Punto de encuentro

Bolivia: la verdadera cara del golpe

Marielos Monzón @MarielosMonzon

Tras el golpe de Estado en Bolivia se ha suscitado una serie de hechos que confirman que la violencia racista y clasista es el gran paraguas que cobija el accionar de los golpistas.

Desde que Jeanine Áñez se autoproclamó presidenta, en una sesión legislativa en la que no había quórum porque la Policía impidió la entrada a los legisladores del partido Movimiento Al Socialismo (MAS), hemos sido testigos de cómo se materializa en decisiones y acciones políticas el desprecio brutal contra los pueblos indígenas y todo lo que representan.

En primer lugar, a través de la violencia como método para frenar las masivas movilizaciones sociales. Al momento de escribir esta columna, 24 personas han sido asesinadas, hay cientos de heridos y un número indeterminado de detenidos y desaparecidos. Por si fuera poco, el gobierno ilegítimo de Áñez publicó un decreto que exime de responsabilidad penal a los militares que participan en los operativos “para restablecer el orden”. Una especie de amnistía “previa” que da licencia para matar y que, anticipadamente, les garantiza impunidad. Un decreto que la propia CIDH calificó de “grave” por “estimular la represión violenta”.

Recordemos cómo inmediatamente después de la renuncia forzada de Evo Morales y Álvaro García Linera, policías, militares y grupos de choque en motocicletas, armados con bates, empezaron a destruir, quemar y escupir whipalas, la bandera de la dignidad y la resistencia de los pueblos indígenas, reconocida como símbolo del Estado Plurinacional de Bolivia en la Constitución de 2008. Semejante afrenta movilizó a los pueblos indígenas —partidarios y detractores del MAS—, que vieron cómo rápidamente los golpistas se organizaban para imponer su “supremacía” racial.

Y es que la violencia es también simbólica, y en esto juegan un papel fundamental los grandes medios de comunicación, que son, en la mayoría de casos, cajas de resonancia del poder porque sus dueños también son parte del poder. Las estrategias comunicacionales para la construcción del “enemigo interno” y para justificar su destrucción, y la utilización de los medios hegemónicos para perpetuar el racismo, en países como Bolivia y Guatemala, son permanentes y parten de narrativas, discursos e imágenes que instalan el “odio al indio”.

Y cuando el “indio” cuestiona, denuncia y, sobre todo, se organiza y les disputa el poder, la maquinaria mediática redobla y amplifica los mensajes de odio y los estereotipos que dictan que “los indios son indios” —pobres, resentidos, haraganes, miserables, ignorantes— y así deben vivir.
Eso explica la operación mediática sobre “los lujos de Evo”, que montó la ministra de Comunicación del gobierno de facto, llevando a los periodistas a hacer un “recorrido” por el espacio donde vivía el presidente Morales. “Esta es la habitación de un jeque árabe”, afirmó, mientras señalaba una cama con almohadones y cabecera, lujos que —desde su visión racista y chata del mundo— un indígena no puede tener, porque para eso están los petates y el suelo.

Y eso también explica la lamentable publicación del diario El Mundo, de España, que tituló: “Jeanine Añez, la ‘Angelina Jolie’ del legislativo boliviano”, una nota cargada de clasismo, racismo y sexismo. El golpe de Estado no existió y tampoco existe la represión indiscriminada contra los pueblos indígenas, lo importante es que una mujer “glamurosa, con la melena rubia, elegante y de buen porte” está en el palacio de gobierno, a donde nunca debió ingresar un indio, y menos uno izquierdista.

Sí, hace falta analizar los errores de Evo, el papel que juega en todo esto el gobierno gringo y los recursos energéticos estratégicos de Bolivia. Ya será tema de una próxima entrega.