De mis notas

Cacámetro de la corrupción

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

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Siempre ha sido un reiterado coro —una especie de letanía de un eco histórico— repicando con estridencia la solución de los problemas que nos azotan para las realidades del hoy, pero nos rehusamos a aprender de los errores y aplicar las soluciones.

Tomemos en cuenta que se ha dicho hasta la saciedad que el mal que aqueja a la administración pública es el amor al dinero. La corrupción no se gesta en los bolsillos vacíos ni en las chequeras sin fondos, sino en la avaricia y en la ambición. El dinero es la raíz de todos los males, como reza en la Biblia. Contrólese, pues, el dinero, y se controla la corrupción.
Por esa razón es que los cambios a la Ley de Compras y Contrataciones caen tan mal en este momento, haciendo más que imposible el control del dinero, que es la savia que nutre a la corrupción para toda esa fauna que vive y pervive en la zoopolítica.

En vez de más vigilancias, se abre un abanico de oportunidades para que todos los corruptos sigan mamando de la teta pública. La calidad y la opacidad del gasto público se ven afectados grandemente.

Nadie puede negar que la mayoría de los personajes —con sus escasas excepciones— que se meten a participar en la política lo hacen para su beneficio propio. Invierten grandes sumas de dinero en sus campañas, donan a los partidos políticos, seducen a los candidatos presidenciales con generosas aportaciones en los momentos tempranos de la carrera electoral, cuando hay escasez y lipidia en las arcas partidarias.

Todo esto se hace con un propósito específico: sembrar para cosechar. Sembrar implica donaciones jugosas. Cosechar implica acceso a suculentos contratos del Estado a posteriori. En tanto esa pervertida falla sistémica exista, seguirá coexistiendo la política clientelar.

El economista Ludwig von Mises decía que “la corrupción es directamente proporcional a las oportunidades que se brindan al funcionario para que abuse”. Lo reitera James Buchanan, Premio Nobel en Economía, al enfatizar “que es una utopía considerar que el Estado podrá controlarse a sí mismo de manera espontánea, aunque existan en su interior mecanismos de fiscalización entre los organismos que lo componen”.

Por esa razón se ha insistido siempre que controlando el dinero se controlará a la clase política. Es un filtro que dejaría pasar solo a aquellos que no tienen esa ambición y que quieren, en realidad, dedicarse a la política para plantear y desarrollar su agenda política. Automáticamente, esto generaría una baja medible de la corrupción.

¿Cómo controlar el dinero? A través de la licitación de las compras y contrataciones del Estado vía verificadoras internacionales, que no solo inspeccionan, verifican y prueban, sino certifican, tanto los perfiles de los vendedores como los de los productos y servicios que ofrecen. Y así, de un plumazo, se cierra el cerco de la oportunidad de manosear las licitaciones amañadas, pero, especialmente, de eliminar el incentivo perverso que motiva la participación en la política. El resultado es de trascendencia histórica. El problema, decía el Muso Ayau, es que los que deciden sobre la cosa pública son los mismos que hacen las leyes, y eso implica que le estás pidiendo a Drácula que ceda el ingreso y control del banco de sangre…

Y en eso estamos, dando vueltas como el toro toronjil, metiendo a la cárcel a los roba vueltos, los ladronzuelos de poca monta, mientras los zorros mayores siguen viviendo en sus castillos dorados dentro del gallinero del vergel. La conclusión es que, si no cambia el sistema, nada cambiará hasta que toquemos fondo. Y aun en el fondo no hay garantía de poder salir del círculo perverso que nos tiene como estamos, porque somos como somos.