Aleph

Bienvenida la tibia razón

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Este año comenzó difícil y este gobierno sigue cosechando, sobradamente, el calificativo de “el peor de la historia”, generalización que parece no ser tan trivial frente a la realidad. Los magros avances democráticos se han anclado en un no-país que retrocede a la velocidad de un jaguar, y vamos de incertidumbre en incertidumbre, viendo cómo el pacto de corruptos golpea a un Estado en sus partes más sensibles.

La sociedad civil está descontenta con buena parte de su clase gobernante y con esa parte de la patronal que, históricamente, ha financiado el modelo fallido de concentración en pocas manos y exclusión de las mayorías. Por eso, miles de personas han salido a las calles a expresar las demandas que tanta indignación y descontento producen. En las calles se vivió un cuerpo-a-cuerpo simbólico con instancias como los ministerios de Relaciones Exteriores, Defensa, Educación y Gobernación; con la antigua Escuela Politécnica; la Cámara de Industria de Guatemala; la Corte Suprema de Justicia; la Corte de Constitucionalidad y el Palacio de Gobierno. No fue poca cosa.

En medio de tal caos, llega la campaña electoral que nos pondrá a elegir nuevas autoridades el próximo mes de junio. Aquí me quiero enfocar. Entre más incertidumbre e ignorancia, más se colarán los discursos de odio que agitarán las cortezas cerebrales (si tenemos suerte de que lleguen hasta allí), con temas como la homosexualidad, el aborto, la religión, el deber ser de las relaciones hombre-mujer, entre otros. Todos temas importantes, sin duda, pero en este contexto electoral, no los medulares. Hay que recordar que Bolsonaro ganó en Brasil justo con esos discursos, y que, luego de una intensa campaña con los principales líderes de las iglesias pentecostales y neopentecostales, subió en los últimos meses de un 26 por ciento a un 42 por ciento de votantes.

Nuestra moral confesional es tan culposamente ciega, que internalizamos o malinterpretamos a voluntad la frase bíblica que hace siglos sentenció: “¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. (Que cada quien revise su interpretación). La tibieza tiene la ventaja de ponernos a pensar fuera de las cajas que nos han definido, actividad proscrita por peligrosa. Se entiende que siempre sea más seguro y cómodo “definirse” y que haya tantas personas que se definen públicamente de una manera, pero vivan en su vida privada de manera muy diferente. ¿Ejemplos? Vean cuántos diputados defienden a la familia y los valores, pero son abusadores y/o ladrones.

Cuando Hannah Arendt dirigió unas palabras a sus estudiantes sobre Las experiencias políticas en el siglo XX (1968), lo primero que les dijo fue: “Ninguna teoría; olviden todas las teorías”. Con ello no buscaba que dejaran de pensar o de estudiar a sus referentes teóricos (todo lo contrario), sino que entendieran que “pensamiento y teoría no son lo mismo”. Les dijo que pensar sobre un hecho es recordarlo, porque “de otro modo se olvida” y justo ese olvido es el que pone en peligro la significatividad del mundo.

Entre más escucho los discursos de odio en boca de las “buenas personas” que defienden ciegamente (desde cualquiera que sea su tribuna) la patria, la política, la familia o la religión, más siento que me identifico con lo que algunos califican de la “tibieza” que no pide “tomar postura” o “definirse”. Me gusta la tibieza de las rotundas convicciones, versus el calor sofocante del dogma de los fanáticos que piden incendiar el mundo por una idea que jamás pensaron ellos. Me identifico con la firme tibieza de quienes abrazan con consciencia y consecuencia la vida propia y ajena, más que con quienes sostienen a la fuerza una cultura de muerte o una idea que les da sentido de pertenencia, sin haberla cuestionado jamás. Estamos tan acostumbrados a usar las entrañas, que pensar se ha vuelto la actividad más escasa de nuestro tiempo.