Sin fronteras

Bretes de escribir una columna independiente

Pedro Pablo Solares@pepsol

Habíamos quedado en que finalmente llegaría a su pueblo en la tardecita, después de manejar algunas horas desde la cabecera departamental. En el barrio, buscaría un punto de referencia previamente consensuado, y ahí preguntaría por su casa. Y fue eso justo lo que hice. Después de haberle conocido en algún lugar de las tierras del Tío Sam, ese día, años más tarde, le llegué a visitar a su casa en un lugar de nuestra propia ruralidad. Viajar a esa parte del país siempre trae variadas recompensas; pero en esa ocasión quedé conmocionado cuando me mostró que en su sala, a la par de donde cuelga las fotografías de su familia, tenía pegado el recorte de una columna que había escrito en este diario sobre su caso; digamos que una denuncia social que escribí sobre lo que poco se hablaba en ese entonces: las penas de los migrantes; y desde una perspectiva que es la que particularmente me interesa: la de la calle; la del campo de acción; que contrasta con lo que dicen académicos e institucionalizados, desde sus escritorios; la de esas mayorías a las que poco se escucha; intentando emular a quienes enseñaron a hablar por quienes no tienen voz. Ese, particularmente, ha sido el norte que motiva esta columna.

Llegué a tener opinión sobre la migración de manera inadvertida. Siendo un abogado afanado, el destino me alejó de la carrera que llevaba en derecho corporativo, y me trasladó a una multitud de pueblos rurales en EE. UU., donde migrantes guatemaltecos, particularmente campesinos indígenas del altiplano, necesitaban desesperadamente una orientación legal que su país no les proporcionó. En ese momento, había dejado de ser un profesional de oficina para bancos, inmobiliarias y empresas, y me había convertido en consejero de pueblo, que apenas se daba abasto para la cantidad y complejidad de problemas que la gente buscaba solucionar. Literalmente, había dejado los tacuches y corbatas, por las botas de campo. De forma fortuita, compartí con el director editorial de este diario sobre las experiencias que tuve, los lugares que conocí, la cantidad de entrevistas que documenté, y en especial, el abandono hacia los migrantes por parte de su Estado; y todo ello le pareció que podía ser del interés de sus lectores. Fue así como en 2014 me pidió por primera vez que escribiera un artículo que salió publicado en ese diciembre, bajo el nombre: “Mundo desconocido”. Como anécdota, comparto que por total inexperiencia, omití titular el artículo, por lo que asumo que fue él quien lo tituló así, acertando adecuadamente al propósito de la columna, que buscaba hablar de la migración desde una perspectiva más o menos inédita.

Reflexiono hoy, pues en mi columna de la semana pasada, incurrí en penoso gazapo, citando que el general Carlos Arana Osorio había sido electo bajo sospecha de fraude en 1974, cuando en realidad me refería al proceso que designó a Kjell Eugenio Laugerud García. Presento disculpas a los lectores, algunos de quienes amablemente me hicieron notar el error evidente. Y más que buscar justificación, lo aprovecho para puntualizar que hablar desinteresadamente por los migrantes orilla a hacerlo desde la soledad de la consciencia; sin respaldo institucional, ni el tiempo de quien escribe como parte de su trabajo. En verdad, no es una queja, pues es un modo de vida asumido con determinación y que satisface ampliamente. Pero escribir contra un sistema poderoso e injusto, en ocasiones, puede agotar y desgastar. En lo personal, cuando experimento ese cansancio, recurro a recuerdos como el de esa columna pegada en una humilde pared en un municipio de Huehuetenango; en la casa de alguien que casi ni la sabe leer. De alguien que no la agradeció con dinero, sino con un cafecito caliente y un abrazo fraternal. Eso motiva a seguir adelante.