enviada a llevar “no una idea, un mensaje”, sino la presencia de una persona viva: Aquel al que Pablo define en Romanos 1,1-7 como “Evangelio escondido antes de todos los siglos” y revelado ahora, Jesucristo. Pero a través de los siglos esa misión ha tenido tantos héroes que la han vivido, como otros que la han malinterpretado.

Así: 1) La misión la comenzó el mismo Dios, quien “envió a su Hijo” porque amaba al mundo (Jn 3, 16)… porque se conmovía de la situación de muerte, oscuridad, conflicto. Una misión, entonces, “de origen divino” y “movida por el amor” que se perpetua en los misioneros que salen impulsados por ese amor y no por intereses ideológicos, sectarios, etc. al decir del apóstol Pablo: “El amor de Cristo nos impulsa” (2Co 5,14).

2) La misión —el “salir y anunciar”— solo puede hacerse desde la “experiencia personal de encuentro con Aquel que se anuncia”: es decir, se testimonia a través de una vida transformada, no por una técnica de mercado o de espectáculo televisivo, sino mostrando “lo que el Evangelio —que es la persona de Cristo— ha hecho en cada uno”. De los misioneros en su país se quejaba Gandhi (1869-1948): “Me gusta Cristo, pero no los cristianos; son tan diferentes a Él”. Con tanta razón indicaba San Francisco a sus enviados: “Anuncien el Evangelio, y si es necesario hablen”. O sea, ni panfletos, ni videos, ni señales extrañas, sino “una nueva forma de vivir”: un verdadero misionero no puede tener así una “vida oculta o privada” y salir solo por momentos de “show”, sino mostrar con humildad lo que el Señor hace cada día en su vida.

3) La misión no es una forma de dominio de la conciencia —como ocurre al anunciar el fin del mundo, el castigo de Dios—, sino una iluminación de ella, como solo “conocer el amor de Dios” da paz a la Humanidad. No es proselitismo que “captura creyentes” haciéndolos creer que “ahora son mejores que los demás”, estimulando un sentimiento de superioridad y desprecio a los “no creyentes”, antes que un cambio profundo de la conducta; 3) La misión, si bien tiene la imagen clásica del “misionero que parte a un mundo lejano”, es una “acción hacia quien está cerca”: “Los misioneros anuncian siempre un mensaje de salvación a todos. No solo los misioneros que van lejos, también nosotros, misioneros cristianos, decimos una buena palabra de salvación” (Papa Francisco, Angelus, 3 de junio 2016). Sin dejar de recordar que “hay tres cuartas partes de la tierra que no conocen, o conocen mal el Evangelio”, y sin frenar ese impulso de viaje misionero, hay que admitir que el secularismo, la confusión religiosa —¿sentimiento, adrenalina o vida nueva?— urgen una “misión en la propia casa”.

4) La misión implica la “configuración también dolorosa”, con el que se anuncia: el mejor testimonio de que “Dios existe y vale la pena” es la entrega de la propia vida de tantos “misioneros mártires”, testigos con la sangre de un “Sumo Bien” al que apunta su deseo. Y todo comienza con el “bautismo”, con la luz que se recibe y con la unión con el “muerto y resucitado” para que los demás tengan vida.

Que la Virgen del Rosario, portadora en sus brazos del Niño que es Evangelio vivo, anime la misión de todo bautizado, ella que “salió presurosa hacia la casa de Isabel”, llevando en su seno la misma persona de Señor (cf. Lc 1,39-45).